Crónicas del Ser
El campo ruso en la segunda mitad del XIX

<STRONG>Crónicas del Ser<BR></STRONG>El campo ruso en la segunda mitad del XIX

La situación de la cultura y de la productividad de las provincias rusas, y por extensión de la campiña, durante la segunda mitad del siglo XIX, la resume la famosa expresión de Pëtr Struve (1870-1944) -un teórico marxista, que después de la revolución participa en la guerra civil en las filas de los blancos y muere en París en el exilio- “Cuanto más al Este  se va en Europa, tanto más débil es la política y tanto más vil y mezquina es la burguesía”.

En efecto, como aparece en las obras de la literatura rusa desde Gógol a Chéjov, entre 1830 y 1904, se produce la lenta muerte del latifundista noble que termina empobrecido y sin saber que hacer ante el empuje del nuevo mundo capitalista que se le viene encima.

El terrateniente ruso desde la liberación de los siervos, ve derrumbarse su entero sistema de vida. Pocos de ellos están realmente preparados para reaccionar ante los nuevos retos que les impone la necesidad asumir en sus predios un proceso de modernización de las técnicas de producción y la necesidad de industrializar la agricultura.

Los más famosos personajes de las novelas rusas, desde Chichikov (Gógol) a Lavretsky (Turguéniev), de Versilov (Dostoievski) a Ranevsky (Chéjov), confirman en sus situaciones vitales la incapacidad de los señores del campo de transformar sus fincas en factorías económicamente productivas después de la ejecución de la liberación de los siervos.

Los nobles adquieren prestigio social y acceden a la burocracia oficial, no por el éxito de sus negocios agrícolas, pues no tienen ni idea de lo que significa organizar una propiedad agrícola para lograr beneficios, sino que se conforman con que la propiedad les deje una renta que le permita gastar, muchas veces sumas considerables, en lujos y banalidades.

Encerrados en su mundo fantástico no saben determinar si el rédito que reciben de sus deshonestos administradores es, desde un enfoque económico centrado en el beneficio capitalista, una utilidad producto del crecimiento de los negocios, o si en realidad la renta representa una mengua del patrimonio. Muy pocos saben distinguir entre renta y beneficio.

Antes de la liberación de 1861, los terratenientes median su poderío y hacienda según el número de siervos que poseían. Entonces los latifundios eran cultivados por los siervos, que utilizaban los mismos instrumentos arcaicos y los desfasados métodos de labranza con que cultivaban el pequeño huerto que los señores les permitían tener en las cercanías de su vivienda.

La mayoría de los propietarios dilapidaban las rentas que recibían en prolongados viajes realizados con gran boato por Europa occidental o para importar bienes ostentosos e innecesarios para presumir frente a otros propietarios, en lugar de invertir en la producción para mejorar la situación de sus propiedades.

Además, en 1861, muchos propietarios estaban ahogados de manera irreparable en deudas impagables. Para 1859, una tercera parte de las tierras y dos tercios de los siervos estaban hipotecados con bancos propiedad de capitalistas o con empresas de crédito público. Fue ésta circunstancia lo que llegó al gobierno a imponer la emancipación en ese momento.

Con la nueva coyuntura los propietarios se ven abandonados a sí mismos, precisamente, cuando ya no pueden disponer del trabajo servil para el cuidado de las siembras y del ganado.

Desde este momento en adelante deberán pagar con dinero constante para obtener los insumos y la mano de obra necesaria para mantener o aumentar las cosechas; además, tendrán que aprender aceleradamente nociones de contabilidad y técnicas agrícolas para gestionar sus propiedades.

Sin embargo, la costumbre y la molicie tuvo la mejor parte. La gran mayoría de los terratenientes continua a llevar el mismo tren de vida, decoran sus villas según el último estilo que impone la moda en París -el estilo imperio- y continúan a enviar a sus hijos a estudiar a las escuelas más tradicionales y costosas.

Entre el 1861 y 1900, el 40% de la tierra pasa de sus propietarios a los antiguos siervos. Es ésta, la nueva, extraña situación que retrata Chéjov, en 1903, en su pieza teatral, “El jardín de las cerezas”.

No obstante la decadencia de la clase latifundista, estos continúan a regir las instituciones oficiales en el campo ruso. El poder imperial no tiene influencia real más allá de las ochenta y nueve cabeceras de provincias. En los distritos y en los municipios rurales no hay funcionarios estatales permanentes y la zona rural se encuentra en las manos de los nobles locales.

El estado real de lo que acontece en la Rusia campesina es algo totalmente desconocido para los funcionarios de las ciudades. Sin embargo, la población involucrada en tareas varias en los rincones rurales del Imperio constituye el ochenta y cinco por ciento del total de la población. Este es, como se puede fácilmente comprender, el talón de Aquiles del régimen.

Para que el lector tenga una idea aproximada de lo que significaba este vacío burocrático, a pesar del estado policial que se vivía en las ciudades, el gasto público necesario para mantener la policía constituía, en Rusia, la mitad del de Italia y de Francia, y menos de un cuarto del de Prusia.

Para 1900, cuando Rusia llega a tener cien millones de habitantes, el estado cuenta con una dotación policial de 1852 sargentos y 6,874 agentes. Así que, en promedio, un agente debe ocuparse de una población de alrededor de 50,000 personas y cubrir un territorio de trece mil kilómetros cuadrados. Además, por la ausencia de otros agentes gubernamentales en las zonas rurales, la policía debe asumir, además de las propias, otras tareas tales como, la recaudación de impuestos, la ejecución de la legislación y de los bandos militares, el cuidado y la protección de los caminos y la aplicación de los reglamentos sanitarios.

Los ex-siervos permanecen subordinados a la competencia jurisdiccional de sus patrones. Después de la reforma se mantienen los distritos rurales en manos de los nobles locales, y a las asambleas de propietarios estaban asignadas las tareas administrativas y constituyen, en esas instancias, los únicos órganos sobre los que puede contar el poder central.