El abogado defensor frente al crimen

El abogado defensor frente al crimen

La lectura “El Alma de la Toga”, recién recibido como “Doctor en Derecho”, me hizo amar la abogacía y respetarla. En su obra, el Profesor Ángel Osorio se empeña en destacar que la abogacía no cimienta en la lucidez, sino en la rectitud de la conciencia”. El jurista J. M. Martínez Val, citado por el doctor Wilson Gómez Ramírez, (Ética del Profesional del Derecho)  manifiesta que “la moral del abogado es mucho más que una moral profesional”, siendo la moral “la ciencia que enseña las reglas  que se deben seguir para hacer el bien y evitar el mal”. (Larousse)

En la práctica de la  abogacía, son muchos los dilemas morales que se le presentan al abogado en su Despacho. Ejerciendo su función como auxiliar de la justicia, debe actuar en todo momento con comedimiento y prudencia, con rectitud y decoro, apegado a la ética,  sin descuidar  otros valores sociales importantes reñidos con los intereses de su probable cliente. Es el momento estelar donde su conciencia debe decidir no sólo  la suerte de un litigio, sino de toda una carrera que puede ser prestigiosa y,  al mismo tiempo,  motivo de orgullo personal o de vergüenza social.

El abogado criminalista no puede sustraerse de ese dilema, cuando es procurado o contratado para un caso sonado o escandaloso, por su fama y disposición de asistir en sus medios de defensa al cliente inculpado, que procura su libertad y su inocencia. ¿Cree fielmente en ella?  ¿Es eso lo que realmente motiva su aceptación? ¿Desea evitar una grave injusticia, que sea condenado un inocente? O le seducen más sus ventajas personales, derivadas de  riquezas prometidas, abultados honorarios  publicidad a granel: el brillo de la prensa, la televisión, el escenario de la tribuna, donde hará galas de su sapiencia, de su habilidad procesal, sin importarle mucho ni poco, la culpabilidad de su protegido, su peligrosidad.

En este mundo anarquizado que de repente ha desplazando los valores morales y éticos tradicionales, donde el  crimen organizado, los secuestros y desapariciones,  las torturas,  la traición y las enormes riquezas (lavado de activos) producidas por el narcotráfico, tienen acorralada a la parte sana de la sociedad, el abogado defensor ha venido a ser una pieza clave. Queriéndolo o sin proponérselo forma parte  de la red. Junto con estamentos militar y policial que desdoran su uniforme, políticos inescrupulosos, funcionarios ineptos o temerosos, sicarios perversos, empresarios oportunistas y gente complaciente, urgidos todos por la ambición el poder y la oportunidad de hacer riqueza rápida; constituye, este profesional del derecho, un elemento importante para desalentar toda acusación, muchas veces falible, desacreditar las pruebas, evaporar evidencias,  aconsejar y asesorar a sus clientes para que no caigan en las endebles redes de la justicia criolla y puedan salir indemnes o con penas mínimas a disfrutar de su libertad. Ese profesional que hace tiempo olvidó el decálogo ético de las profesiones liberales, pero a pesar de ello,  de todo lo escrito, dicho y hecho para satanizar la profesión, ésta sigue siendo honorable, si se quiere.