Ciudadanía

Ciudadanía

El mes pasado mi hija fue convocada a hacer acto de presencia en la corte de New Haven, Connecticut.
La citación fue para ser juramentada como ciudadana de los Estados Unidos. Yo desconocía la magnitud de tal acto.
Aunque era un día normal de trabajo en toda la nación, para todos los citados y sus allegados era como una ocasión festiva.
Las personas provenientes de diferentes países del mundo junto a sus familiares y amistades llenaron todo el salón de una antigua y señorial corte.
Yo pude ver que el acto no era solo la integración a una nueva nación, sino la valorización de unas personas que por diversas razones un día habían llegado a esta tierra.
Todos vimos a un juez con un rostro lleno de alegría y de entusiasmo. Lo mismo sentimos en los oficiales ayudantes.
“En este día quiero felicitarlos a todos”, dijo el juez.
“Hoy Estados Unidos recibe a personas de diferentes partes del mundo que llegan con sus capacidades, talentos y culturas.
“Yo les pido que sientan libres de practicar entre nosotros sus costumbres, sus ideas y todas las habilidades que poseen”.
Después de terminar estas palabras, lejos de algún indicio siquiera de frialdad por rigor, con la misma sonrisa el juez tomó el juramento de cada persona e hizo entrega del certificado. Luego accedió a tomarse fotos con todos.
Toda la corte pareció un día de colores con las tantas pequeñas banderas americanas ondeando en manos de los nuevos ciudadanos y también repartidas a sus familiares.
Por ningún lado pude ver discriminación o recelo.
Todo lo contrario, mucho respeto, amor y alta valorización humana.
En esta nación mi hija estudia, es madre y ha tenido la oportunidad de ocupar una posición en una gran institución del Estado.

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