El consumismo y otras idolatrías

El consumismo y otras idolatrías

RAFAEL ACEVEDO
Una de las características de nuestros tiempos es la adicción al consumo ostentoso y de cualquier tipo. La norma es: «consumo, luego existo». La sensación de placer y de vivir parece estar íntimamente ligada a consumir bienes y servicios. Asimismo, la significación de la persona estaría dada por el status y la capacidad de compra.

La sensación de vivir está ligada a un sentimiento del yo, que en la cultura de la satisfacción y el consumismo se expresa en el acto de reconocerse y vivenciarse a sí mismo en el placer de los sentidos cuando se consume o se usa algún bien o servicio que le da gusto al cuerpo y al ego, en presencia de terceros, aunque sea simbólica. El placer de ser se aumenta con las cosas que hacen sentir que se es más, que nuestro ser se infla y se expande con el tener, con el llenar espacios territoriales con la posesión de terrenos, inmuebles y enseres. Igualmente, con aumentar nuestro intelecto, con conocer más, con tener más fama o prestigio, o sea, aumentando los espacios sociales y simbólicos que ocupamos. Es común que las personas se sientan más crecidas cuando cultivan y agregan a su ser nuevas vivencias, emociones y sentimientos. Una persona educada, culta, como se suele decir, «es más» porque conoce y siente que tiene más hábitos, sensaciones, afectos, preferencias y gustos, que otras personas sencillas.

Hay otra forma de sentirse «más» que es poco costosa, que produce mucha satisfacción y muy pocos conflictos, que es la de sumarse a grupos mayoritarios y a modos y modas que son compartidos por sectores numerosos de la sociedad. Por ejemplo, ser de los Tigres del Licey o de las Águilas Cibaeñas es una forma instantánea de sentirse más, porque se asume la identidad de una totalidad colectiva que por su número o por sus hazañas sean temibles o respetables, aunque sólo se trate de un fenómeno simbólico, como el que gane o pierda el equipo de su simpatía. Lo del partido político difiere, sin dejar de tener grandes similitudes, especialmente para los que tienen poca oportunidad de beneficiarse materialmente de dicho triunfo partidario. En cualquier caso, el individuo puede elevar su sentimiento de personalidad por ser uno de los «ganadores».

Existe una forma más difundida, totalmente gratuita, que es de tipo individual, aunque es frecuente que sea compartida con el grupo, la etnia, la clase o toda la nación: se trata del orgullo, con sus variantes más complejas, como son el etnocentrismo y el nacionalismo chauvinista. De acuerdo a esta pauta, lo mío siempre es lo mejor y lo de los otros tiene menor mérito. El orgullo puede tenerlo el que quiera, en la cantidad que quiera. Esto varía según los niveles de clase, edad, sexo y educación, para sólo señalar las variables más significativas.

Nunca he olvidado lo que me respondió una mujer de Baltimore, cuando le pregunté qué era lo mejor que había en su ciudad. Los Orioles, (el equipo de béisbol) me respondió.

Detrás de la conducta de refugiarse en la moda o sentirse uno con la mayoría, está el miedo a la libertad, a tener la responsabilidad de ejercer el libre albedrío, que es la esencia del ser humano, y que requiere de un cierto nivel de discernimiento y coraje. No todo el mundo acepta el desafío de ser persona individual, separada y diferente de otras, aunque es así como Dios nos creó y como espera que nosotros le respondamos a todos los principios y normas de vida que Él prescribió para todos y cada uno de nosotros.

De acuerdo a Fromm, el miedo a la libertad también lleva al autoritarismo y, desde luego, al caudillismo; Y al fanatismo y a la idolatría, agregamos. F. Caballero Harriet dice que es una idea perversa que nuestra felicidad depende del mayor crecimiento, de la mayor productividad, de la elevación de nuestro poder adquisitivo y el consumo. Concluimos diciendo que si fuésemos capaces de administrar nuestro orgullo y nuestras emociones seríamos mejores personas y sociedad, si practicásemos mejores virtudes y cualidades, como el amor a Dios y al prójimo, por ejemplo.