Del estilo

Del estilo

POR LEÓN DAVID
Entiendo que numerosos lectores se han quejado de que hablo demasiado de mí. ¿Seré un vanidoso incorregible, un enfermizo ególatra? ¿Por qué al escribir no adopto, como todo el mundo, un sesgo expositivo menos personal e íntimo?… Nada ni nadie, en efecto, me impiden ajustarme a una pauta discursiva que proscriba de la cuartilla cualquier asomo de subjetividad o introspección. Nada más fácil que expresarme como la mayoría lo hace.

Dejarse arrastrar por la corriente es la más cómoda y segura manera de obrar. Pero la fatalidad o los propicios astros – nunca lo sabremos- me echaron al mundo con un temperamento al que nada atrae tanto como nadar en contra de la corriente; y, dejémoslo en claro desde ya, la corriente en la que estoy inmerso –no por haberlo así escogido sino porque las circunstancias tal cosa dispusieron- me impulsa en dirección diametralmente opuesta a mis deseos, expectativas y objetivos.

 Cada ser humano tiene su peculiar estilo de comportarse y de vivir. El grueso de los hombres y mujeres ni siquiera cae en la cuenta de que posee un estilo, y que ese estilo, en medida harto mayor que lo que ellos dicen y piensan de sí mismos, revela por modo inconfundible lo que son. El estilo no es, como erróneamente suele aceptarse, la manera en que se manifiesta el individuo. Los rancios criterios aristotélicos de forma y contenido, si bien siguen siendo útiles y probadamente didácticos en cierto nivel del análisis, revélanse inadecuados en lo que atañe a derramar luz sobre un problema de la complejidad y sutileza del que he traído a colación… Sea lo que fuere y a tenor de lo antes expuesto, si forzado me viera a emplear esas tradicionales cuanto añejas nociones para arribar a una plausible conclusión sobre lo que el estilo pueda ser, habría que suscribir el dictamen de que este es fruto tanto de la forma como del contenido, los cuales al conjugarse propician la aparición de algo nuevo que trasciende lo acostumbrado y conocido, lo puramente contingente e idiosincrásico para hacernos partícipes de una esencial verdad, de un vislumbre del Ser.

No hay criatura humana que carezca de estilo; lo desplegamos en cada uno de lo planos y escenarios de la existencia. Tenemos un estilo de caminar, un estilo de hablar, un estilo de vestir, de comer, de dormir, de hacer el amor, de sentir, de reaccionar, de soñar, de fantasear y de divertirnos… Y pare usted de contar, no porque con la incompleta enumeración que precede presuma haber agotado los estilos posibles, sino porque la lista, de empecinarme en un recuento prolijo, sería, amén de tediosa, inacabable, mientras que, ciertamente, ni la paciencia mía ni la del lector lo son.

Así pues, retomando el hilo de mi argumentación, no podemos hacer nada sin estilo. Vivir es poseer un estilo de vida. Parejo fenómeno, cuya entidad y peso a nadie escapará,  permite percibir cada individuo en tanto que expresión de una realidad global que le trasciende y le imprime significado. Mediante eso que llamamos “estilo” la vida, como irradiación de la particularidad, de lo singular, se universaliza en una sola vibración continua que a sí propia se genera en la pluralidad insólita de su presencia única. No cabe estar vivo y no ser un estilo de vivir. De mi estilo puedo hallarme más o menos consciente, puedo sentirme más o menos a gusto con él, y con su acción puedo agradar o contrariar a los demás. Mas lo que está por entero fuera de cuestión es la posibilidad de despojarnos del estilo como si de una prenda sucia o pasada de moda se tratara. Mi estilo me revela en profundidad, se adhiere a mis más ocultas y recónditas grietas. La única vía de que dispongo para deshacerme de él, es adoptando otro. Pero he aquí que el cambio de estilo nos enfronta a un cambio de vida. Es perfectamente verosímil que modifique mis ideas, y siga viviendo de la misma manera que he vivido siempre. No es rara sino por el contrario habitual conducta sustituir una visión o ideología por otra, sin que ello importe la menor transformación esencial de la existencia. Ahora bien, en iluminador contraste con lo anterior, lo que no cabe pretender por mucha buena voluntad que en ello pongamos es mudar de estilo sin renovar de arriba abajo nuestro modo de vida…

Porque el estilo –insisto- tiene que ver con el sentido primordial de nuestra presencia en el mundo y con la propensión vivencial y –discúlpeseme el terminajo filosófico- metafísica que de ese sentido aflora, antes que con hechos concretos y acabados, y con el significado circunstancial y consciente que a tales hechos conferimos o que de una peculiar y característica manera de comportarse se desprende.

El estilo es el movimiento de la energía en su continuo hacerse. Es el dinamismo de la existencia allende las barreras que la coartan y limitan… No es otro el motivo por el que le presto tan asidua atención. Soy –sería necio negarlo- un estilista. Cuido mi estilo porque en ese estilo me expreso a plenitud en lo que sé que soy y en lo que ignoro del ser extraño y furtivo que en mí habita, cósmica fuerza actuante, irrenunciable, que se manifiesta en mi maravillosa búsqueda y mi todavía más espléndida y perfecta inconclusión. Es mi estilo el de la conciencia lúcida que a sí misma se asume como fuente primaria, impulso y pauta básica de vida. Mi estilo es pasión de vivir estilizadamente, bellamente; es la armonía de las contradicciones y el desequilibrio que pone en marcha y transforma la armonía.; es la obsesiva persecución de la unidad fundamental de la existencia que, en momentos de gloria, encuentro en la palabra, en mis actos y en mis sentimientos. Mi estilo es el empeño contumaz de vivir para seguir viviendo, para injertar en la vida la posibilidad de expandirse trascendiendo los cauces hasta entonces explorados… Mi estilo, agudo lector, lectora perspicaz, son estas líneas que tienes ante los ojos, en las que me voy levantando como un desnudo vuelo de gaviotas, son estos pensamientos que escapan no del cerebro sino del corazón y de la sangre, estos sueños de áureos y misteriosos caminos por donde prolongar el sellado secreto del hombre, mi enigma, tu enigma, el universo…