Creación de empleos

Creación de empleos

PEDRO GIL ITURBIDES
Van de la mano el surgimiento de quehaceres productivos en una sociedad, y la promoción social y económica de las personas. Esta promoción supone la prevalencia concatenada de crecimiento y desarrollo. El crecimiento económico en sí mismo, como puede verificarse por la historia de la economía

en las naciones, no entraña promoción humana o desarrollo. Tampoco el desarrollo existe como fenómeno ajeno al crecimiento, pues no es dable en ausencia de éste. Pero ni el crecimiento, la diseminación de quehaceres productivos, la promoción de las personas y el desarrollo, son posibles sin el impulso de los estados nacionales.

Creo a pie juntillas que los gobiernos, expresiones concretas de los estados nacionales, están llamados a crear las circunstancias y ofrecer las condiciones para que tales fenómenos económicos sean posibles. De hecho, economías de países de mayor desarrollo relativo, se hicieron fuertes al amparo de políticas públicas dirigidas a establecer los mecanismos de la prosperidad colectiva.

Tan lejos llegaron los Estados Unidos de Norteamérica, que el estado federal patrocinó muy tempranamente la piratería de inventos y la burla a patentes por invención. También fomentaron el crecimiento y el desarrollo mediante programas de financiamiento cuya historia está documentada. Antes que ellos, naciones europeas aseguraron impunidad al latrocinio naval, para allegar oro y plata, y el dominio de mercados coloniales. Los primeros, para asegurar la existencia de un gobierno con las competencias financieras para alcanzar los objetivos señalados, se aseguraron de crear estructuras funcionales y eficaces. Y por supuesto, ajenas al dispendio. Los segundos, por otras vías, han provisto apoyo de múltiples formas, incluidos los subsidios, a los sectores productivos.

El Presidente de la República, Dr. Leonel Fernández, dijo que pretende se establezcan quinientos mil puestos de trabajo en el 2006 la. Ello es importante para elevar desde la pobreza a mejores niveles de vida a un tercio de la población total de la Nación Dominicana. Los empleos, sin embargo, no surgen por arte de prestidigitación. No importa cuánto sacudamos el sombrero del mago, no arrancaremos sino polvo de su copa.

La creación de empleos supone, como expresamos con intención al iniciar este trabajo, quehaceres productivos. Para los gobiernos -central y locales- la creación de un puesto no entraña más que desviar la inversión de capital hacia el gasto. Pero procedimiento tan elemental y sencillo repercute en forma negativa sobre el sistema económico. Al anular el ahorro público, los gobiernos se restan capacidad para promover una economía local y nacional dinámica. Pero además, en el proceso, un estado nacional hipertrofiado se torna más exigente, y tiende a requerir mayores tributos al sistema económico. A largo plazo, ello deteriora la capacidad de la economía para volverse un ariete del progreso. Aplaudimos la intención expresada por el Presidente Fernández, y la entendemos como plausible manifestación de deseos para el año que comienza.

En vez de decirnos «feliz año nuevo», nos asegura que se crearán esos empleos. Pero los deseos no son augurios, y aún éstos no son realizables si no existen disposiciones concretas que truequen las palabras en hechos.

Para comenzar, preciso es preguntarse si la economía nacional se encuentra apta para crear tales empleos. Los gobiernos central y locales no engendran ahorro público en una cuantía apreciable como para apoyar inversiones reproductivas por sí mismas, o que estimulen al sector privado. En adición se ha castrado al sistema financiero cuya capacidad operativa se ha limitado. De esta manera, el ahorro nacional, público y doméstico, de por sí magro, sirve para atesorarse y ocasionar presiones sobre la economía, en vez de servir a la creación de nuevas riquezas.

Hemos olvidado que el encaje legal es un instrumento ideado, al aplicarse cabalmente, para coadyuvar con los planes de progreso. Para que ese progreso pueda lograrse mediante la aplicación de ese instrumento, tales objetivos deben ser establecidos por el estado nacional. Si aquellos que ejercen los gobiernos no trazan estos objetivos, el encaje legal se vuelve inútil mecanismo de control de las operaciones de recaudo, conservación y préstamo del sistema financiero.

El ahorro, público o doméstico, es una de las bases del progreso. No tiene otro sentido que convertir un recurso financiero en una maquinaria de generación de riquezas. Pero si el que lo ahorra no lo sabe, bien podría dilapidar lo que recibe, y jamás esos recursos impulsarán crecimiento, empleo, promoción humana y desarrollo. Y ello puede afirmarse de las personas y de los gobiernos.