Cuando la longevidad es un premio

Cuando la longevidad es un premio

CARMEN IMBERT BRUGAL
Llegó tal vez de madrugada. Nadie vio el camión descargando muebles, ni una carreta transportó la intimidad del grupo. La familia se instaló en una de las casas más lindas del pueblo, con su patio de olas, uvas, almendras y la madera verde y blanca tratando de vencer el viento del Atlántico. La bienvenida se inició con cortesía y prevaleció con el cariño. Todavía la costumbre del susurro no se perdía pero había un cansancio de miedo, rencor y luto que no permitía el desaire sino el acopio de abrazos.

Se sabía que Don Francisco vio salir sus canas entre versos y silencio, pero no más. Ninguna falta, ninguna traición, ocupaba el talento del vate. Nadie lo colocaba en la fila infinita de los villanos. Le reconocían en cambio su talento y dedicación a la función pública. Ella estaba precedida de las mejores calificaciones y con el tesón suficiente para honrarlas. La ruta trazada por el sacerdote José Castellanos, tío padre, capaz de estremecer a la timorata feligresía puertoplateña con  homilías provocadoras, incendiarias, la honraba. Estaba precedida además, de la bonhomía y capacidad de su hermano Luis, residente en el pueblo.

La infancia imagina. Pregunta mucho pero imagina más y como Don Francisco, su cónyuge, lucía mayor que ella y los niños y la niña que la acompañaban no le decían abuela, fue, en principio, una hermana grande de la muchachada, sin menoscabo de la autoridad que imponía e impone todavía. Tenía cuarenta años menos que ahora y la misma vitalidad que exhibe, de manera desafiante y triunfante, a sus cien.

La presencia de los nuevos vecinos trajo risas, juegos, complicidades y esa agresividad infantil que marca defectos y compite con banalidades frente a cualquiera. La amistad quedó sellada sin libretos, marcada por la decisión y el atrevimiento de esa mujer indómita.

Conversadora, coqueta sin rozar la vanidad, no perdía tiempo en pendencias. Ordenaba, enseñaba, comandaba una tropa de nietos traviesos, discutidores, pero fieles a sus dictados. La seguían con respeto, admiración y gozo.

Aumentó la trulla con los niños y niñas del vecindario. Extendió el afecto, los regaños, la instrucción y el disfrute de sus ocurrencias. Los reclutaba para asistir a las misas de diciembre y compartir con ella madrugadas de frío, olorosas a jengibre e incienso. La experiencia resultaba más divertida que pía.  No obedecía a los cánones de genuflexión femenina. Aunque hacendosa y devota esposa, su comportamiento exhibía una independencia absoluta. Con una dicción impecable relataba sus recorridos por distintas provincias. En la barriada  conocieron su amor por  La Vega, no menor que el profesado a  Santiago, Jarabacoa y Puerto Plata. El trabajo en la Educación Pública de la pareja imponía traslados constantes, cambios súbitos de morada. Contaba los logros y devaneos de sus hijos, díscolos algunos, pero lo suficientemente sensatos para encomendarles la crianza de sus descendientes, asumida con alegría y responsabilidad.

Maestra desde su primera juventud no ha perdido el don ni la práctica y desde aquella época repartía sus conocimientos de la manera más sorprendente y efectiva, como si conociera los rudimentos de la pedagogía contemporánea…Atravesando los espacios de corales que descubre la bajamar, el detritus de erizos y enredos de algas, mostraba penínsulas, islas, cabos, ensenadas, bahías. Cuatro décadas después quienes la escucharon no  olvidan esos mapas creativos cargados de afecto.

Gloria Castellanos Villalón abandonó el pueblo como llegó. Sin estridencia. Dejando marcas perdurables. Ya nada está en la esquina, la Poza del Castillo mira sólo asfalto y ruinas, pero ella se quedó en el recuerdo de arena, campanas, sirena y salitre. Lo sabe. Demasiado satisfecha está con la vida para ignorarlo. Tan sabia ha sido que privilegia los momentos extraordinarios y guarda sus penas  en  gavetas que abre cuando puede llorar sin molestar a nadie. 

Cuentan que proclama a los cuatro vientos su resolución de seguir viviendo. Debe hacerlo, es necesario. Doña Gloria es un canto al optimismo y a la autosuficiencia, sin pretensión de medallas ni homenajes. Su vida es un galardón. Cuando la longevidad no es un tormento de achaques, culpas, tristezas, existir es  una obligación deliciosa.