El cambio del lujurioso

El cambio del lujurioso

Difícilmente pueda aparecer en el globo terráqueo un individuo más lujurioso que aquel condiscípulo del primer curso del bachillerato.

Con dieciocho años de edad relataba con lujo de detalles los combates amorosos que había sostenido con mujeres que iban desde noviecitas virginales, pasando por domésticas con experiencia mundanal, hasta prostitutas.

El libidinoso personaje llevaba al liceo revistas  de la época donde aparecían mujeres con escasa vestimenta, y bailarinas con igual escasez y piernas levantadas.

En más de una ocasión fue expulsado del aula por alguno de los profesores que lo sorprendió deleitando sus pupilas con las eróticas imágenes.

Un día el enfermito, como lo apodaron sus compañeros de clases, me invitó a brechar a una joven que residía cerca de su casa, a lo cual me negué al decirme que era hija de un oficial del ejército trujillista, con merecida fama de represivo.

El  jovenzuelo iba con frecuencia a los parques, y se sentaba en bancos situados frente a otros donde hubiera mujeres, con la finalidad de observar a las que se descuidaran y mostraran sus encantos interiores.

Pasaron los años, y de cuando en cuando veía a mi ex condiscípulo en salas de cine donde se exhibían películas no aptas para menores de dieciocho años, la mayoría de contenido erótico.

Lo raro fue que ya bien metido en la edad adulta no había contraído matrimonio. El solterón decía que ninguna mujer le iba a permitir sus andanzas de mujeriego y brechero.

Me encontraba en una tienda de discos, cuando llegó el enfermito acompañado de un joven cuya colorida camisa y sus ademanes me llevaron a pensar que transitaba por rutas cundanguiles.

Un familiar del libidinoso personaje confirmó mis sospechas, y al indicarle que era insólito ese viraje de un veterano faldero, esbozó una tesis.

– En todos los placeres surge la carga del hastío si se disfrutan con exceso. Si te sirvieran diariamente en el almuerzo filete mignon, cambiarías gustosamente ese plato gourmet por uno con espaguetis y salchichón. Por eso a mi pariente le abre hoy  el apetito la carne de cocote, después de un añejo consumo de filete de mujer.