Cuando las cámaras definen una guerra

Cuando las cámaras definen una guerra

NUEVA YORK. La guerra moderna nos ha dado imágenes iconográficas que dan forma y reflejan nuestras opiniones del conflicto.

Consideremos, por ejemplo, la diferencia entre algunas fotografías famosas grabadas en la memoria de la nación; la foto de los triunfantes infantes de marina que izaron la bandera sobre Iwo Jima hacia el final de la Segunda Guerra Mundial y luego un sombrío tríptico de Vietnam: imágenes de un jefe policial disparando a la cabeza de un prisionero del vietcong, una niña desnuda que grita por las quemaduras por napalm mientras corre por una carretera y un helicóptero que se eleva desde la azotea de la embajada estadounidense, dejando atrás a sus aliados vietnamitas mientras caía Saigón.

La semana pasada empezó y terminó con dos asombrosas imágenes que parecieron retratar el conflicto en Irak en formas muy diferentes y reflejaban la batalla en torno de qué imágenes definirán esta guerra.

Por un breve y horrible momento, pareció que podría haber una imagen iconográfica de un titubeante esfuerzo estadounidense. Era una fotografía del cuerpo de un soldado estadounidense tendido en una calles de Mosul, acompañada por los primeros y ahora aparentemente erróneos relatos de las agencias noticiosas de que una muchedumbre había degollado a dos soldados y mutilado sus cuerpos.

«Bastardos» fue el titular sobre la fotografíia en la primera plana de The Daily News de Nueva York; otros periódicos dieron una cobertura similarmente prominente.

La razón de que estas dos muertes resonaran tanto es que inmediatamente evocaron otra imagen característica: el cuerpo de un soldado estadounidense que era arrastrado por las calles de Mogadiscio, Somalia, después de que los Rangers del Ejército trataron de capturar a un cacique que derribó su helicóptero Black Hawk, provocando una abrupta y embarazosa retirada estadounidense de Somalia. El caricaturista Jeff Danziger rápidamente produjo un dibujo que mostraba a dos asediados soldados bajo fuego en Irak. «Bueno, al menos sabemos que ésto no es Vietnam», dice el primero, y su camarada responde: «No … Es SOMALIA».

Luego las primeras planas de los periódicos y los programas noticiosos televisivos en todo el país estuvieron dominados por la imagen del Presidente Bush con un rompevientos del Ejército, alternativamente con los ojos llorosos y sonriendo, sosteniendo un pavo de Acción de Gracias sobre un platón, rodeado por alegres soldados en una tienda de campaña en el Aeropuerto Internacional de Bagdad.

El viaje inesperado del presidente a Irak en un Fuerza Aérea Uno sin luces acompañado sólo por un puñado de colaboradores y un diminuto grupo de representantes de la prensa tenía la intención, dijeron funcionarios de la Casa Blanca, de elevar la moral de los soldados, muchos de los cuales están molestos por su extendido y cada vez más peligroso despliegue, y de enfatizar su determinación de, como él lo expresa, «mantener el rumbo».

Pero, en cierto sentido, también fue un correctivo a una imagen previa artificiosamente arreglada por los operadores de Bush: su arribo en traje de vuelo a un portaaviones del que pendía un cartel que decía «Misión Cumplida». Desde que el presidente declaró que las hostilidades principales habían terminado sobre la cubierta del portaaviones el 1ñ de mayo, al menos 287 militares han muerto en ataques constantemente crecientes, casi el doble que en la guerra misma. Noviembre ha sido el mes más mortal, con más de 60 soldados muertos en acciones hostiles, más que en cualquier otro mes. Ese descenso en el portaaviones evidentemente había sido diseñado como una imagen triunfal que desempeñaría una parte importante en la campaña de releección del presidente. En vez de ello, ahora parece un símbolo del optimismo ingenuo, casi anhelante, que ha marcado el plan del gobierno de derrocar a Saddam Hussein y, al hacerlo, anunciar una nueva era de democracia en Medio Oriente. En realidad, esa imagen ahora casi inevitablemente figurará en la campaña de cualquier candidato que finalmente nominen los demócratas.

«Ustedes suministen las fotografías y yo suministraré la guerra», señaló en un famoso telegrama el barón de la prensa William Randolph Hearst al artista Frederic Remington cuando se quejó de que había poca acción en Cuba. Y, cuando el barco de guerra Maine estalló en el muelle de La Habana el 15 de febrero de 1898, bajo circunstancias que siguen siendo misteriosas, matando a unos 250 oficiales, marineros e infantes de marina, Hearst rápidamente culpó a España. Su New York Journal publicó un dibujo en su primera plana mostrando una mina debajo del barco. «El Maine es grandioso. Anima a todos», telegrafió a otro de sus subordinados mientras The Journal encabezaba al resto de la «prensa amarillista» para empujar al país a la guerra.

El hundimiento del Maine el incidente del Golfo de Tonkin de su tiempo fue un ejemplo temprano de cómo una imagen se convirtió en una idea que condujo a la acción. En el mundo de hoy de las comunicaciones instantáneas y los ciclos noticiosos de 24 horas, uno es constantemente bombardeado con sucesivas imágenes que compiten por dominar. Después de la primera guerra del golfo, un Estados Unidos renuente se vio forzado a entrar en un esfuerzo de ayuda militar por las fotografías y las grabaciones de curdos enfermos y mal alimentados que habían huido a Turquía después de que habían sido alentados a rebelarse contra Saddam y luego abandonados. El éxito de esa operación, junto con imágenes de la hambruna en Somalia, atrajo entonces a Estados Unidos a una operación de ayuda similar que se convirtió en un desastre, dejando el recuerdo del «Derribo del Black Hawk».

Quienes están a cargo, por supuesto, buscan controlar la imagen y con ello la idea. Cuando un joven cabo de la infantería de marina trepó a la estatua de Saddam en Bagdad en abril y puso la bandera estadounidense sobre su cabeza, algunos se dieron cuenta de que esto enviaba el mensaje equivocado conquista a los iraquíes. Fue removida y se les dijo a las tropas que no ondearan banderas estadounidenses. La imagen deseada era la grabación de los iraquíes pisoteando la estatua caída un gesto árabe de desdén aunque, en verdad, la estatua fue tirada por un tanque de los infantes de marina.

Pero pese a todos los esfuerzos para controlar o crear una imagen, es a menudo la realidad, captada al azar en la lente de un fotógrafo camarógrafo, lo que ayuda a determinar lo que pensamos. Y la probabilidad es que aún tenemos que ver la imagen que defina a Irak. Y no sabemos aún si la imagen de Bush en Bagdad definirá su presidencia.