Dos adolescentes

Dos adolescentes

El pasado 6 de mayo leí, sobrecogida, un artículo del acucioso y combativo Dr. Sergio Sarita Valdez titulado “Trágico incidente sin el 9-1-1”, publicado en las páginas editoriales de este periódico.

La arbitraria detención de una ambulancia provocó la muerte de una niña que demandaba urgentemente una unidad de cuidados intensivos por su condición terminal.

La niña, de cuatro meses de edad, habría de llegar sin vida al hospital infantil desde donde la llevarían al Instituto de Patología Forense. Allí se realizaría la consabida necropsia.

¿Quiénes eran sus padres? ¿Qué condición de salud provocaba su gravedad?

Según lo expresa el Dr. Sarita, en su artículo, el experticio arroja lo siguiente:

“(…) el padre y la madre de la víctima eran adolescentes que apenas alcanzaban la edad de quince años. El cuerpecito mostraba evidencia de un pobre cuidado higiénico expresado a través de una severa pañalitis aguda, es decir una marcada inflamación de la piel ano genital en toda la zona que corresponde al lugar donde se coloca el paño absorbente.

(…) Notamos un edema agudo de pulmón, a consecuencia de una enfermedad cardiaca congénita denominada cardiomiopatía hipertrófica(…).

Dicho malestar no fue detectado en vida, muy a pesar de que la ahora difunta desarrolló severa dificultad respiratoria y un oscurecimiento en la coloración de la piel llamado cianosis.”

Aparte de la sanción al miembro de la DNC, responsable de la detención de la ambulancia en tales condiciones de urgencia, que no conlleva más que la separación del cuerpo, pero no responsabilidades civiles, ¿se han preocupado nuestras autoridades en conocer la situación familiar de estos adolescentes? ¿de su condición económica? ¿de sus conocimientos para la higiene del bebé? ¿de la necesaria asistencia de un pediatra durante los primeros años de vida?

Son tan culpables ellos de esa muerte como el agente de drogas que detuvo la ambulancia por varias horas.

¿Y nosotros?, ¿No lo somos?

¿Se ha desarrollado la debida información en nuestros barrios y escuelas sobre el comportamiento sexual entre los jóvenes?

Hoy cientos de familias de clase media baja, trabajadores ambos, planifican la cantidad de hijos, el costo del parto, de los primeros años, de la escuela, de la ropa y de tantas otras responsabilidades que conlleva traer al mundo una personita.

Procrear una nueva vida debe ser un acto consciente y deseado.

¿Qué hacer para elevar la capacidad económica de nuestro pueblo más pobre? ¿Deberíamos, entonces, abordar así el problema de la reproducción responsable?

Creo que sí.