El desconcierto del cólera delictivo

El desconcierto del cólera delictivo

ADOLFO MORETA FÉLIZ
No importa que su caminar sea lento, ni que anden taciturnos y llenos de cavilaciones. A las personas mayores les gusta y disfrutan hacer las tareas que los mantienen activos. Aunque la vigilancia policíaco-militar ordenada por el Presidente de la República, doctor Leonel Fernández, sólo sea de noche y la mayor frecuencia de los grandes y espectaculares delitos se cometen de día, hay que elevar una plegaria al Altísimo. Los ancianos, ya pueden ir “sin peligro” a los puestos de frutas a comprar las de su preferencia. La decisión presidencial de articular un plan de contingencia para erradicar la epidemia delictiva es acertada, oportuna y plausible.

No obstante, la prioridad de los ciudadanos sigue concentrada en protegerse contra la pandemia “delictual”. En estar atento si el miembro de la familia llegó, y si lo hizo ileso o asalta’o. Ahora, se le agrega a su foco de atención, si las medidas anunciadas por el Gobierno darán o no resultados positivos. Y las discusiones de si deben flexibilizarse o ampliarse las disposiciones. Los contratos y sus interioridades, los préstamos, la inminente eliminación del subsidio al gas propano, el incremento de los servicios básicos, la reforma constitucional y las estructurales, están fuera del radar del interés de la clase media y la sociedad militante de pobreza. Conocen de antemano su desenlace.

Lo que se esperaba llegó. El consenso se había logrado. Casi todos los sectores de la sociedad pidieron la participación militar para contener la peste delictiva. A muchos, les embargó la desesperanza cuando la respuesta del Gobierno fue que esa no era tarea de las Fuerzas Armadas. Que en cambio se traería un “dream team” integrado por discípulos de Adrian Proust para en forma científica “mapear” adecuados cercos a fin de confinar la epidemia y erradicarla.

En tanto llegan los discípulos de Proust, los ciudadanos se han convertidos en expertos epidemiólogos. En las casas y los negocios se ingenian inimaginables sistema de cercos; en las calles y lugares públicos no quieren que ninguna persona desconocida se le acerque porque lo ven como un potencial vector de ataque. Incluso a las patrullas mixtas policíaco-militar. A ese drama, parodiando a Gabriel García Márquez, podríamos llamarle “El desconcierto en los tiempos del cólera delictivo”. Que va desde el realismo trágico al ilusionismo mágico, dándole impresionantes pinceladas al cuadro que representa el consenso de la revolución democrática.

Mientras desde un lado de la mesa el jefe de la Policía le advierte al país que “la delincuencia durará por mucho tiempo” porque viene desde hace tiempo y tiene característica incontrolable en el presente tiempo. Desde el otro lado, el Presidente de la República ordena el patrullaje militar conjuntamente con agentes del orden público. Y adopta medidas restrictivas de carácter preventivo para darle fe a la ciudadanía de que “el crimen no pasará en la República Dominicana”.

Los hechos vandálicos son extensos y de toda naturaleza. Se pueden identificar los que causa incredibilidad y asombro; los de índole luctuosos que generan consternación e indignación; los que dejan a las familias con las manos en la cabeza; los que producen intimidación; los “tumbes” callejeros que crean desconfianza; y los hurtos que provocan situaciones jocosas de hilaridad. ¿Insignificantes y fortuitas raterías? El vandalismo se manifiesta en todas las direcciones, no tiene dimensión, y su cobertura es toda la República. ¿Coincidencias de bodas? Para contener todo eso, ¿serán suficientes las medidas de “enseñar la fuerza para no tener que utilizarla”?

Cuando salgo y dejo la casa sola, siempre hago las previsiones de que todo está bien cerrado, conforme a lo que uno cree que la deja segura. Así como la felicidad son pequeños y grandes momentos agradables. La vida está cimentada también sobre los cortos y largos períodos de dificultades que se presentan.

Mucho antes de la disposición presidencial, se me ocurrió visitar la Cancillería para tratar de conseguir un compendio con temas sobre política exterior que habían escrito los gurú de la diplomacia local. Cuando lo requerí en el lugar indicado se habían agotados. Me inscribieron en una lista para facilitármelo cuando se terminara de imprimir una segunda edición que estaba en proceso. Luego, conversé unos diez minutos con un diplomático conocido. Ese corto “interin” lo hice desde las diez de la mañana cuando salí de casa, hasta pocos minutos después de la doce del mediodía cuando retorné a ella. ¡Vaya sorpresa!

En la puerta estaban familiares y vecinos llenos de expectación esperando cómo sería mi reacción. Al ver documentos, libros y otras cosas misceláneas esparcidas por toda la vivienda, me di cuenta de lo que había sucedido. Hierros quebrados y puerta violada. Mientras me iban diciendo, se llevaron esto., aquello., lo otro., pregunté. -¿Y la computadora? – ¡También se la llevaron! Sólo atiné a expresar: -¡Ay. como la lechosa!

Es más fácil cuantificar lo que quedó que hacer un detalle de lo que se llevaron.

Esa misma noche, dos individuos en una motocicleta de las que se conocen como “saltamonte”, con increíble rapidez se aparecieron frente a la puerta y asaltaron a mi hermana.

Revólver en mano amedrentaron a mi hijo y desaparecieron dejando el desconcierto. Tanto el robo de la mañana como el asalto de la noche apunta a que todo fue coincidencia de bodas.

Poco después, un vecino me preguntó porqué mi primera reacción fue decir, ¡Ay. como la lechosa!

No me quedó otra alternativa que decírselo como me lo narraron. No sé si es real o fruto del ingenio de la sabiduría popular. Pero en los actuales momentos todo es posible y creíble.

En la avenida El Sol de la ciudad de Santiago, un señor de aproximadamente unos ochenta años hacía pequeñas caminatas con un brazo arqueado, y la mano colocada en la cintura. Una empleada de tienda que a través de los cristales lo observaba, le picó la curiosidad, ya que no obstante el amaneramiento, el señor no tenía perfil de cundango. Tomó la osada determinación de salir, y le dijo que tenía más de media hora observándolo en esa rara posición. El señor, miró hacia el arco que hacía con el brazo, y poniéndose la otra mano en la cabeza exclamó: ¡Ay. la lechosa! Se la llevaron. Me asaltaron.

Son expresiones diarias y comunes del desconcierto que se vive en los tiempos del cólera de la inseguridad ciudadana.