Coctelera

Coctelera

Hoy es un día, Maginito, bueno para dedicarlo al escapismo, como dicen los psiquiatras. Eso así, para huir, aunque sea por unas cuantas horas, al tema de los impuestos que acogotan a cualquiera y dejar de lado las conversaciones en relación a que si el Metro va, que dizque a Joselito.com lo condenaron a dos años porque se entendió con la fiscalía gringa, que no se puede dejar sin sanción lo que acaba de ocurrir en la mejorada villa de Cotuí y veinte mil firmas más. Por eso, viejito charlatán, y para jóvenes y viejitos, hay que refrescar el ambiente…

Por ejemplo, anteanoche en el Casandra, cuando se rendía tributo muy merecido al «joven» cancionero Niní Cáffaro, el hijo de mi inolvidable y berrinchoso amigo Alfonso, se escuchó a Solano mencionar «La Hora del Moro». Con seguridad que los jóvenes no saben que fue eso y muchos viejos a lo mejor no le recuerdan pues la ateroesclerosis no perdona. «La Hora del Moro», mi querido Magino, fue un programa de televisión dirigido por el propio Solano, un programa que simbolizó el nacimiento de una época para el arte popular dominicano. Y digo simbolizó, pues fue el epicentro de la entonces muy juvenil Rahintel, Canal 7, que surgió bajo el mando del fenecido ingeniero Pedro Pablo Bonilla Portalatín (Pepe)…

Rahintel, mi viejo vagabundo, fue un aguerrido experimento de Pepe y la televisora, en sí, era una cafetera si se comparaba con la entonces poderosa Radiotelevisión Dominicana que regenteaba el general José Arismendy Trujillo Molina, más conocido como Petán. Pero el clima de libertad artística que se abrió en Rahintel, libertad hasta donde se podía en esos duros años de 1959 y 1960, pagó sus dividendos, dividendos que irritaban a Petán Trujillo, pero quien no podía eliminar la planta –ni adquirirla tampoco– dado los vínculos de prácticamente hermandad que existían entre Pepe Bonilla y Rafael L. Trujillo hijo (Ramfis)…

Fue en ese medio juvenil que ese músico ilustre que es Rafael Solano concibió «La Hora del Moro», un programa sin pretensiones de dominio y en el cual se le abrieron las puertas a una pléyade de jóvenes artistas que en pocos años dominaría el panorama nacional, a base de pura clase y calidad. Cáffaro fue un estelar desde que debutó. No necesita comentario elogioso de especie alguna. Su carrera de más de cuarenta años ininterrumpidos es su mejor aval. Pero por allí desfilaron otras voces muy bellas, ya que Rahintel no solo en «La Hora del Moro» abrió sus escenarios. Programas especiales se hacían, con una audiencia tremenda que buscaba nuevos aires…

La memoria es muy frágil, mi querido Magino, pero aun recuerdo a Luis Newman, el bolerista de Samaná, fallecido hace unos años; a Julio César Defilló (Cuqui), a los mellizos Rafael y Horacio Pichardo, quienes actuaban como solistas, y junto a Nady Rivas y Tito Saldaña formaban el inolvidable cuarteto vocal Los Solmeños…

Por allí, en ese pequeño pero grande Rahintel se escuchaba la voz siempre dulce de Aníbal de Peña y la escuela de primera magnitud de Arístides Inchaustegui. Cautivaba, asimismo, el magistrado Fernando Casado. Tres niñas causaban sensación, una de ellas por una voz extraordinaria, que modulaba como una consagrada profesional a los nueve años: Luchy Vicioso, y junto a ella, la pícara bailarina española Aida Lucía y la simpática María Montez, sobrina de la superbella actriz dominicana del mismo nombre. Otras voces femeninas que deleitaban al auditorio eran la de la españolita Nelly González, la de la doctora Ivette Pereyra y la de Damaris Defilló, la hoy prestigiosa publicista que dirige Young and Rubican Damaris…

Rahintel no se marginó de las corrientes modernas de la época, y mientras Radiotelevisión mantenía su «tradicionalismo», la televisora de Pepe mostraba el rock and roll en todo su vigor, con Walterio Coll y sus muchachos. Coll luego fue oficial de la Marina de Guerra. Creo, Maginito, que por allí también desfilaba con movimientos de rock quien sería posteriormente un gran libretista humorístico, Milton Peláez, el de «todo lo que tengo se lo debo al Señor». Para los amigos de la música suave, dos veces a la semana se mostraba el conjunto de Paolo Soprano. Solano, un músico extraordinario, un hombre que, muy jovencito, dirigió orquestas en la exigente Radiotelevisión, deleitaba a la audiencia con sus siempre bellas melodías, que cantaba con ejecuciones suyas al piano. En fin, Maginito, en un Casandra en el cual se calificó de «tenor» a Eduardo Brito y se llegó a decir que se le dedicaba el gran espectáculo por haber muerto en febrero –todo eso el día en que se conmemoraba el centenario del nacimiento del más grande de los cantantes dominicanos de todos los tiempos– en fin, Maginito, repito, fue reconfortante oír a Solano mencionar «La Hora del Moro», pues así la memoria viajó para recordar una época en que la calidad se imponía por la calidad en sí, y no se creaba, artificialmente, por un comercio grosero y oportunista.