Desde los tejados
Susurros para ser gritados

<STRONG>Desde los tejados<BR></STRONG>Susurros para ser gritados

manuelmaza@pucamm.e 
La relación entre los condómines de un edificio había ido creciendo. De nuevo, ahora al final de la reunión, comentaban lo difícil que es criar hijos en esta sociedad materialista y corrupta. Los muchachos recibían una educación en la casa, y luego veían en la calle cómo los corruptos prosperan y siguen impunes. La reunión acabó.

A los dos días también terminó la amistad. Una investigación de la compañía de electricidad mostró que de diez condómines, sólo dos pagaban la tarifa verdadera, los demás usaban “un gancho” desde la inauguración del edificio. De un golpe, se aclaraban esos aires acondicionados encendidos de noche y de día. Algunos gritaban públicamente contra la corrupción destructora de nuestra sociedad, pero por lo bajito habían  maquinado la forma de robar y no responsabilizarse del su consumo eléctrico. ¡Que paguen otros!

¡Qué atrevimiento el de Jesús, al afirmar: “lo que les susurro al oído, grítenlo desde los tejados!” (Mateo 10, 27). Invitando a gritar sus susurros, Jesús nos dio cuatro lecciones imperecederas para ir construyendo la transparencia.

En primer lugar, se aprecia la verdad y bondad de sus susurros. No temía que los airearan a la plena luz del día

Segundo, no dudaba del buen fundamento de lo que hablaba en voz baja. Se le podía someter al implacable y hostil escrutinio público, porque sus ideas y propósitos poseían una base sólida, capaz de resistir la crítica y el examen acucioso.   Tercero, Jesús vivió de manera tan coherente, que su conducta privada no era diferente de su actuar en público. Cuarto, no temía ser capturado por sus propias palabras. No hay un ridículo mayor para una figura pública que ser puesto en contradicción con sus propias palabras, y amarrado con una soga tejida con hilitos de promesas no cumplidas.  La campaña electoral pasada nos acusa a todos.

A las mayorías, porque nuestro paladar político está tan entontecido, que en lugar de apelar a él, nos atragantaron. A los candidatos, porque si sus bondades alcanzaran la décima parte de su propaganda, les hubiera bastado la transparencia.