Cuando vivir en una selva deja de ser un enunciado

Cuando vivir en una selva deja de ser un enunciado

De repente ella nos desborda. Todo se sale de control y, en un estallido, parecemos enloquecer. La pasión, que obnubila y ensordece, nos lleva por sus laberintos y nos deshacemos y desdecimos. ¡Qué dominicanos somos a veces!

Leer y escuchar los argumentos a raíz de la observación de la ley que declaraba Loma Miranda como parque nacional es como estar en medio de un fuego cruzado (e inútil) que sólo sirve para atizar un poco más las llamas de las confrontaciones nacionales. La polarización, nueva vez, está servida.

Con una sociedad que juega a dividirse y enfrentarse cada vez que hay algún tema importante, ahora las cosas se han extremado un poco más: se incita a la desobediencia civil y a la violencia.

No sé si es que pretendemos darle carácter formal a la selva en la que vivimos pero nunca se me había ocurrido pensar que llegaría el día en que disentir se convertiría en una agresión. ¿En qué momento dejamos de creer en las protestas civilizadas?

 

Estar en desacuerdo con las observaciones del presidente Danilo Medina, quien se basó en argumentos legales y en los desaciertos que cometió el Congreso, es un derecho. Sin embargo, no justifica que se llame a la violencia.

Sé que mucha gente quiere que Loma Miranda sea un parque nacional porque cree que el Gobierno no será capaz de regular su explotación sostenible y teme que Falcondo arrase con todo. Para lograrlo, sin embargo, debemos apegarnos a las leyes y a los contratos. ¿Cómo es posible que una ley se sostenga en leyes y decretos derogados? ¿Cómo, cuando nos llenamos la boca defendiendo la seguridad jurídica y la institucionalidad, pretendemos que se violenten hasta los tratados internacionales? Con Loma Miranda se han roto todos los esquemas. ¿Será que el fin lo justifica todo?