Crítica del poder y teoría de la revolución en Octavio Paz

Crítica del poder y teoría de la revolución en Octavio Paz

POR DIÓGENES CÉSPEDES
Excepto si uno se remite a El laberinto de la Soledad   y El arco y la lira   como los dos textos fundamentales de Octavio Paz escritos antes de la revolución cubana del 1 de enero de 1959, en los cuales, sin hacer referencia a ese acontecimiento político que iría a dividir radicalmente en dos o tres la conciencia histórica de los sujetos latinoamericanos, el pensador mexicano es, a nuestro juicio y por ser poeta, el primero que plantea el problema de la especificidad del  poder dentro de la teoría del signo y también de lo político en lo poético, al intentar teorizar el problema del poder o de los poderes de la revolución, la revuelta y la rebelión dentro de todo sistema social, incluso si una metafísica del signo y el origen trabaja su teoría del lenguaje y el poema.

 Si se examinan someramente algunos textos de Paz en el período crítico e histórico del desenvolvimiento de la revolución cubana entre 1956 y 1958, se observa que él, al igual que casi todos los escritores y poetas latinoamericanos, estuvo al margen de la pelea, durante ese período. Uno encuentra, quizá,  más posiciones políticas en pro, en contra o pretendidamente objetivas, del lado del periodismo hispanoamericano de izquierdas o de derechas que del lado de la «conciencia crítica» de nuestros intelectuales, lo cual estaría por demostrarse y lo planteo aquí como hipótesis de trabajo.

 Europa fue, en ese período de tres años, el gran «tema de nuestro tiempo», al igual que la crítica contra las dictaduras latinoamericanas y la “guerra fría”. El eurocentrismo causaba sólo furor en las discusiones de los cubiles intelectuales latinoamericanos, especialmente con el surrealismo, el existencialismo y el colonialismo y, de vez en cuando, el problema de la amenaza de una vuelta del fascismo frente a la incontorneable y objetiva prueba del franquismo en España, y con Salazar en Portugal, última vicisitud del «irracionalismo» de la Segunda Guerra Mundial. Si el intelectual latinoamericano miraba, en esos tres años, hacia los Estados Unidos era para observar todavía una parte del “este del paraíso”. Su mente se posaba en el gran ejemplo de los padres fundadores o en ciertos paradigmas como Poe, Whitman, Twain, o en hombres modernos como Fulkner, Frost, Eliot, Sandburg, Hemingway, Pound. Para el hombre común hispanoamericano los Estados Unidos eran Hollywood y el hit parade exportado y transmitido por la más remota estación de radio del más lejano rincón del país; o la película de vaqueros o de lejanas aventuras e intrigas amorosas del héroe norteamericano en Europa, África, Asia y América Latina, visto el todo como el objetivo del ideal que debía alcanzar cada sujeto, atravesado por esa ideología de grandeza y bienestar.

 Sin embargo, Paz es, en cada época, un hombre del presente, con su saber y su ignorancia, con su contexto-situación por situar en cada caso. Por ejemplo, en un texto como El surrealismo , de 1954, nuestro ensayista se insurge ya contra el sueño de la tecnología que comenzará a dormir a la sociedad de su época: «Al mundo de los ‘robots’ de la sociedad contemporánea el surrealismo opone los fantasmas del deseo, dispuestos siempre a encarnar en un rostro de mujer» ¿Cuál es, en resumen, lo que distingue a nuestro mundo, sin exceptuar sistema sociales e ideologías? Paz lo señala como y lo sitúa, tanto al Este como al Oeste: «Día a día se hace más patente que la casa construida por la civilización se nos ha vuelto presión, laberinto sangriento, matadero colectivo.» (Ibíd., p. 29)

Frente a este percance, el surrealismo comete el error de querer fundirse con la revolución política en un acto de mesianismo que lo llevará a aliarse primero con el socialismo oficial y luego con el socialismo disidente. Posición esta más política y poética que la anterior para la construcción de la teoría y la práctica del sujeto, pero que al no poder inteligir que ambos socialismos tienen la misma concepción del Estado como unidad-verdad-totalidad, el acceder luego a este saber le conducirá a un desgarramiento y una ruptura radical que se convertirán en crítica de lo analítico. Paz señala ese objetivo del surrealismo en la época de mayor ingenuidad política: «No es extraño, por tanto, que pongamos en entredicho a la realidad y que busquemos una salida. El surrealismo no pretende otra cosa: es un poner en radical entredicho a lo que hasta ahora ha sido considerado inmutable por nuestra sociedad, tanto como una desesperada tentativa por encontrar la vía de salida.» (Ibíd.)

Pero esa salida no es tal porque el surrealismo únicamente pretende «otra cosa», y para encontrar dicha salida hay que  pretender otras metas. Nuestro autor señala esa única pretensión: «No, ciertamente, en busca de la salvación, sino de la verdadera vida.» (Ibíd.) ¿Quien sabe  cuál es la verdadera vida o la vida verdadera? ¿No creyó saberlo Cristo? ¿No se enfrascó el cristianismo posterior en esa lucha? Y luego que se hizo religión oficial del Imperio Romano con Constantino, en el 322, ¿no abandonó esos principios y se convirtió en Estado imperial para imponer a sangre y fuego la unidad-verdad-totalidad a pueblos y naciones? La verdadera vida la establece cada sujeto de acuerdo a sus intereses subjetivos y si le queda para lo colectivo, él decidirá. Nadie puede ni tiene el derecho de decidir por el sujeto.

Aquí se estrellan todos los mesianismos porque ni siquiera cambia nada la duda inicial de Bretón, Aragón y sus amigos al recibir a los surrealistas en el Partido Comunista Francés cambia nada. Solamente les hace más lúcidos ante el dualismo de Marx que separa la liberación política de la liberación humana: “En el ánimo de Bretón, Aragón y sus amigos se instala una duda: la emancipación del espíritu humano, meta del surrealismo, ¿no exige una previa liberación de la condición social del hombre?” (Ibíd., p. 38). Esto implica que alquien –el partido, la clase- debe liberar al hombre . Pero por fuerza, luego que le “libera” hipotéticamente, ¿no viene, a causa de la especificidad misma de todo poder, la dominación de ese hombre? O mejor dicho, del ser humano, sin esa semántica sexista.

Instrumentalismo

La dominación y el instrumentalismo se vieron claros en una simple etapa como es la inscripción en el partido; a raíz de que el surrealismo decidiera adherirse a la Tercera Internacional y cambiar su lema La Revolución Surrealista  por el de El Surrealismo al Servicio de la Revolución. El desencanto se produjo en el acto: “Sin embargo, los revolucionarios políticos no mostraron mucha simpatía por servidores tan independientes. La máquina democrática del Partido Comunista acabó por rechazar a todos aquellos que no pudieron o no quisieron someterse.” (Ibíd.)

 Se produjo la ruptura total aunque, históricamente, hubo un acercamiento y, según Paz, “tentativas de conciliación”. Pero la conciliación hubiera llevado a los surrealistas a someterse de nuevo. En la conciliación pierde el sujeto o el grupo que está en relación de desigualdad ante la fuerza o el poder del otro. Paz observa: “Al final se volvió claro que toda síntesis era imposible.” (Ibíd.) ¿Cómo no haberlo visto antes si el poema, como práctica del lenguaje de un sujeto, es la orientación política del sentido contra el poder y su unidad-verdad-totalidad? Lo que no permitió ver el problema del fracaso incluso antes de plantearse la adhesión al partido, fue el vector ideológico del mesianismo: creer que la poesía libera al sujeto y la sociedad de la dominación política, social y económica.

Pero pronto, por suerte y sin suerte (porque más tarde el surrealismo entrará en otra componenda), los surrealistas se dieron cuenta de que su especificidad de críticos de todo poder, de toda ideología y de todo sistema social no podía ser hipotecada a un partido político cuyo talón de Aquiles era precisamente el poema y su teoría y, por vía de ellos, el sujeto mismo: “Sin duda el carácter cada vez más autoritario y antidemocrático del comunismo estalinista, la estrechez y rigidez de sus doctrinas estético-políticas y sobre todo, la represión de que fueron síntomas, entre otros, los procesos de Moscú, contribuyeron a hacer irreparable la ruptura.” (Ibíd.)