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BEIRUT, Líbano.- Después de largos años, visitar el país de mis antepasados me ha generado una alegría inmensa, sobre todo por el significado muy especial del reencuentro familiar, lleno de nostalgias, imborrables momentos vividos de tiempos apacibles en un país como los hay pocos con tanta historia milenaria, y un envolvente carisma de cierto glamour, ya desaparecido, que lucha por sobrevivir.

Fue emocionante volver a ver a los mayores, a los descendientes, que dejamos niños y ahora se han convertido en jóvenes que se abren paso en medio de un ambiente aparentemente de una buena convivencia, calmado, pero en el que de vez en cuando afloran conflictos que derivan en enfrentamientos destructivos, pese a que en los últimos años las intransigencias de todos los bandos han aminorado.

Pasar la Semana Santa en Beirut fue una experiencia única. Allí los cristianos siguen y se involucran en los cultos de la Semana Mayor, como las visitas a los monumentos el Jueves Santo: las iglesias católicas maronitas, las griegas católicas y las griegas ortodoxas lucieron llenas de feligreses.

El viernes Santo, los jóvenes organizan la procesión de Santo Entierro, que recorre gran parte del centro de la capital. La regla de no comer carne ese día es estricta.

Muchos libaneses se desplazan en peregrinación a la Basílica de Nuestra Señora del Líbano, un santuario situado en una montaña del pueblo de Harissa que tiene capacidad para cuatro mil personas. Esta basílica fue construida como testimonio y reafirmación del dogma de la Inmaculada Concepción y es respetada y visitada tanto por cristianos como por musulmanes.

Los papas Juan XXIII y Juan Pablo II, quienes recientemente fueron canonizados, visitaron en peregrinaciones el santuario Nuestra Señora del Líbano, protectora espiritual de este país y de todos los árabes cristianos.

La Virgen María, en la advocación de Nuestra Señora del Líbano, aparece con los brazos abiertos como protegiendo al país, a sus habitantes, que tanta fe tienen puesta en ella.