Clamores del subsuelo

Clamores del subsuelo

Contaminación en República Dominicana. Archivo.

La mayor parte de los periodistas permanece “sumergida” en las redacciones de los periódicos; allí escuchan murmuraciones sobre la vida privada de los políticos. A sus escritorios llegan “noticias del infierno”, incompletas, parciales; nunca sienten el calor y el humo que sale del “recinto de los condenados”. En esta época los hombres que habitan la tierra sufren tormentos que el Dante jamás pudo imaginar. Hay que estar en la calle, en misión de “reportero perpetuo”, para sentir los clamores del subsuelo; y olfatear el azufre que emana de las solfataras de la “ciudad terrenal”. La selva de cemento es hoy más peligrosa que la Amazonia.

Piense el lector en los estragos sociales que resultan de la contaminación ambiental, de la especulación financiera, la venta de armas, el tráfico de drogas, la corrupción administrativa. Cada uno de estos asuntos es, a la vez, global y local. Afecta a todos los países con distinta intensidad o virulencia. Ninguna “persona particular” puede librarse de esos sufrimientos porque las “partículas” -las porciones pequeñas- no tienen peso suficiente para inclinar la balanza a favor de la justicia. Los asesinos a sueldo pueden trabajar con beneficios y “eficiencia”; tienen el marco adecuado para “la competitividad”: jueces venales, policías cómplices, funcionarios negligentes.

El hombre común sabe que es impotente, que está atado a una noria de acero que recorre medio mundo. Un trapiche social, económico y político, que no es completamente visible, que ni siquiera ha sido estudiado debidamente. ¿Quién lo va a estudiar? ¿Cuál periodista, sociólogo, escritor, podría ser designado corresponsal en ese cráter histórico? ¿Cuáles empresas u organismos internacionales estarían interesados en desentrañar entuertos tan intrincados? Algunos artistas se asoman a veces a los “paisajes difíciles” de la convivencia en las ciudades contemporáneas.

Lo hacen por su propia cuenta, corriendo el riesgo de ser mal interpretados; pueden ser acusados de “impiedad”, de tener “visiones catastróficas”, de sustentar opiniones subversivas. En el mejor de los casos, podrían ser tildados de inoportunos, “poco positivos” o ligeramente chiflados. No existe en nuestro tiempo un salón para “los rechazados”, como hubo para los pintores impresionistas, que pueda alojar escritores disidentes, inoportunos, poco positivos, quizás ligeramente chiflados; o tal vez con visiones catastróficas y subversivas.