El camión de Wito

El camión de Wito

POR DOMINGO ABRÉU COLLAD
Aunque su nombre es Jefferson, responde mejor por Wito cuando le llaman. Los encontramos a ambos -a Wito y su camión- cuando íbamos por la carretera que lleva a Cupey, en Puerto Plata. Wito se encontraba afanadísimo tratando de sacar su camión del fangal en que se había metido.

Pasaba cambios, aceleraba y desaceleraba tratando de mover la «enorme» máquina que se estremecía por la furia de los pistones hostigados por Wito para liberarla de la prisión de lodo.

Rugía feroz el metálico animal. Toda la descomunal fuerza del camión se concentraba en las gomas que trataban desesperadamente de asir corteza firme para saltar fuera del fango que, impasible, parecía engullir con tranquilidad y fruición al camión de Wito.

Este empleaba toda su pericia desde la cabina. Una ejecución orquestada de brazos y piernas desdoblaba el cuerpo de Wito mientras movía a la vez palanca de cambios, acelerador, guía y clutch -ora lentamente, ora rápida y violenta- orientados todos los sentidos hacia la liberación del vehículo, ambos esforzándose ya como un sólo cuerpo y en una inusual confusión entre hombre y máquina que daba la impresión de humanización en la máquina y mecanización en el cuerpo de Wito.

El tiempo no se dejó seducir en la contemplación de la batalla que libraban Wito y su camión contra el empeño del lodo de la carretera, que se había convertido casi en una descomunal trampa de arenas movedizas. El tiempo pasaba, como pasa todo, mientras Wito seguía en su lucha, como si la vida le fuera en salir del lodo que se hacía más inmanejable según seguía la lluvia.

Entrampado en esa solidaridad que desarrollan los camioneros con sus potentes máquinas, Wito decidió que no había fuerza natural o sobrenatural que le impidiera salir de allí junto a su camión. Decidió emplearse al máximo, al extremo heroico si era necesario, para hacer rodar su camión fuera del maldito pantano en que se había convertido la carretera.

Activó los cambios para doble tracción, comprobó el buen funcionamiento del acelerador, torció unos grados el guía hacia la derecha, introdujo el clutch lentamente, se crisparon todos sus músculos faciales y descargó toda la fuerza del potente motor sobre la transmisión. Esta hizo girar todas las ruedas del vehículo hasta que la máquina se estremeció en medio de una locura de rugidos, humo y los ruidos como de sirenas que salían del giro de las gomas… inútilmente.

Hasta que llegó un milagro. Al verme desmontar cámara en mano, Wito -tímido como todo niño de campo ante una cámara fotográfica- tiró suavemente del cordel de su camión, y éste salió dócilmente del fango tras su dueño y constructor.

ENCHIVADO

En Colombia y Ecuador le llaman «enchivarse» a la reacción de uno encolerizarse, emberrincharse y incomodarse, como decimos aquí. Aparentemente en ninguna otra parte de habla hispana se utiliza «enchivarse» -que viene de chivo- para ninguna otra cosa, mucho menos para quedarse atascado en el fango, como nos pasó en el camino que lleva hasta el río Muñoz, por La Vigía, en Puerto Plata.

Si de niño me hubiera encontrado con la mina de barro en que nos metimos ese día hubiera sido inmensamente feliz, pues es el tipo de barro que utilizábamos para modelar televisores, radios, carros, ruedas y todo tipo de objetos, y que solamente se conseguía cuando alguien se aparecía con una lata llena de la querida arcilla traída quién sabe de donde.

Pocas veces se era tan feliz jugando con barro como cuando lográbamos reproducir algún objeto con toda fidelidad. A veces enriquecíamos el modelo con materiales que le daban más veracidad al modelo. Por ejemplo, si hacíamos un radio podíamos colocarle un vidrio, y detrás del vidrio un hilo o una ramita fina, a fin de representar el dial y la aguja que permitía localizar una emisora en un radio real.

Cuando hacíamos televisores le colocábamos antenas con palillos o alambre. Y si conseguíamos un vidrio cuadrado que se ajustara al tamaño del televisor hecho en barro el éxito era total.

Naturalmente, también estaba la alternativa de jugar a las formas humanas con barro… ¡todas las formas humanas sin excepción!

Ahora que lo pienso. Quizás fue por esa asociación con el barro y la niñez que no le entré a patadas a la camioneta, ya que cada vez que tenía que agarrar el barro con las manos sentía su frescura, cuando al apretarlo y recordar su maleabilidad pasaban por mi mente todos aquellos objetos construidos y luego olvidados, con ellos se ausentaba la ira… ah!, la camioneta enchivada… sí, dos horas después y un último esfuerzo bastaron para que saliera dando marcha atrás y sostenida.

«CAVES OF CABARETE»

A la entrada de lo que se ha desarrollado como un barrio de Cabarete aparece este letrero que invita a los turistas a visitar una cueva.

Imagino que una buena cantidad de visitantes extranjeros, conocedores de las bellezas subterráneas, acuden a visitar la cueva ofertada, manejada -según me informaron- por un «americano» (no podía ser de otra manera). Y me dijeron además que actualmente el «americano» cobra 15 dólares por cada visitante.

Pero imagino también la reacción de los visitantes al encontrarse con la peor habilitación del mundo de una cueva para visitación. Y si se trata de visitantes que tienen aprecio por la conservación, entonces la reacción debe ser de un desagrado más profundo que la más profunda cueva.

La «Cueva de Cabarete», como sitio de visitación, es lo que se llama un verdadero asesinato de un sitio natural; una repugnante estafa a los visitantes; una agresión criminal contra una caverna y una de las peores violaciones a nuestra legislación en materia de protección al ambiente y a los recursos naturales.

La modificación hecha a esa cueva está prevista como violatoria en el Decreto No. 297 de 1987, que prohíbe la alteración del interior de cualquier cueva del territorio nacional, así como la extracción de materiales de su interior o la introducción de materiales ajenos a su naturaleza. Ese decreto está incorporado íntegramente a la Ley 64-00, la Ley General sobre Medio Ambiente y Recursos Naturales.

La Cueva de Cabarete, que en realidad es una gruta, pequeña y de poco espacio para visitación, debe ser clausurada, cerrada, porque da la impresión a quienes la visitan de que esa es la manera en que los dominicanos hacemos las cosas, cuando en verdad quien la ha intervenido (no se sabe con permiso de quien) ha sido «un americano», del que ya sabremos sus generales para un artículo en «País Bajo Tierra» con más detalles.

«ARREGLANDO» LA CARRETERA

Una manera de levantar algunos pesos en nuestras carreteras es la «simulación» -porque no se puede decir otra cosa- de reparar algunos de sus hoyos, algo que aparentemente han aprendido también los nacionales haitianos que conviven con nosotros en las zonas que antes estaban dedicadas a la producción de azúcar.

En esta carretera de tierra próximo al ex-ingenio Montellano, tres haitianos se la buscaban tapando uno de los 46,559 hoyos que la adornan, para lo cual utilizaban un par de palas y un pico.

Y claro, es preferible que simulen cubrir algunos hoyos con materiales del mismo sitio que colocarse a un lado de la carretera a pedir, porque al fin y al cabo uno no sabe cuál hoyo es que te va a romper una suspensión o una punta de ejes. Y si era ese, pues ya está tapado.

Pero se hace notorio ya que las carreteras han incluido en su funcionalidad económica algunos otros elementos para que el dinero se mueva. Entre esos elementos se pueden citar los siguientes: «La soguita», un cordel que sostienen dos personas mientras otros se acerca a la ventana del vehículo para solicitar ayudas para una escuela, una iglesia, un estadio, una graduación, un entierro, un sancocho, un asopao, un inválido, un equipo de pelota, un equipo de volley-ball o una cancha.

«El Comité, un trío de personas que se te presenta como «el comité» de la comunidad para pedir colaboración para la construcción de la estación de policía, de la iglesia adventista, del cementerio o del centro comunal.

«Los tígueres del barrio», una asociación espontánea de simpáticos que se reúne casi siempre en fin de semana para colectar lo necesario para la compra de una caja de cerveza o algunos litros de ron.

La cosa es que si se le aplicara algún impuesto a lo que «se levanta» en la carretera el Estado pudiera «levantar» a su vez su par de millones para… (je, je) para dárselos a otros tígueres, pero con saco y corbata, como es la costumbre.