Cosette Alvarez – La vida te da sorpresas

Cosette Alvarez – La vida te da sorpresas

Sorpresas te da la vida, (ay Dios! No me refiero a nada que tenga que ver con las recién pasadas elecciones, aunque también me sorprendieron, y no poco. Sólo me tranquiliza recordar que, a pesar de todo lo que me hicieron y hasta lo que me dejaron de hacer los peledeístas durante su imposible de olvidar gobierno, sobreviví, así que nadie quita que me queden fuerzas para sobrevivirlos otra vez.

Amparada por el correspondiente permiso de viaje, vine a nuestro país con la finalidad principal de ejercer mi derecho al voto, pero también a instalar a mi hija de manera que no tenga ella que seguirme, porque esto ha representado un atraso considerable en sus estudios universitarios. Como no tengo casa propia, busqué en los clasificados de los diarios.

En ellos encontré un atractivo anuncio de alquiler de una casa en Los Cacicazgos a precio de apartamento en Gascue, y no quise perder lo que parecía una oportunidad, más aun después de haber visto la ubicación y el estado del inmueble, la amabilidad del señor que atendía el teléfono y la rapidez con la que se estaba desenvolviendo el proceso.

Para no obligarlos a leer tantos detalles, de los cuales tampoco estoy segura que todos sean legalmente publicables, me limito a contarles que la felicidad no dura en casa del pobre. Sin mucho esfuerzo, y sobre todo, sin querer, me enteré de que la casa había sido alquilada a tres familias por la misma persona que, además, tampoco es el dueño. Dos familias extranjeras y la mía, estafadas por una red.

Entonces, aquí van mis sorpresas. Lo primero es que no entiendo cómo en el contrato de publicidad no aparezca mayor información que el nombre y el número de teléfono de la persona que lo pagó, sin la menor comprobación de su identidad, mucho menos de su derecho real a negociar con el producto en oferta, en este caso, alquilar una vivienda.

Pero si eso me sorprendió mucho, más todavía me sorprende que los abogados a los que nos refirieron, coincidencialmente con apellidos tales que se podría pensar que una es la madre del otro, o cuando menos primos aunque sea lejanos, aseguran, separadamente, no conocer a sus clientes, sino que ése es su trabajo, legalizar documentos que se firmen en su presencia. O sea, tampoco se molestaron en comprobar ni la identidad ni su derecho a alquilar esa propiedad, mucho menos en guardar copias de los contratos legalizados. La diferencia entre esas oficinas de abogados y una pulpería es nada, con el perdón de los honorables pulperos.

Otra cosa bastante extraña es que esas oficinas de abogados tienen números de teléfonos, ya sea privados o que aparecen a sus nombres, pero instalados en direcciones muy distintas a las que dieron.

Dos de las estafadas, o sea, una de las familias extranjeras y yo, indagamos en el vecindario y dejamos nuestros nombres y números de teléfonos a los vecinos para que se los entregara al dueño real, quien se presentó al lugar donde se hospedan los extranjeros conmigo no se comunicó en una actitud tal que la madre de esa familia prefirió acudir al gerente de su hotel, por si acaso.

Este señor, en vez de ir a la Policía o a la Fiscalía a denunciar lo que estaba ocurriendo con su vivienda, fue a ver a esta señora a mí no, repito diciéndole con firmeza que él era la única persona autorizada a negociar con su casa, le dejó su nombre, su número de celular y, olímpicamente, se fue a Barahona, desde donde no tuvo empacho para decir al oficial del departamento de investigaciones que hasta tal día a tal hora no podría acudir al llamado que se le hizo desde mi celular, ya que los teléfonos de la P.N. no tienen acceso al DDD, y esto sí que no es gran sorpresa, teniendo en cuenta que tampoco disponen de fotocopiadora, por lo que los interesados deben pagarlas, fuera del recinto.

Lo grande del caso es que al oficial le pareció natural que los querellantes tuviéramos que esperar a que este señor pudiera regresar de Barahona, a la hora y el día que él decidió. Y eso, que llegué a ese departamento enviada desde el despacho del Jefe de la Policía, a cuyo ayudante, coronel Vicioso, doy las gracias en público por el trato dispensado.

La señora a quien unos y otros pagamos el dinero de los depósitos y meses por adelantado aparece en el padrón electoral con toda la información correcta, excepto que la foto no es de ella y dice que el status de esa cédula es «suplantación». Nunca vi nada semejante. Resultó verdaderamente sorprendente la rapidez con la que nos buscaron la foto de otra mujer, que ésa sí era la que, según los abogados, tenía un poder de la dueña de la casa para alquilarla y a quien le pagamos y nos firmó los recibos no hay dudas de que es la misma en los dos casos, por la caligrafía naturalmente, con otro nombre y otras coordenadas.

Me dejó boquiabierta lo conocida que es esta mujer, de veinticinco años según su cédula, como si fuera clienta fija de ese departamento. Efectivamente, nos contaron que la han apresado varias veces y siempre la sueltan, aclarándonos que la Policía apresa y la Fiscalía suelta. No dudo que esta mujer esté muy bien respaldada, pues otra de mis sorpresas fue que aquel señor tan educado que respondía el teléfono por el anuncio y que luego del pago no lo respondió más no aparecía en ese padrón que en la Policía llaman Datacrédito, por lo que infiero que se trata de alguien que no vota, de manera que si no es menor de edad, bien pudiera tratarse de un uniformado, y yo diría que de un cierto nivel, por la forma tan correcta e inteligente en que se expresa. No me quedó más que recordar que, siempre amable, me había dicho que su abogado me buscaría en esa fuente, Datacrédito.

Mientras tanto, ahí estamos con ese dinero volando, azorados, no sé si más por nuestra vulnerabilidad como ciudadanos que por el increíble procedimiento a través del cual se pretende hacernos justicia. Si no saben de mí pronto, averigüen, no vaya a ser cosa que, además de estafada, me dejen presa, o me maten por atreverme a querellarme y, encima, hacer público el caso.