Dos aulas albergan a 140 estudiantes

Dos aulas albergan a 140 estudiantes

POR MARIEN ARISTY C.
SABANA DE LA MAR.-
Quien recorre la carretera que comunica a Hato Mayor con Sabana de la Mar no puede ocultar su sorpresa si, llamado por la pobreza del lugar, decide pararse en el camino y tropieza con la escuelita que está ubicada en el kilómetro 23 de esta vía: sin terminar, con apenas dos aulas, alberga a más de 140 niños.

La Escuela Kilómetro 23 de San Rafael, como la llaman los lugareños, tiene una historia triste detrás de sus frágiles bloques hechos de caliche: fue iniciada durante el mandato del ex presidente Hipólito Mejía pero hoy, a casi dos años del gobierno actual, aún no ha sido terminada.

Aunque bien es cierto que fueron las autoridades actuales que levantaron la mayor parte de la estructura puesto que fue dejada con la zapata y un tercio de las paredes levantadas, es triste saber que cuando inicie el próximo año escolar habrá un grupo de niños que volverá a una escuela sin terminar.

Esto, a juicio de los vecinos, sucede porque a nadie le importa lo que suceda con ellos. Al fin y al cabo, manifiestan con pesar, no son más que una pobre comunidad que está en el medio de una carretera que da a un pueblo olvidado en el lejano Este.

Quizás, por eso no han logrado que a la pequeña escuela en la que reciben docencia los niños de primero a séptimo grado les pongan las puertas, las ventanas y el piso. Mucho menos que construyan las instalaciones sanitarias o que terminen el área de la dirección. Los libros y útiles escolares, de hecho, han sido guardados en un cuartito que cuenta con una puerta de planchas de zinc y un débil candado que cualquiera podría romper.

Las butacas, sin embargo, están a la mirada de todos. A nadie, sin embargo, se le ocurrirá llevárselas: son viejas, están oxidadas y rotas por lo que serían un verdadero estorbo para quien cargue con ellas.

La cantidad de butacas también deja mucho que desear. Se trata de diecisiete en cada aula y, para completar, dos escritorios viejos, unas sillas ajadas para los docentes y dos pupitres de los antiguos que apenas pueden sostenerse.

Hablar de la electricidad o el agua ya sería demasiado en un paraje en el que nada de esto existe. Los moradores se han asentado aquí a falta de otra oportunidad y, por tanto, la comunidad cuenta con muy poco.

Tienen dos maestros, eso sí, que se las ingenian para poder realizar su labor lo mejor posible. Así lo explicó Perfecta de la Rosa, una vecina, quien sostuvo que se dividen en tandas para dar clases a todos los cursos.

La disposición de estos maestros es tal, sostienen los lugareños, que fueron ellos los que “hicieron” el piso de tierra de la escuela. “Ellos echaron una arena que habían dejado ahí. Lo hicieron con algunos estudiantes. Y nosotras, como vivimos enfrente le echamos mucha agua por las noches para que no haga tanto polvo para que así se pueda dar clases”, dijo de la Rosa.

Esta es la situación de una escuela que, aunque más pequeña de lo que desean los moradores del lugar, está esperando por las autoridades educativas desde hace al menos cuatro años. Esperemos que no les queden otros cuatro.