De visita en casa de Balaguer

De visita en casa de Balaguer

REGINALDO ATANAY
Nueva York.-
La mente —de ello no hay duda alguna— viaja mejor y más rápido que nuestro cuerpo físico. Y si nos disponemos, en esos viajes (imaginarios, decimos nosotros, astrales dirían otros) como que se le despierta a uno el inmensurable mecanismo interior, y nota más cosas que las que uno ve, cuando viaja y ve, con el ojo físico.

En la casa donde habitó Balaguer por casi 50 años, su ente físico no está. Pero no hay duda alguna de que las paredes de esa edificación, están impregnadas de los pensamientos del caudillo. Es algo parecido a los templos, en donde hay pegadas diferentes energías de oraciones de gente que ha ido allí a pedir clemencia o a agradecer bendiciones. Esas cosas «se pegan»; no tan visible como un gripazo, pero sí tenuemente. Y no son todos los ojos que pueden ver tan hermoso fenómeno.

En esta casa, de la avenida Máximo Gómez No. 25, ya no hay aglomeración de menesterosos y otros que no lo eran, que andaban en búsqueda de la ayuda y gracia del caudillo.

Pero están sueltos aquí tantos recuerdos, los cuales se tropiezan con pedidos de venganza, o solicitud de ayuda; de todas esas cosas que los políticos de todos los partidos que iban allí a «untarse» de la sabiduría de aquel viejo cibaeño que demostró, hasta la saciedad, que conocía al dominicano… «como sus manos».

De Balaguer sí que podía decirse, con toda propiedad, que conocía al tuerto durmiendo y al cojo sentado.

En su biblioteca del segundo piso, atrás del edificio, solía el ex presidente «echarse» en su sillón patriarcal; desgonzarse y relajar todos sus músculos, incluyendo los labios, para dar libertad a su cerebro y mente a actuar con toda potencia y libertad. Cuando hablaba, casi no movía lo labios.

Así, en posesión total de su privilegiada mente, hacía creaciones; traía ideas que de momento, parecían utopías.

Sentado así, cercano a un cuadro de doña Celí, su madre, Balaguer oía elogios, chismes, peticiones, recomendaciones, gritos… voces humanas soltando sus pasiones cual si fuera un Khrisnamurti… «a los pies del maestro»…

Uno de los golpes maestros —en lo político— que aquel hombre supo asestar, fue el que le propinó al ex presidente de la República y del Consejo de Estado, licenciado Rafael F. Bonnelly (Don Fello).

Bonnelly subió a primer plano de la política dominicana, cuando tras la muerte del dictador Rafael L. Trujillo, Balaguer creó el Consejo de Estado, integrado por siete personas, y presidido por él; nombró a Bonnelly vicepresidente. Así, cuando Balaguer abandonó el poder y se asiló en la Nunciatura Apostólica, Bonnelly quedó posicionado como Presidente de la República, y del Consejo de Estado.

Dicen que Balaguer se sintió traicionado por Bonnelly. (El doctor Ramón Pina Acevedo y Martinez intuyó algo de eso. Pina publicó un opúsculo comparando a Bonnelly con un personaje de la historia dominicana.)

Pasó el tiempo, y en uno de los períodos presidenciales en que Balaguer buscaba reelegirse como presidente, Bonnelly hizo varios pronunciamientos contra la reelección. Y publicó en los diarios una carta, dando cuenta de sus conceptos sobre Balaguer y la reelección.

Ahí, Balaguer «se sirvió con la cuchara grande». De esa carta pública, el caudillo dijo que tenía «olor a sacristía» sugiriendo que el autor de dicho escrito no era el mismo Bonnelly, sino un amigo de ambos, que en ese tiempo, orientaba a Bonnelly: el presbítero Oscar Robles Toledano, amo de una prosa excelente.

Y entre otras cosas más le dijo a Bonnelly que él, por su cuenta, no hubiera llegado a la Presidencia de la República, y que llegó a ese sitio… gracias a la firma de Joaquín Balaguer.

En este salón, en sus momentos de esparcimiento, Balaguer solía sentarse a conversar con el doctor Clarence Charles Dunlop, quien fue su médico y amigo íntimo. Algunas noches, ambos allí hablaban de historia y medicina. Y también de poesía.

A medida que se le asomaba la muerte, Balaguer fue desprendiéndose de las pocas pertenencias materiales con que contaba; ya había dejado una casa campestre que tuvo en un campo de La Vega, donde solía acompañarse de libros y soledad. Luego, donó su biblioteca a una universidad, y más tarde también donó su casa.

Como diciendo… «vine sin nada y sin nada me voy».

Pero en el orden intelectual, político y mental, ese hombre fue multimillonario. Se marchó rodeado de honores y satisfecho de haber dado, en su larga carrera pública, una descomunal cátedra de economía política…

Para la meditación de hoy: Aviva tu fe, con alegría. Esfuérzate para que la fe se enseñoree en ti, hasta que llegue el momento en que actúes y hables con fe, con la mayor naturalidad. La fe es un don que podemos conseguirlo y aumentar su intensidad, si para ello tenemos el deseo suficiente.