CRÍTICA
Manifiesto contra los artistas del presente

<STRONG>CRÍTICA<BR></STRONG>Manifiesto contra los artistas del presente

El arte en la República Dominicana -como en foráneas latitudes- está hoy día atravesando por uno de sus peores momentos en razón de que, entre otros numerosos achaques, en la esfera de la creación plástica “reinan el más exacerbado relativismo, la vulgaridad más insolente”, de modo que “lo grotesco, ridículo y extravagante han usurpado el espacio que corresponde y sólo debe corresponder a la obra de inequívocos atributos estéticos”.

Así piensan los diez signatarios del documento que lleva el título de “Algunas ideas para un manifiesto sobre la crisis del arte actual”, todos ellos miembros del colectivo Confluencia XXII, de reciente creación. La incendiaria proclama, en la que también se arremete contra “la entronización de la novedad como criterio supremo de valor en la esfera de la estimación del objeto artístico”, será puesta a circular el próximo jueves 2 de abril, a las siete y media de la noche, en la solariega Quinta Dominicana (Padre Billini 202, Ciudad Colonial).

Los firmantes del Manifiesto –fascículo bellamente impreso de diecisiete páginas, cuya redacción corrió a cargo de León David- son, además de este último, Salvador Vassallo, Danilo de los Santos (Danicel), María Aybar, Vladimir Velásquez, Ezequiel Taveras, Soledad de Vassallo, Federico Cuello, Verouszka Freixas y Mario José Ángeles.

El escrito a que estamos aludiendo contiene una apasionada reivindicación y defensa de la belleza en el ámbito de la creación artística, ideal que, a juicio de quienes lo refrendan, está siendo desplazado por “lo insignificante y anodino”, habida cuenta de que “nuestra civilización mercantil y consumista por necesidad y naturaleza se desentiende de la noción de belleza en beneficio de los prestigios de la novedad”, lo cual acarrea, entre otros desaguisados, una “caprichosa sucesión de modas estéticas” y “el surgimiento de obras signadas por la excentricidad, la bagatela y la mixtificación”.

Así, con vehemencia que obvia por completo las medias tintas, se nos declara que el propósito del grupo Confluencia XXI  como de su Manifiesto es “plantar cara a cuantos desvirtúan y degradan la profesión del creador de belleza, defendiendo contra viento y marea mediante todos los recursos de que dispongamos nuestros criterios acerca de lo que el arte noble es y debe seguir siendo.”

Para los firmantes del Manifiesto que el dos de abril será puesto a circular “el arte es más que un oficio, un apostolado”; de ahí que sostengan que “la misión del artista es transformar lo material en espiritual, lo prosaico en poético, lo inerte y mudo en vivo y cautivante”, y que insistan en que, con el fin de lograr pareja meta “debe entregarse el artista a un ejercicio arduo: extraer del seno de la banalidad lo maravilloso, lo mágico, lo inesperado.” Sin embargo, añaden los firmantes del referido documento, “En los días que corren –síntoma flagrante de la crisis que afecta al campo de la valoración estética-, se ha pretendido hacer de menos cuanto concierne a la función de la competencia artesanal en la elaboración de la obra de arte, al extremo de que el desempeño que remite al oficio ejercido con pericia y meticulosidad, a la destreza manual, en suma, a la llamada ‘cocina plástica’, ha sido calificado con pecadora expresión de ‘anacronismo’, arte obsoleto y artesanía tradicional’”.

El severo y pormenorizado ajuste de cuentas al arte actual que lleva a cabo el Manifiesto de Confluencia XXI, consta de 30 puntos o acápites debidamente numerados, en los que se vuelca la interpretación –opuesta por entero a la que hoy predomina dentro y fuera del país- que de la creación artística tienen los miembros de esa combativa agrupación.

Afirman ellos en el apartado 14 que “No resultará cuesta arriba admitir que una desatinada cuanto superficial concepción del arte que se complace con descaro en rendir parias al ídolo ‘novedad’, en desentenderse de la tradición cual se fuera ésta enfermedad letal y contagiosa, en echar en saco roto la naturaleza artesanal del quehacer artístico sin parar mientes  en la sabiduría técnica que todo oficio  pulcramente realizado entraña y en volcarse hacia lo estrafalario o nauseabundo con el único sensacionalista propósito de llamar la atención, no será cuesta arriba percatarse –repetimos- que semejante idea de la vida del arte se presta al facilismo y a la mixtificación, a que el creador mediocre se imponga sobre el bueno, y a que, en menoscabo de la plástica seria, escrupulosa, que finca raíces en lo humano permanente y profundo, prospere la noción de la supuesta excelencia de lo efímero y descartable.”

Ahora bien, los autores del polémico cuanto fogoso escrito insisten en que “no estamos empeñados en romper lanzas a favor de ningún movimiento, tendencia, corriente o escuela artísticos; como tampoco rechazamos en  principio normas, materiales, conceptos o técnicas cualesquiera que éstos puedan ser. Damos por verdad no sujeta a controversia que en la esfera del quehacer estético plástico, lo que es imperioso considerar es la superior calidad de la obra realizada y no la específica orientación teórica ni el modus operandi del que la realizó, ni la sustancia o elementos físicos que hayan entrado en su elaboración.”

Aunque más adelante agregan que “Sin descreer de las bondades que pudiere ostentar un arte de ruptura, iconoclasta, provocador […] las expresiones artísticas que denotan preferencia por las formas de luenga data establecidas […] tienen perfecto derecho a seguir ocupando un espacio de privilegio en el escenario de la creación visual contemporánea, como en tiempos pretéritos ocurría.”

El Manifiesto de Confluencia XXI lamenta el “abandono de los principios y prácticas académicos” y la renuncia al riquísimo legado de conocimientos y habilidades que importa la magna tradición artística de Occidente”; arremete contra lo que denominan “fetichismo de las autorías”, que “induce a quienes de él adolecen a presumir que el prestigio y celebridad de un autor es garantía suficiente de la excelencia de sus creaciones”; censura con acritud la crítica de arte que hoy se estila, la cual es calificada de “publicidad enmascarada” y de ser mercurial y a menudo “vertida bajo atuendo verbal rebuscado, inhóspito, oneroso”; la emprende contra la ignorancia que en materia de arte “comparten creadores, críticos, teóricos y público general”; critica sin contemplaciones la tendencia a imitar “las modas que, por lo que hace a la plástica, difunden las metrópolis extranjeras” y concluye: “Quienes entiendan que llevamos razón siéntanse invitados a acompañarnos.”