Condena al genocidio

Condena al genocidio

Ahora que las Naciones Unidas declararon el día siete de abril como Día Internacional para la reflexión sobre el genocidio y que gráficas espeluznantes de montones de cadáveres retrotraen en la memoria de la humanidad el genocidio perpetrado en Rwanda en 1994 ente tribus rivales que eliminaron a más de medio millón de seres humanos, un millón afirman otros, es propicia la ocasión para condenar esa práctica aberrante, al margen de la sociedad y la civilización.

Ahora que los organismos que cancerberan la conducta de los gobiernos y los tiranos de hoy y de ayer, estos últimos, en la figura del inefable Koba, José Stalin, a quien los dirigentes de derechos humanos de Rusia atribuyen la eliminación de 23 millones de rusos mencheviques, judíos, gitanos y no creyentes en la revolución de octubre y creyentes en Cristo, es oportuna la ocasión para exigir la condena por los excesos, los crímenes de lesa humanidad perpetrados por desalmados ayer y hoy.

Los cementerios en Rwanda, su capital Kigali, son mostrados en gráficas de cruces interminables que se pierden en lontananza, producto de las rebatiñas tribales que la ONU no supo separar, superar, y ante cuya barbarie Estados Unidos no pronunció una palabra condenatoria, cuando insisten tanto en otras latitudes por pequeñeces, como en Venezuela.

Ahora que Slobodan Milosevic guarda prisión en La Haya donde el Tribunal Penal Internacional le juzga por las atrocidades que patrocinó contra los albano kosovares en la catástrofe terrible y penosa de Los Balkanes, es menester exigir una condena a la práctica de destruir sistemáticamente a grupos humanos por diferencias religiosas, políticas y por la abominación de la limpieza étnica.

Ahora que se conmemora el medio siglo de la muerte de Arístides de Souda Méndez, el heroico cónsul portugués en Burdeos, Francia, en 1940, que salvó a más de treinta mil perseguidos por la barbarie del III Reich, incluidos a más de diez mil judíos, convirtiéndose en el individuo solo que más contribuyó a salvar a judíos perseguidos y que irremediablemente irán al soha de los campos de exterminios planificados en la Conferencia de Wansee que organizó el excecrable Henrich Himmler, es decir, la Solución Final.

Ahora que misas se cantan en Nueva York, Los Angeles, Lisboa, Bruselas, Vigo, Caracas, Buenos Aires, Santiago de Chile, Lima, Varsovia, ¡ay!, la que sufrió el ghetto de 1940 donde miles de hebreos fueron sacrificados por las hordas hitlerianas, es propicia la oportunidad para abomina al genocidio.

Misas por el alma en pena de Sousa Mendes, que murió pobre, que el dictador portugués Antonio de Oliveira Salazar canceló las letras de cónsul general por desobedecer instrucciones de la cancillería lisboeta de no conceder visas a individuos que huían del horror de la persecución nazi, que se entornan en esas capitales, es propicia la ocasión para exigir a viva voz de la humanidad, una condena por el genocidio.

Ahora que el día cuatro del presente mes de abril los blindados del Tzahal israelí incursionaron de nuevo den Tulkarem y Kslkilia, ciudades de la Autoridad Nacional Palestina (ANT), que es donde tiene que fundarse en Cirjoradania y la Franja de Gaza inexorablemente el Estado Palestino, y que el genocida premier israelí Ariel Sharón se apresta a cursar una visita más al presidente George Bush jr. el día 15 del presente mes de abril, es la ocasión perfecta para convocar una gran concentración de protesta y condena en Washington, de los organismos que cuestionan los procedimientos sumarios, para condenar a Sharón y a quien le permite esas atrocidades, al presidente norteamericano, para que retome, obligado, la hoja de Ruta y posibilite la paz en Oriente Próximo o renuncie por incapaz de concertarla, y conceda paso al Laborista que tiene la convicción de trocar tierras por la paz definitiva en el cercano oriente.