El  cerebro y el vino

El  cerebro y el vino

La cultura del vino se está imponiendo paulatinamente en nuestro medio, qué bueno, ya que está demostrado su beneficio en lo que respecta a la  protección vascular, cardíaca y cerebral. No soy sommelier, ni pretendo serlo, ni mucho menos tener la dicha de brindar siempre con un Château Mouton-Rothschild, pero sí debemos cumplir con el ritual aun sea un simple moscatel.

Levantamos la copa de vino, la movemos con  suavidad, lo miramos, lo olemos, bebemos un sorbo, y paladeamos. Sin ser un conocedor de viñedos y mostos, nuestro avispado cerebro trata en ese “placentero trance” de buscar una explicación.

¿Cómo reacciona el cerebro al saborear un primoroso vino? no lo sabemos,  reconocemos   que es realmente una gran complejidad, pues: oír servirlo, su color, aroma, sabor, temperatura y el contacto con la copa, hace que estén actuando los cinco sentidos al unísono y si le agregamos, como  sucede  con el champagne, el gratificante sonido al salir el corcho cabezón, entonces complicamos el cableado neuronal  cerebral tratando de dar explicación a tantas sensaciones agradables, que, en combinación con nuestras experiencias, disfrutamos de esos estímulos motivantes.  El vino se disfruta desde tiempos antiquísimos, se descubrió un jarrón de barro en las montañas de Zagros, Irán, de 5,500 años de antigüedad, siendo este  el más antiguo documento arqueológico existente sobre esta exquisitez.

El vino tiene efecto directo sobre las neuronas, es por su contenido en polifenoles, sobre todo procianidinas con demostrado efecto protector sobre el billón de células cerebrales y que el encéfalo logra que funcionen en equilibrio y armonía resultando en nuestros pensamientos y acciones. Los antioxidantes contenidos en el vino tomaron preeminencia desde 1979, luego de un artículo en la revista “Lancet” donde con datos epidemiológicos se demostró su efecto cardio-protector. Otro de los efectos de resguardo del vino  al cerebro es por la disminución de los riegos de accidente cerebrovasculares (derrames) y de la preservación de las funciones cognitivas, ayudando a evitar las demencias. Los trabajos del Dr. David Teplow, profesor de neurología en UCLA, demostraron cómo los compuestos de concurrencia natural en el  vino tinto, los llamados polifenoles, bloquean la formación de las proteínas que constituyen las placas mortales que se cree destruyen las células cerebrales en el Alzheimer, y aún más, también reduce la toxicidad de las placas  ya existentes, disminuyendo así el deterioro cognoscitivo. Estudios más recientes apuntan a que el vino tiene una acción directa sobre la neuro-protección. El vino, utilizado en la función de “confraternizar” data desde los egipcios, pero son los griegos quienes lo instauran: en sus peñas y tertulias era de obligación tomar un poco de vino; desinhibía y mejoraba la -cordialización- interpersonal.  Dejemos que sea el poeta, que nos “hable” de esa  capacidad socializante del vino, cito a Alberto Cortez: “El vino puede sacar cosas que el hombre se calla/ Pero… ¡qué lindo es el vino¡. El que se bebe en la casa del que está limpio por dentro y tiene brillando el alma./ Que nunca le tiembla el pulso, cuando pulsa una guitarra. Que no le falta un amigo ni noches para gastarlas./ Que cuando tiene un pecado, siempre se nota en su cara. Que bebe el vino por vino y bebe agua por agua”. Brindemos todos, ¡feliz Navidad, salud, amor, dicha y prosperidad!