Desarrollo tecnológico y recursos naturales

Desarrollo tecnológico y recursos naturales

JOSÉ ENRIQUE BÁEZ
El desarrollo tecnológico no se detiene. El consumo irracional (consumismo) parece ser una función exponencial de dicho desarrollo. Ante esta situación la humanidad tiene como reto la obligación y el compromiso permanente de resolver la contradicción existente entre las posibilidades ilimitadas del progreso social y científico-técnico de la humanidad y las limitaciones reales de la naturaleza en su proceso evolutivo.

Pero ¿qué implica resolver esta contradicción? Resolver o reducir a su mínima expresión este problema implica la necesidad de compatibilizar toda la actividad humana con la capacidad biogenética de desarrollo de los diferentes recursos naturales y la capacidad de carga o soporte del medio físico. O sea, suplir nuestras necesidades biológicas y llevar a cabo nuestras actividades sociales en consonancia con las particularidades y posibilidades reales de nuestro medio y los recursos existentes.

Sólo de este modo la especie humana podrá asegurarse una existencia y un desarrollo normal, tanto en lo biológico como en lo social.

De otro modo no es posible una armonía dialéctica, una dinámica de mutuo desarrollo entre la comunidad humana y los diferentes elementos y/o recursos que conforman la biosfera.

«De la conciencia de clase debemos pasar a la conciencia de especie, de la clase social a la biología social. La conciencia de especie es fundamental en la relación ser humano-naturaleza. De nuestro comportamiento colectivo frente a las cuestiones ligadas a la biología, como biodiversidad amenazada, la escasez de los recursos, el creciente calentamiento global, el problema demográfico angustiante y las cuestiones de las armas de destrucción masiva, depende la sobrevivencia de nuestra especie homo», nos advierte Leonardo Boff.

Ya en la época antigua, Zenón en su obra «De la naturaleza humana» nos dice que la meta final del ser humano debía ser vivir en unidad y armonía con la naturaleza. Por otra parte, los más destacados filósofos materialistas del siglo XIX nos recuerdan que la naturaleza y el hombre conforman un todo orgánico, porque la naturaleza es el cuerpo inorgánico del ser humano y éste por su parte vive de la naturaleza y está obligado a permanecer en constante proceso de interacción con ésta para no morir.

«…Nosotros, por nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, pertenecemos a la naturaleza, nos encontramos en su seno…» señalaba el filósofo y economista inglés Federico Engels.

Estos pensamientos expresan y sintetizan en su esencia la filosofía racional que debe orientar nuestra diaria relación con la naturaleza.

Pero no bastan las palabras, si no asumimos ya en nuestra práctica social cotidiana una conducta de consumo que responda a las necesidades reales y básicas del ser humano y deje atrás el derroche y el consumo irracional como práctica que cada vez deterioran más y más el medio natural, los espacios donde se desarrolla la vida, los lugares en donde nos corresponde sanamente vivir.

Es tiempo ya de comprender que la naturaleza y sus recursos (la tierra, el agua, los animales, etc.) le han dado más al ser humano que lo que éste le ha dado a ella. Que si dejáramos a un lado la relación irracional del ser humano con la naturaleza, esta última, fácilmente, sin errar, sin duda alguna sostendría su estacionalidad y homeostasis, y con esto lograría una estabilidad tan óptima como para garantizar sin dificultad alguna la existencia del género humano en el aspecto biológico.

Sin embargo, la errada orientación social y ecológica del ser humano lo ha llevado con insensatez, egoísmo y codicia a destruir paulatinamente la naturaleza y con esto, a socavar las bases que sustentan su existencia biológica.

Ante este drama, en el cual participamos, mal o bien, todos los seres humanos, surge la interrogante esperada por todos: ¿Qué hay que hacer entonces para garantizarnos a sí mismo la vida y perpetuar con ello la especie humana junto a las demás especies animales y vegetales?

Muchos han de aportar respuestas alternativas razonables y viables. Otros, condicionados por una conducta irracional, no podrán sino, dar una respuesta irracional al problema. Sin embargo, la solución real para armonizar la relación entre el desarrollo de la humanidad y la evolución de la naturaleza y sus diversos componentes no debe ser un problema de respuestas razonables de unos, contra una conducta irracional de otros. No, no se trata de eso. Se trata de dar respuesta común, integral; donde todos y cada uno de los que habitamos esta gran morada, que es la tierra, asumamos la cuota de racionalidad que nos corresponde.

Se impone pues, la adopción de medidas de carácter socio-político, económico, jurídico y científico-técnico que nos ayuden a superar la desfavorable situación ecológica actual.

Debemos decidirnos ya a edificar una Cultura Ecológica en la conciencia humana, a partir de la formación, enseñanza y comportamiento ecológico a todos los niveles y en todas las etapas del desarrollo del ser humano.

En definitiva, el reto que tenemos por delante, es el de propiciar y garantizar el desarrollo de una sociedad que pueda cumplir sus necesidades biológicas y sociales en equilibrio y armonía con la capacidad bio- productiva de los procesos ecológicos esenciales de cada ecosistema en particular.