Cuando los alimentos reales no son siquiera una opción

Cuando los alimentos reales no son siquiera una opción

NUEVA YORK.- Todos los frutos de los arbustos de mukhet cerca de los campamentos de refugiados en el este de Chad han sido recolectados, advierte el Programa Alimentario Mundial en su más reciente llamado en nombre de más de 100,000 sudaneses que han huido de los combates en su país y ahora enfrentan la inanición.

Los frutos de mukhet son tóxicos, y deben ser remojados durante días para que pierdan las toxinas. Después de ser secados, son molidos, pero la harina tiene poco valor nutritivo.

En las barriadas pobres de Haití, se pueden encontrar remolinos de masa horneándose bajo el sol. Parecen casi apetitosos hasta que uno conoce los ingredientes: mantequilla, sal, agua y tierra.

En un mundo donde los ricos gastan millones en formas de evitar los carbohidratos y Naciones Unidas declara a la obesidad como una amenaza de salud global, la cruel realidad es que muchas más personas luchan cada día sólo para recibir calorías suficientes.

En Malawi, los niños se paran al lado de los caminos vendiendo brochetas de ratones rostizados.

En Mozambique, cuando los saltamontes se comen las cosechas, la gente cambia el menú y se los come, llamando a los bichos con sabor a pescado «camaron volador».

En Liberia durante la guerra civil de 1989, todos los animales en el zoológico nacional fueron devorados excepto un león tuerto. Los perros y los gatos desaparecieron de las calles de la capital.

Pero todo eso contiene, al menos, proteínas frescas. Durante el sitio de Kuito, Angola, a principios de los años 90, Carlos Sicato, un trabajador del Programa Alimentario Mundial, describió a un hombre que consiguió una silla vieja y prometió a su familia: «Si no morimos hoy, podemos sobrevivir cuatro días más». Remojó la piel que recubría la silla durante 15 horas para suavizarla y retirarle las sustancias químicas. Luego, con agua hirviendo, preparó una «sopa de cordero».

Anne-Sophie Fournier, directora de la oficina en Estados Unidos de Acción contra el Hambre, dijo que había leído que las víctimas de las hambrunas soviéticas de los años 30 comieron muebles también. La escena en «Gold Rush» (La Fiebre del Oro) en la cual Charles Chaplin, atrapado en una cabaña del Yukon, comía su zapato (realmente hecho de azúcar) no era totalmente fantasiosa.

La hambruna trae consigo lo que los combatientes profesionales de la inanición llaman «mecanismos de cosecha».

El más simple es tan trivial que parece absurdo: Cuando hay poca comida, la gente come menos.

Las mujeres de Eritrea se atan piedras planas al estómago para reducir los dolores. Se sabe de madres en muchos países que hierven agua con piedras y les dicen a sus hijos que la comida está casi lista, con la esperanza de que se duerman esperando.

No comer realmente es efectivo, dicen expertos en el hambre, al menos por un breve periodo. Los agricultores que viven al límite saben que si pueden racionar lo que queda y resistir un poco más, las lluvias podrían llegar. O los camiones de la ONU llenos de panecillos altos en proteínas o platos de maíz de soya.

«Sabemos por las huelgas de hambre que en un ambiente controlado, las personas pueden vivir 40 días sin alimento», dijo Patrick Webb, jefe de nutrición del Programa Alimentario Mundial de la ONU. «Pero una situación de hambruna evidentemente no es un ambiente controlado».

Desde 1500, argumentan los historiadores económicos, ninguna hambruna ha sido causada únicamente por una falta de alimentos. La sequía pudiera arruinar la cosecha, pero algunas fuerzas políticas siempre evitan que llegue la ayuda: la indiferencia británica durante la hambruna de la papa irlandesa, la represión maoísta de los campesinos en el Gran Salto, la guerra de clanes que cerró los puertos somalíes. Ninguna democracia con una prensa libre -aun incluyendo India después de la independencia- ha sufrido una inanición masiva. Si los norcoreanos ocasionalmente se están comiendo unos a otros, como se ha rumoreado durante años, es porque el gobierno se niega a admitir cuán desesperados están sus ciudadanos, y dar a las agencias de socorro el derecho a encontrarlos y alimentarlos.

La escasez de alimentos a menudo desencadena migraciones extrañas. En la Segunda Guerra Mundial, los residentes urbanos europeos visitaban a sus primos rurales a la espera de contar con parcelas de alimentos, mientras que en esta era de ayuda de la ONU, los agricultores podrían acudir a las ciudades portuarias ante el rumor de la llegada de un barco.

Hasta que la ayuda pueda llegar, la gente sale adelante como lo hacían sus ancestros. Los habitantes rurales quizá sean mucho mejores en ello que los residentes de las ciudades, quienes podrían verse forzados rápidamente a comer ratas o cortar las palmeras a lo largo de los boulevares urbanos en busca de sus corazones comestibles.

Un sondeo informal de expertos del Programa Alimentario Mundial produjo muchos ejemplos de ingenio.

Los africanos excavan los hormigueros y los montículos de termitas en busca de los diminutos granos que los insectos han reunido. Algunas semillas, sin embargo, provocan reacciones alérgicas fatales.

Como el arbusto de mukhet de Chad, la mandioca silvestre en regiones tropicales y la baucia senegalensis en Africa Occidental son tóxicas, pero pueden ser hechas comestibles triturándolas y remojándolas durante días.

En Bangladesh, un tipo de lenteja que se sabe destruye lentamente el sistema nervioso es comida cuando la gente está lo suficientemente hambrienta.

El fruto de la marula es tan sabroso que los elefantes derriban árboles para obtenerlo, pero en el golpeado Zimbabwe, una vez que el fruto ha desaparecido la gente podría reducirse a comer las semillas molidas aplastándolas con piedras y pescando diminutas pepitas con un alfiler.

Plantas con muy poco valor nutricional son comidas, como algas, corteza de árboles y pasto en Corea del Norte o tallos de maíz en Africa.

Las plantas que son difíciles de cosechar, como los cactus (debido a las espinas) o los jacintos acuáticos (debido a los cocodrilos), valen la pena de correr el riesgo.

La piel y huesos de animales muertos que incluso los buitres dejan podrían ser hervidos para preparar una sopa.

El peligro de todos estos sustitutos es que pueden causar diarrea, la cual puede matar más rápidamente que la hambruna, o irritar el intestino tanto que se dificulte digerir alimentos mejores si estos llegan.

Bajo esas circunstancias, la gente puede «perder más de lo que gana comiendo», dijo Webb.

Incluso comer tierra es un mecanismo de cosecha que demuestra su valor cuando los tiempos son difíciles. El nombre médico de comer tierra es pica, y aunque es considerado una patología entre los bien alimentados, entre los pobres puede añadir minerales a una dieta que incluso en buenos tiempos podría consistir sólo de maís o sorgo.

En Zambia, bolas de arcilla comestible son vendidas en los mercados callejeros. En Angola, una tierra oscura llamada «sal negra» es espolvoreada sobre los alimentos fríos, pero no puede ser cocinada porque pierde su sabor.

Y los panecillos de tierra de Haití -llamados «argile», que significa arcilla, o «terre», que significa tierra- no son exactamente un cri de coeur final contra la hambruna.

Como los ratones en Malawi, son un alimento básico de los muy pobres, algo entre un bocadillo y una medida de desesperación. Hacerlos ha sido una actividad regular durante años. La arcilla es transportada en sacos de plástico desde Hinche, en la llanura central. Mezclada con margarina o mantequilla, son saborizados con sal, pimienta y cubos de consomé y vertidos por miles sobre sábanas de algodón en patios soleados que son mantenidos barridos como «panaderías». Cuestan alrededor de cinco centavos de dólar la pieza.

«No son alimento, realmente», dijo David González, reportero de The New York Times que ha visitado Haití muchas veces. «La gente con hambre los come sólo para llenar sus adoloridos estómagos».