Despedida

Despedida

JOSÉ ALFREDO PRIDA BUSTO
Hace alrededor de dos meses, hizo contacto telefónico conmigo un señor a quien yo no conocía. La razón de su llamada fue conversar sobre una opinión mía publicada ese mismo día en este diario.

Su inquietud era, y es: “muchos hablan y escriben, algunos muy bien, pero no veo acción”. Es una persona de más edad que yo. Testigo de muchas más páginas de nuestra historia.

La conversación duró una hora y pico y, al final, acordamos reunirnos en un lugar a tomar un café y seguir departiendo sobre nuestras inquietudes. Y así lo hicimos.

Le confesé a mi nuevo amigo que eso que él pensaba rondaba mi mente también desde hacía unos meses. A pesar de ello, quise seguir opinando públicamente.

El tiene muchas ideas. Ha esbozado un proyecto. Una concepción más organizada y profunda que lo que estamos acostumbrados a escuchar. Incluso de esos que se autoproclaman “preocupados”.

Aquella reunión tuvo para mí un efecto balsámico. Pensé que no estaba solo, como había llegado a imaginarme. Alguien se acercaba a mí, compartíamos ideas y lamentaba, igual que yo, el no hacer.

Transcurrieron varios días. El fogoso entusiasmo del primer momento fue pasando. Lenta pero seguramente aquietado por el turbulento quehacer diario. Aún así, seguía viva la ilusión.

Pero la dicha no iba a durar. A los pocos días empezaron a caer de nuevo los golpes. Como un aluvión. Las puñaladas traperas de los que ya estaban a punto de ser apeados del tren.

Después, una ligera luz. Controles. Finalmente. Lucha contra algunos males. Fantástico. Pero, ¡cuidado! Por regla general, nuestra felicidad ha mostrado ser efímera.

Cuando uno está contento, se distrae. Quiere disfrutar eso que cree que ha conseguido. Y el enemigo, que nunca duerme, aprovecha la euforia para asestar a traición golpes que pueden ser devastadores.

Se ve irrespeto en la manera de tratar cosas que son importantes. Como burla descarada. Y no es posible participar en un debate en el que unos se ríen abiertamente de lo que sienten, piensan y dicen otros.

Estoy profundamente decepcionado, afligido, desilusionado. No soy capaz de ver cómo podemos al menos frenar el impresionantemente progresivo deterioro de la ética en nuestra sociedad. Me rindo.

Me resulta imposible amoldarme a la idea de que tengamos que vivir en las condiciones que lo hacemos. Al salir a la calle me asalta el desasosiego. Y siento como si no le importáramos a nadie.

Para el que se ha ganado el sustento durante muchos años trabajando en la solución de problemas, es difícil aceptar que no pueda al menos vislumbrarse una salida a una situación. He perdido la fe. Confieso.

Soy capaz de trabajar con otros. A uno solo las cosas se le hacen más difíciles. ¿Flojo? Es posible. Pero mi imperfecta naturaleza humana insiste en que todos tienen que aportar algo. Al menos la mayoría.

No tengo madera de héroe ni de mártir. Pelear sólo no me parece inteligente. Mucho menos en condiciones desfavorables. Simplemente pretendo vivir una vida razonablemente buena en compañía de mi familia.

En estos momentos, yo, de mi cuenta, pienso que es verdad que nunca vamos a hacer nada. Porque no formamos parte de un proyecto. Y no formamos parte de un proyecto porque no podemos unirnos.

Y no podemos unirnos porque yo creo que en nuestra historia hay un acontecimiento aciago en grado sumo. Muy significativo. Por ese suceso, llevamos un gran pecado a cuestas. Nuestro propio pecado original.

Al parecer, desde el mismo momento en que alguien declaró traidor a la Patria a Juan Pablo Duarte, nos condenó a que ya nunca más pudiéramos trabajar juntos con una meta común.

Cada quien es cada cual. La mayoría a la espera de su gran oportunidad. Otros, quizá, soñando con un Mesías. Uno de verdad. Que pueda lavar aquel pecado. ¿Cómo última esperanza?

No voy a opinar más sobre las cosas de nuestro país. Me reservo el derecho de actuar de acuerdo con mi conciencia. Esta es una decisión que me ha costado mucho trabajo tomar, pero no volveré a publicar.

Para mí es un sacrificio. Me gusta que se conozca lo que pienso. Me acostumbré a hacerlo luego de que una persona apreciada y admirada me abriera las puertas de esta casa para dar a conocer mis opiniones.

Fue hace ya once años. Con un artículo sobre la falta de energía eléctrica, que hoy, cuatro gobiernos después, tiene para los usuarios exactamente la misma validez que entonces.

En las actuales circunstancias, me auto impongo la pena de retirarme al sillón del ostracismo. Como protesta. Desde ahora, mal que me pese, representaré únicamente el papel de callado y anónimo ciudadano.

Estas letras van dirigidas a los que me han leído alguna vez. Les agradezco el tiempo que me han dedicado y las palabras de aliento que a veces me han hecho llegar. No me pareció justo retirarme sin explicaciones.