Cuestiones del corazón

Cuestiones del corazón

MARIEN A. CAPITÁN
El teclado está frío. Sus manos ya no lo tocan. Se ha dado por vencido. No quiere amar, no quiere volverse a enfrentar al silencio y a la nada que recibe por respuesta cada mañana. Se enamoró solo. A través de una pantalla, de una imagen hueca y de una sonrisa ficticia que sólo moraba en su corazón. Era absurdo, era tonto, pero se enamoró. Como él, que arrastra a una amante sin nombre y una ilusión perdida, son muchos los amores que van y vienen a lo largo de nuestra vida. Algunos existen. Otros no. Todos, sin embargo, tienen algo en común: nos enseñan, nos guían y nos obligan, a golpe de dolor o sonrisas, a seguir adelante.

Pero el amor a veces no se traduce en sábanas ni en besos furtivos. El amor, depende de quien lo sienta, es sinónimo de un abrazo, de un beso tierno, de una caricia, de una palabra o de una llamada. Y ese amor, cuando es incondicional, duele mucho si se ha de perder.

Eso le ha sucedido a Nancy Fernández, una señora de 53 años que en medio de dolor y lágrimas el martes pasado tuvo que enterrar a uno de sus hijos, Tito Agustín Fernández, en una fosa común en la que fueron sepultados doce de las 134 víctimas del incendio de la cárcel de Higüey.

Doña Nancy, al borde la histeria, casi cae a la fosa común. Su corazón estaba a punto de dejar de latir; su alma, indignada, se preguntaba cuál será el precio total que tendrá que pagar por ser pobre.

Si su hijo murió, decía, fue porque nunca pudo vender su casa para pagar su fianza. Lo peor: él estaba preso en San Pedro de Macorís y ella, que deseaba verlo más seguido, luchó hasta que lo trasladaran a Higüey, donde finalmente encontró la muerte.

Es posible que la historia de doña Nancy se repita en las otras 133 víctimas del incendio. Con etiquetas de culpable o inocente, cada uno de esos presos entierra consigo la alegría y la fe de una madre, de una esposa, de una hermana, de una amiga, de una novia… en fin, de un amor que ahora agoniza por su ausencia.

Esos corazones, sin embargo, no deberían estar rotos hoy. Si en lugar de pensar como guardias, los carceleros hubieran pensado como seres humanos, esos presos no hubieran muerto calcinados: ellos hubieran abierto las celdas, aunque alguno hubiese escapado, y después habrían resuelto el problema.

Era más fácil, sin embargo, dejar las rejas cerradas y rezarle a Dios para que se apiadara de las almas de quienes morirían al calor de las llamas. Nunca, lo sabemos, un guardia desobedecerá una orden. Ellos estaban llamados a no abrir, bajo ninguna circunstancia, a menos que no recibieran una contraorden superior. ¿Quién se arriesga a durar un par de meses preso, a ser sacado de las filas o a recibir cualquier castigo parecido? Es obvio que nadie.

Hay que hacer algo en las cárceles del país. No podemos permitir que esta clase de historia se repita constantemente. Tampoco podemos recordarnos del sistema penitenciario sólo cuando sucede una tragedia como ésta. Los presos, recordémoslo, son seres humanos igual que nosotros. Personas que, aunque no tengan libertad, también tienen derechos y amores que esperan por ellos.

m.capitan@hoy.com.do