Crónicas del ser
La destrucción del pensamiento hegeliano

<STRONG>Crónicas del ser<BR></STRONG>La destrucción del pensamiento hegeliano

Los jóvenes hegelianos para proceder hacía adelante y corresponder a las necesidades de su época deben realizar una crítica de la filosofía de su maestro, Hegel. Deben desmontar pieza por pieza el sistema hegeliano para descubrir cuáles son sus componentes “reales” y sus contradicciones internas.

Esta tarea fundamental la asume, Ludwig Feuerbach, quien se concentra, antes de pensar en elaborar un pensamiento propio, en reconocer, analizar y exponer semejante crítica sin perder nunca conciencia sobre el terreno en que se sitúa para realizar esta tarea.

Feuerbach afirma, al iniciar su análisis, que actúa sobre todo como “hombre y escritor”. Con este comienzo quiere subrayar que se percibe como un ser humano que escribe sobre religión en sentido poético. No está en posesión de “la verdad”, sino que barrunta una concepción poética, imaginaria, de lo religioso. Para comprender a Hegel sabe que debe asumir la filosofía como una reflexión sobre la teología protestante, que es el origen del idealismo alemán.

El primer descubrimiento filosófico que realiza Feuerbach por esta vía, es que la reflexión no tiene nada que ver con el despliegue de la historia de la filosofía.

El asunto, el tema, de la filosofía es “el inmediato devenir del mundo”. Esto quiere decir que todo acto de filosofar germina desde una decisión. El pensador comienza a filosofar al tomar una resolución respecto a cuál ha de ser el orden de los principios desde los que está dispuesto a reflexionar.

Aparece claro para el joven Feuerbach que “El espíritu absoluto” –que es el punto al que pretende llegar el filosofar de Hegel-, deriva de una visión que pone, ante todo, como existente al «profesor absoluto». Es decir, hay alguien que sostiene que lo que dice, que su propia palabra, habría que tomarla como «la» palabra absoluta en sí misma, y esto es, intuitiva y empíricamente, falso.

Para Feuerbach, la filosofía, después de la desaparición de Hegel, necesita de una gran transformación. Esta necesidad de “conversión” nace de “una necesidad de la época”, que ahora impone considerar como eje fundamental del trascurrir, no el pasado, sino el porvenir.

Considerar el mañana y no lo acontecido, es lo que nos permitirá descodificar adecuadamente el presente en cuanto tal. Pues, según se interprete lo que domina en una filosofía como el sentido determinante del tiempo, así será su modo de ver el mundo.

Las épocas que declinan aspiran a conservar lo antiguo, la tradición, lo heredado y a negar lo nuevo. Mientras que los tiempos que aspiran a realizar lo desconocido e inaudito, procuran proyectar su accionar orientándose hacía las necesidades del futuro.

La filosofía después de Hegel, según la vislumbra Feuerbach, se encuentra en un momento en que la domina una necesaria “desilusión de sí”.

“El filósofo de esta época” –afirma Feuerbach- se da cuenta de que la filosofía ha actuado como si se tratara en sí misma de un “pensamiento autosuficiente”. Empero, el crítico descubre que es un principio antropológico el que nos lleva a sostener semejante concepción de la filosofía. El pensador que se apoya en semejante situación vive su idealismo en un contexto que lo aísla del mundo.

El pensador aislado presupone un punto de vista “autoconsciente y puramente filosófico”, porque olvida o niega los auténticos inicios no-filosóficos de la filosofía.

La doctrina hegeliana –señala Feuerbach- es culpable del mismo error que comete Descartes y que Hegel le critica: su pensamiento rompe de manera injustificada con la intuición sensible, es decir, rompe con el curso de la realidad, mientras que todo filosofar auténtico lo debe presuponer e ineludiblemente debe comenzar desde esta constatación.

La filosofía sólo podrá restaurar lo arbitrariamente separado cuando vuelva a asumir como  procedencia del filosofar el dato no-filosófico. El “Cógito” de Descartes pretende olvidar que se inicia, que piensa, desde un cuerpo sensible que se encuentra situado en una relación concreta con lo otro.

El filósofo debe cobrar conciencia de que esta relación es previa y constitutiva del filosofar y el pensador nunca la puede dejar detrás como algo superado.

Feuerbach subraya los resultados de su reflexión sobre la filosofía cuando afirma: “El filósofo debe asumir del hombre, del ser humano, aquella parte que «no» filosofa, que es más bien «contraria» a la filosofía, «opuesta» al pensamiento abstracto; debe transformar en «texto» lo que para Hegel era simple «nota»”. Feuerbach, concluye: “el «tú-dato-sensible» se encuentra dado en el punto de partida del «Cógito, ergo sum», pero no viene adoptado. El auténtico punto de arranque del pensamiento es el del concreto ser humano que en todo momento es su cuerpo como tal”

En consecuencia, Feuerbach, en primer lugar, rechaza la posibilidad de la inmortalidad del alma y comienza a valorar positivamente la percepción sensible y el cuerpo, frente al pensamiento abstracto y al espiritualismo de la filosofía hegeliana.

En segundo lugar, representa a la religión y la teología como una antropología enmascarada: “los predicados que se atribuyen a Dios se refieren propiamente al hombre, aunque la religión los traslada a un ser abstracto, imaginario. El hombre toma lo mejor de sí mismo (su inteligencia, sus sentimientos, su voluntad), los traslada al ámbito de lo infinito e inventa el mundo religioso. Dios no es quien crea al hombre, es el hombre el que crea a Dios.”

Finalmente, la religión viene a revelarse como una forma específica, histórica, de alienación del hombre.

Feuerbach en su crítica a la filosofía de Hegel desemboca en la crítica del comienzo teológico de Hegel. Así llega a anticipar las ideas marxianas de que la religión es una forma de  alienación humana que desempeña la función de adormidera social: el hombre pierde su conciencia “real” en la religión.

Esta alienación es, sobre todo, nociva porque ese mundo alienado, inventado, se vuelve contra el hombre mismo, pues en su preocupación por lo sobrenatural se resta capacidad y fuerzas para ocuparse del único ámbito desde donde le es posible el perfeccionamiento: el mundo de la finitud, el mundo concreto, sensible y real.

Feuerbach reclama un cambio radical en la valoración de la humanidad y de la religión: antes Dios era el ideal que reunía en sí todas las perfecciones, ahora el depositario de la esencia y los atributos divinos debe ser el ser humano. Mas no el individuo concreto, limitado y finito, sino la humanidad como conjunto. Es en este punto que radica la diferencia entre su pensamiento y el de Max Stirner.

Feuerbach rechaza la religión, sin embargo contribuye a establecer un “antropoteísmo”, una nueva religiosidad basada en la divinización de la humanidad. El ser humano debe transformarse en el Dios del hombre. Por esto se considera a Feuerbach como el fundador del humanismo ateo que tanta destrucción provocará en el siglo XX.