Desde los tejados
Libre de inmediatismos tiránicos

<STRONG>Desde los tejados<BR></STRONG>Libre de inmediatismos tiránicos

Los ya maduros, con frecuencia nos sentimos como Job: “cumpliendo un servicio” en esta tierra. Nuestros días se miden por las jornadas de trabajo, al acostarnos nos preguntamos, cuándo nos levantaremos. Las preocupaciones nos ponen a dar vueltas hasta el alba. Nuestros días corren, y a veces, “se consumen sin esperanza” (Job 7, 1-7).

¿Dónde encontrar una sombra de vida y sentido para guarecernos de la tiranía de las urgencias inmediatas? El salmo 146 nos invita a cobijarnos a la sombra de la oración. El Señor entabla con cada creyente una relación personal que libra del anonimato: “cuenta el número de las estrellas, a cada una la llama por su nombre”. Nuestra vida cambia, no tanto cuando conocemos a Dios, sino cuando empezamos a descubrir que Él nos conoce por nuestro nombre. Como ha escrito Benjamín González, S.J., “Dios no confunde nuestra voz con la de ninguna otra criatura”. Esa relación personal  “sana los corazones quebrantados y venda sus heridas”. Dios es quien “reconstruye” a los creyentes, los “reúne”, “sostiene a los humildes y humilla a los soberbios”. 

En el primer capítulo de su evangelio, Marcos nos relata la atrayente solidaridad de Jesús. Allí le vemos curando de una fiebre a la suegra de Pedro y liberando a muchos de los dinamismos destructores de todo lo humano. En Jesús se repite la experiencia del salmo 146: él sanó los corazones quebrantados, vendó las heridas, reconstruyó por dentro a la gente y la reunió en una comunidad. El pueblo encontró a Jesús tanta vida y sentido,  que “la población entera se agolpaba a su puerta”.

A nosotros, la generación esclavizada por el mercado y la publicidad, nos impacta ver a Jesús libre de la tiranía inmediatista de su popularidad. Marcos relata cómo el “popular” Jesús se levantaba antes del alba, buscaba un lugar descampado y allí se dedicaba a la oración para  ser reconstruido y sostenido por Aquél que venda los corazones rotos. En esa oración, Jesús encontró su vocación más honda y su libertad. Cuando Pedro y sus discípulos vengan a interrumpir su oración con los resultados de las últimas encuestas, y lo importunen con un “todos te buscan”.  “Jesús les responde:

-Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido.-”