Develando el Secreto de los Báez

<P>Develando el Secreto de los Báez</P>

Por JULIO CÉSAR  UBRÍ ACEVEDO
Cuando, a mediados de los 70, Asdrúbal Ulises Domínguez Guerrero y Remigia Fiallo Cabrera, en sencilla y no menos solemne ceremonia celebrada en presencia de sus asombrados padres sorpresivamente convocados como padrinos, decidieron unir sus vidas por el vínculo del matrimonio, todos, Juez civil incluido, ignoraban que esta era la segunda vez que el destino se encargaba de provocar un encuentro, aunque con características diferentes, entre dos miembros de sus familias, tan distintas y tan distantes en lo social, en lo cultural, en lo político.

Aún les hubieren narrado con lujo de detalles los pormenores e incidencias de aquel trágico primer encuentro, ocurrido muchísimos años atrás, los Domínguez ni los Fiallo hubieren advertido que dos miembros muy distinguidos de ambas familias habían desempeñado en esa primera ocasión los papeles protagónicos.

Los acontecimientos del 61 habían sorprendido a Asdrúbal cursando la carrera de ingeniería en la Universidad de Santo Domingo, tras concluir el bachillerato en el Liceo Presidente Trujillo. Trabajaba y estudiaba, y entre trabajo y estudio pintaba con la pasión propia del que llevaba el arte entre las venas. Era, además, en esos agitados años 60, un joven de notoria inteligencia y una sensibilidad social que lo convirtieron en un abanderado del socialismo marxista, tan en boga en esos días.

Fue un militante destacado en el vanguardista grupo Fragua, y desarrolló un liderazgo que lo llevó a ser el primer Secretario General de la Federación de Estudiantes Dominicanos. Aunque de extracción humilde, este mulato criollo de finos bigotes en forma de abierta V invertida que delataban la presencia en su figura de ocultos e ignorados ancestros, destilaba, con sus modales, una fina educación que daba fe de que su ascendencia inmediata provenía del Profesor Ulises Domínguez, consagrado y humilde maestro de escuela que se enorgullecía de ser su progenitor.

 En aquellos tiempos de militancia izquierdista, de firme desarrollo de su nunca abandonada vocación de pintor, de leal amigo de sus amigos y de hijo ejemplar, conoció a Remigia, cuya entrañable amistad y admiración mutua los llevó a desarrollar unas relaciones que de tiernas los llevó al compromiso matrimonial.

Proviniendo de distinguidas familias oriundas de Moca y de La Vega, de estirpe pretendidamente aristocrática, Don Fabio, padre de Remigia, nunca pudo imaginar antes de que la realidad le diera de frente, que su tierna y bella hija se casaría en segundas nupcias con alguien que, en cierto modo, representaba la antítesis de su posición social y política, decididamente conservadora.

 Aunque de estratos sociales diferentes, Don Fabio y Don Ulises, viviendo en la misma Santo Domingo de entonces, circunscrita a una cuantas cuadras, de seguro que transitaron por las mismas calles de la Ciudad Colonial y hasta frecuentaron los mismos lugares; sin embargo, nunca se encontraron, nunca departieron, nunca tuvieron oportunidad de desarrollar una amistad. La oficina de abogados de Pachi Báez (Lic. Damián Báez Blyden), ubicada en la Padre Billini 25, herencia centenaria de su padre Don Panguí (Lic. Pablo Báez Lavastida), era visitada con cierta frecuencia por Don Fabio, amigo de siempre del Lic. Ubrí García, socio de Pachi. Por su parte, don Ulises, con su pausado, peculiar y característico andar hacia su casa de la Arzobispo Portes a veces detenía sus cansados pasos en aquella misma oficina, donde departía con el Lic. Ubrí y con el mismo Pachi, quien, sotorriendo con la malicia del que guarda un viejo secreto familiar, comentaba por lo bajo que, al decir de don Panguí, el estilo peculiar de caminar de don Ulises delataba la presencia en éste de la sangre de su progenitor. Dicho esto, don Pachi reservaba siempre la develación de su particular secreto. Jcubrí@yahoo.com.

Aunque solo se conocían de vista, una soleada tarde de un rutinario día de semana coincidieron de golpe en la Oficialía Civil de Ciudad Nueva, donde habían sido convocados por sus respectivos hijos luego de proponerles, de modo inusitado, ser los padrinos de las bodas que habían decidido celebrar. Desde allí, en presencia de un pequeño núcleo de familiares, cogidos de la mano y unidos por el amor, los jóvenes Asdrúbal Ulises Domínguez Guerrero y Remigia Fiallo Cabrera decidieron cruzar -y cruzaron- las barreras raciales, ideológicas, regionales y familiares y, sin saberlo, ignorando desconocidos rencores históricos saltaron el charco de sangre que desde el 1899 separaba sin saberlo a sus respectivas familias. Ella, hija de don Fabio Fiallo Cáceres, sobrino de Mon Cáceres, matador de Lilís.

Él, hijo de ese profesor Domínguez que, en 1899, cuando cumplió sus dos años, fue llevado de la mano por su madre, la cocinera del Presidente y dictador, para ser bautizado con el nombre de Ulises por el mismo Lilís, quien, asumiendo la calidad de padrino ejercía así una muy peculiar e indirecta forma de reconocerlo como hijo, para complacencia de su fiel y secreta amante, su leal cocinera.

La muerte se llevó a Asdrúbal a destiempo, quien siendo un excelente pintor se fue a la tumba sin advertir jamás que en su propio rostro la naturaleza había diseñado la misma expresión facial de su abuelo, con el mismo bigote en forma de abierta V invertida, lo que nos ha permitido participar de la develación del pequeño secreto histórico de don Panguí y de don Pachi Báez.

En Fabio Ulises y en Desiree, hijos de Asdrúbal y Remigia, quedó unida la sangre de sus ancestros, como si luego de derramarse en 1899 al pie de una “guásima”, la víctima buscase, 70 años después, unirse de algún modo con su victimario mediante el mágico embrujo de un furioso amor de nietos.