Damnificados de inundaciones encaran Navidad triste

Damnificados de inundaciones encaran Navidad triste

SANTIAGO. En el rostro de Antonia Martínez, de 63 años de edad, está expresada la tristeza y la incertidumbre de no saber como podrá pasar la Nochebuena y la Navidad en medio de la mugre en la que convive junto a sus tres hijos. Ella y su familia apenas concilian el sueño, mientras pasa las horas tejiendo la esperanza de un techo propio.

La dama es otra de las damnificadas de los aguaceros del mes pasado en esta ciudad, pero las autoridades locales no la reconocen, ni a ella, ni a las demás familias con derecho a un techo propio.

Su situación es pésima porque habitan en rústicas casuchas de materiales descartados y con muchos niños que caminan descalzos, mugrientos y semidesnudos por trechos usados como sanitarios y como cocinas con fogones que quizás no se encenderán este 24 de diciembre para preparar la tradicional Cena de Nochebuena.

La señora Martínez y sus hijos salieron hace varios años de una comunidad rural de Navarrete donde vivían de la agricultura, «amarrando tabaco», huyéndole a la falta de agua potable, pero con tan mala suerte que fueron las muchas aguas las que ahora arrastraron su vivienda a la orilla del bravío Río Yaque del Norte.

Al preguntársele cómo piensa pasar esta Navidad, su respuesta fue franca: «Imagínese, con un pie enfermo y en estas condiciones, no puedo pensar en eso».

Entiende que el destino le jugó una mala partida al ser sorprendida junto a otras 52 familias de Gurabo, quienes perdieron sus casas y bienes.

Las primeras 18 familias se alojaron debajo del puente Hermanos Patiño, pero también hay otras 35 refugiadas en el local del CECARA, (Centro de Capacitación de la Reforma Agraria), dependencia del Instituto Agrario.

El puente les sirve de techo a las casuchas levantadas, con materiales sintéticos y pedazos de fundas y sacos viejos, donde la solidaridad humana ha sido el mejor aliado » A veces viene gente con funditas y nos la dejan aquí, pero eso no es a cada rato».

Ante la incertidumbre de verse tirados allí en un almacén de seres humanos, sin ninguna promesa de solución a su desgracia, los damnificados siguen esperando por la caridad publica.

En los cuerpos demacrados de los 56 niños que viven debajo del frío puente, no cabe una picada de mosquito más, pero ajenos a la tragedia que les correspondió vivir, sacan momentos para compartir una “alegría” en medio de su dramática realidad”.

Preguntado sobre el abandono a esas familias damnificadas, el gobernador provincial, Ramón Gómez, recordó que desde un principio se ha tenido una posición clara de que muchas de esas personas se fueron a vivir a orillas del río esperando una oportunidad para que el gobierno les regale una casa.