Día de La Altagracia

Día de La Altagracia

El 21 de enero de 1961 predicó el padre Tomás Cabello. Alcibíades Lorenzo Rodríguez, seminarista claretiano, buscó la noche anterior los ejemplares de la Carta Pastoral en la Impresora Dominicana. Localizada la imprenta en la Isabel la Católica, a tres casas de la capilla de Santa Clara, Alcibíades recorrió el trecho que va desde allí a la casa de los claretianos, en la Hostos, frente a las ruinas del hospital San Nicolás de Bari. El joven desconocía el tipo de documento que portaba, que entregó al padre Ángel Abad, superior de la orden.

El padre Abad tenía a su cargo la misa de las nueve de la mañana, desde que se hallaba al frente de la orden. Al leer el texto y debido al tipo de relaciones que sostenía con dignatarios del régimen, optó por designar al padre Cabello. Este sacerdote al igual que el padre Ángel Sanz, denotaba desde un tiempo antes, sus discrepancias frente al gobierno de Rafael L. Trujillo. En el púlpito, el padre Cabello leyó con precisión y gustoso, aquella Carta suscrita por los Obispos dominicanos.

                Débil de carácter, aún cuando era conocedor del texto pronunciado en el templo repleto de fieles, el padre Abad entró a la sacristía a amonestar al padre Cabello. En realidad no hablaba con al sacerdote, sino a los probables confidentes del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) infiltrados en el lugar. Fue el instante cuando Alcibíades se puso nervioso. A lo largo de su vida se ha  preguntado de continuo cómo pudo trasladar el paquete desde la imprenta a la casa claretiana.

                Aquella misa dedicada a María la saludada por el arcángel Gabriel como mujer de alta gracia, abrió las puertas a las persecuciones contra este templo. Un grupo de jóvenes nos reuníamos en las noches en las oficinas de Acción Católica. Sea dicha la verdad, aquellas inocentes reuniones carecían de tenían un trasfondo trivial. Pero desde que al filo de las diez de la noche comenzábamos a despedirnos, un carrito del SIM se colocaba cerca de la esquina Mercedes. Los agentes nos miraban recelosos, pero nunca nos molestaron.

No así los feligreses que acudían a las celebraciones presididas por los padres Cabello y Sanz. Era habitual que los fieles sintiesen escozor, que muchos atribuían al fogaraté. Lo que nadie pudo, jamás, reconocer e identificar a quienes lanzaban el molesto polvillo. Todos a una, los asistentes acechaban a los probables agentes del SIM que esparcían la sustancia. No pudieron ser descubiertos. Pero los fieles sabían que este polvo no se regaba por las brisas de la calle, pues nunca antes sintieron el prurito en la piel.

La Pastoral, por supuesto, no fue leída únicamente en el púlpito de aquel templo ese 21 de enero. La lectura del padre Cabello, hecha sin comentarios adicionales, reflejó una tendencia que ya le era propia. Y que hacía que las liturgias que encabezaba, atrajesen a fieles e infieles. Ese 21, preciso es recordarlo, la sazonada lectura abrió una fisura que ya no pudo cerrarse hasta después del 30 de mayo.