De la impertinente poesía actual

De la impertinente poesía actual

Nada me hace percatar de lo anacrónico, de lo obcecadamente pueril de mis fobias y prejuicios, como leer los versos que la mayor parte de los vates de esta modernidad tardía suele alegremente dar a la estampa… Digo leer, porque entenderlos es harina de otro costal ; y –admito con resignación mi insuficiencia , por más que me he devanado los sesos una y otra vez reclinado sobre las aestrofas de tan excelsos líricos, nunca he logrado descifrar (así de obtuso me trajo al mundo mi amorosa madre) el extrañísimo idioma en que la Musa les obliga a expresarse. Hasta el extremo de que he dado en sospechar que las ambiguas profecías de la délfica pitonisa de Apolo, célebres por su elaborada opacidad, comparada con los poemas a que hemos aludido, habrían parecido transparentes.

Empero, del crimen de incomprensión ni por un instante se nos ocurra culpar al bardo. Responsabilicemos, antes bien, del delito de lesa claridad al lector inepto, cuya rustiquez le impide caer en éxtasis frente a los novedosos procedimientos estilísticos a los que el numen privilegiado de los poetas en boga suele acudir. Si el lector se muestra insensible a las delicias del hermetismo, suyo es el problema. Si el sentido del verso se nos escapa, no es porque sea ininteligible la frase, sino porque nuestra rudimentaria competencia verbal en orden al rejuego metafórico nos obstaculiza acceder al espacio semántico en que dicho sentido se tornaría evidente.

En suma, no entender la intimidante poesía que hoy se gasta nos enfrenta a la dolorosa certidumbre de nuestra penuria intelectual…

… A menos que la mentada oscuridad expresiva de la poesía tardo moderna halle un principio de explicación en la impostura, en la necesidad de encubrir, mediante el empleo de un lenguaje supuestamente iconoclasta y de una sintaxis descoyuntada y delirante, la ausencia desoladora de genuina emoción y temple lírico. Juicio este que adquiere viso de certeza cuando mis ojos topan con ‘poemas’ como el recogido en cierta antología por Gerardo G. Mecías H., del cual, interesado en ahorrarme náuseas y cefaleas, me tomaré la libertad de transcribir apenas un fragmento. Su título: CANTO AL OMBLIGO DE UNA SENSIBILIDAD REVOLUCIONADA… Amárrense bien los cinturones que aquí va: “Al amanecer el día siguiente como un jersey retozo / Izakof, agarrada a la inquina de la almohada / con frío tremendo / ve a la duquesa parir cerdos en el camastro de / emparejados cojines / donde el jerarca teje con hebras del desbarajus / tado cielo su toga Real / (la disoluta para santificarse engulle como / descompuesto de un espliego agotado / xicodóxico oligopódicomo oji gato / membretando dística el acto ubérrimo / de su actividad sexual””…

Y con parejo tenor prosigue el poeta su canto, hasta que termina no sólo con el poema sino, también, y mucho antes con nuestra paciencia y benignidad.

Aprendí la lección. Consciente de mis limitaciones, he jurado no abrir ni por equivocación un volumen que contenga versos del pelaje de los que copié. Sin embargo, como no ignoro que por estar chapado a la antigua podría suceder que no advirtiere yo las apetecibles prendas del moderno arte de trovar, y podría otrosí darse la circunstancia que estuviere el lector interesado en hacerse con los secretos de dicho arte, en los renglones que siguen, a guisa de colofón me propongo ofrecer unas breves instrucciones para que, en un abrir y cerrar de ojos, quien a ellas se atenga pueda convertirse en poeta al último grito de la hora… veamos: 1. Desecha el verso medido y, por sobre todas las cosas, no sucumbas jamás a la tentación de la rima, que si Juan de la Cruz, Rubén Darío, Antonio Machado o Jorge Luis Borges empelaron con pasable fortuna esos vetustos artificios fue porque ¡pobrecillos! carecían de la perspicuidad suficiente para desembarazar su decir, de tan inhóspitas “prisiones cargado”. 2. No narres, no cuentes, no expongas nada que pueda atener el más leve parecido con una historia; lo anecdótico, por oportuno y justificado que luzca, debe ser desterrado sin contemplaciones de la página. 3. Haz referencia siempre a cosas desagradables, usando ad líbitum palabras repugnantes y sórdidas. Nada es tan moderno como dejar de lado la elegancia y esquivar el refinamiento y el decoro. 4. Descarta cualquier insinuación de rítmica andadura que tienda a acentuar el perfil sonoro de la frase poética, diferenciándolo de la prosa coloquial. Cuanto más suene lo que escribes a receta culinaria o récipe médico, mejor. 5. Disloca la sintaxis a tu entero capricho; no respetes las normas gramaticales e inventa tus propias reglas de puntuación. ¿Que no te entienden? –se quejan … no es problema tuyo.

Si a las cinco pautas que anteceden ajustas los arrebatos de la Musa, te aseguro, amigo mío, que en menos de diez minutos habrás logrado transformarte en aventajado discípulo de Mallarmé y Bretón… Ánimo, pues, que la tinta sobra y el papel no escasea… Del talento y el sentido común –prescindibles antiguallas mejor nada argüir.

[b]DESNUDÁNDOSE EL ALMA[/b]

No bien alguien descubre que soy escritor, es decir, que doy en la extravagancia de confiar mis ideas a una indiscreta hoja de papel, no transcurrirá demasiado tiempo sin que me vea estrechado con preguntas del siguiente viso: “¿Cómo se las arregla usted, amigo mío, para desarrollar asuntos de tan dispar naturaleza? ¿De qué método se vale para dar con el tema susceptible de despertar la curiosidad de los lectores?”

Confieso que cuando así me interrogan, no siempre estoy en condición de ocultar mi embarazo. Pues aunque ciertamente no han sido una ni dos las ocasiones en que, con la mejor intención del mundo, se me ha interpelado en ese tenor, cada vez que me apremian con parejas consultas mi desconcierto sube de punto y se transforma en pasmo.

No es para menos. La sola suposición de que existe un método con cuyo auxilio el escritor atina a deshilvanar cuestiones de bulto e interés se me figura tan descabellada que nunca he podido evitar el sobresalto apenas me percato que el grueso de la gente suele sustentar semejante criterio. Si a mi propia experiencia doy fe, las cosas suceden de muy opuesto modo. Yo no busco los temas… aparecen; me coloco frente a la cuartilla y, péndola en mano, aguardo, haciendo acopio de paciencia, que acudan a la cita. Si no me es adversa la fortuna, se presentan; y el problema no consistirá entonces en qué voy a decir sino en cómo no decir todo lo que el asunto vislumbrado lleva a los puntos de la pluma.

Cuando se es escritor lo que menos importa es el tema. Acaso pareja afirmación, lanzada así, sin afeites ni edulcorantes, provoque escándalo. Tomaré, pues, la precaución de advertir que no es a causa de una morbosa tendencia a la desmesura que me complazco en estampar asertos de ese heterodoxo cariz, sino porque al hacerlo estoy persuadido –en ello va mi crédito de que no vulnero en un ápice la verdad.

En efecto, cuéntome en el número de los que entienden que, al fin y a la postre, trate de lo que trate, el escritor sólo examina un tema: su propio yo… A manera de prevención, notificaba Montaigne a los lectores en el inicio del primer tomo de sus ‘Ensayos’ célebres: “yo mismo soy la materia de mi libro.” Perspicaz aviso que conviene asumir de modo literal. Porque, paradójicamente, lo que caracteriza al escritor no es escribir sino mostrarse. Todo escritor genuino es exhibicionista. Desnudar la intimidad, tal es su oficio. Puede él consagrarse a ponderar el valor culinario de las papas fritas, entretenernos a propósito de una insignificante lagartija que, para protegerse, muda de color sobre la tapia rugosa del jardín, o cavilar, taciturno, acerca de tópico tan grave como el de la muerte, adusta señora que acaso, al doblar de la esquina, agazapada, nos espera… pues bien, que nadie se equivoque: muerte, papas fritas y lagartija no son más que pretextos, medios, circunstancias que permiten al autor, de forma indirecta, pudorosa, aceptable, referirse al único asunto que obsesivamente llama su atención: él mismo.

Ahora bien, ¿cómo consigue el escritor desvestir su alma sin que esa especie de strip tease espiritual roce lo ofensivo o, en el mejor de los casos, lo inoportuno? No es difícil: simulando que cavila sobre cuestiones por completo ajenas a su persona. A diferencia del cronista periodístico, del hombre de ciencia y del educador, al escritor no le atraen las cosas por lo que éstas poseen de singular y propio, sino por lo que me siento tentado a llamar su vis especular, esto es, la posibilidad que ofrecen de reflejar, como la superficie del cristal azogado, el rostro de quien acerca de ellas reflexiona.

Así pues, aun cuando nos dé la impresión de conceptuoso y argumentativo, no debemos perder de vista jamás que el escritor suele usar las ideas a guisa de camuflaje; y que, bien considerado el punto, antes que ideas son creencias y valores los que apuntalan su discurso. El talante valorativo que, empeñada en revelar el Ser, adopta entonces la palabra, se manifiesta harto más que en lo que se dice, en una muy sui géneris manera de decir.

Tan idiosincrásico modo de expresión es el que juzgamos logro supremo de la pluma, y el que induce a leer. Porque el escritor es su manera, vida trasmutada en lenguaje, visión impregnada de subjetividad, que instruye y enriquece en la medida en que nada mejor que ella facilita observar las cosas cotidianas con ojos distintos a los nuestros.

Casi todos somos capaces de comunicarnos más o menos eficazmente por medio del habla y la escritura. Pocos, muy pocos, tienen el poder de inyectar sangre a la palabra convirtiendo el discurso en una suerte de mapa de sus elusivos parajes interiores. Escribir es dejar, de manera contumaz, por los caminos azarosos del verbo, huella indeleble de lo que se es. Todo escritor es un cartógrafo del alma. El mapamundi que dibuja nos ayuda siempre a decidir más atinadamente cuál rumbo corresponde escoger para alcanzar el objetivo último: encontrarnos con nosotros mismos.