El amor como lealtad, pero no como fidelidad

El amor como lealtad, pero no como fidelidad

DIÓGENES CÉSPEDES
diógenes.cespedes@gmail.com 
Es en el hogar donde los padres que le robaron la primera atención a las hijas para introducirles en el cerebro la ideología del amor pasional o romántico. El grueso de estas niñas, ya adultas, está dispuesto a aceptar la instrumentalización y la subordinación al poder masculino y de buenas ganas están listas para rechazar una concepción anti-instrumental del amor.

Si un miembro de la pareja no acepta esta ideología del amor pasional, no hay posibilidad de instrumentalización o dominación porque ambos son sujetos. Ni las guerras ni el tiempo ni las circunstancias serán una excusa o justificación para explicar el divorcio. Cuando se ha escogido el proyecto de vida, el sistema del amor es semiótica y lenguaje, razón por la cual su política es inseparable del sujeto, el poema, la historia y lo social.

Pero esa primera atención robada a las niñas es mortal para su constitución en sujetos plenos. No saben hacer otra cosa que lo aprendido de las madres, los padres o los abuelos. El entorno social, la escuela, la universidad, la Iglesia, el Estado, están ahí para recordárselo hasta el cansancio.

A los rasgos constitutivos del amor pasional, bien descritos por Denis de Rougemont en “El amor y el Occidente”, se suman los rasgos del romanticismo. Estos vienen a reforzar la enseñanza materna y paterna acerca de la elección de pareja, el matrimonio y la sexualidad.

Amor y fidelidad hasta la muerte, pero la pragmática del poder masculino enseñó a las mujeres a sacrificar la fidelidad por la lealtad con tal de no pasar por la vergüenza del divorcio o perder sus intereses, si es co-dependiente.

Este sacrificio funciona también, curiosamente, entre los hombres, por las mismas razones que para las mujeres. En las sociedades con elevado componente de dominación masculina, las mujeres llevan la peor parte.

En “Manolo” (p. 80-90) se ve palmariamente. El personaje novelesco encarnado por Minerva Mirabal, aunque se rebela en contra de la infidelidad del esposo con Marién, termina aceptándola y conformándose con la lealtad, lo cual le fue inculcado por el padre: “No llores, que tú eres la mejor, tú eres una joya como decía papᔠ(p. 84) Destruida por la vergüenza y el dolor, Minerva escucha al padre pronunciar esa frase, quizá también aplicada a la madre, en el caso de la infidelidad paterna que la protagonista descubre en la novela de Julia Álvarez. El personaje femenino se repite la misma frase conciliatoria y dispuesta al perdón (p. 87).

Ser la primera, la mejor, la reina, como tú no hay ninguna, tú no tienes sustituta. Son las frases manidas a las que echa mano el macho en falta.

Si la mujer la acepta es porque le robaron la primera atención. La voz del narrador interviene: “Con Marién rompería [Manolo] paulatinamente. A Minerva la llamarían, una vez del barrio de Mejoramiento Social, […] donde vivía Marién, y le dirían que su esposo estaba en la casa de ella. Minerva no reaccionaría igual aun no descartando de que (sic) fuera verdad. Comprendería, con lamentos, que el hombre dominicano heredaba la infidelidad de sus ancestros. Es uno de los defectos con los que deben lidiar las mujeres, a pesar de que ella no lo aceptaba”. (p. 90).