Cielo naranja
Wilfredo Lozano, sociólogo a tiempo completo

<STRONG>Cielo naranja<BR></STRONG>Wilfredo Lozano, sociólogo a tiempo completo

Uno de los primeros regalos que recibí en aquella Alemania todavía no unificada del 1990 fue una foto de la tumba de Max Weber en Heidelberg. Cuando dieciséis años después asistí en aquel lugar al entierro de la gran poeta Hilde Domin, no tuve tiempo de acercarme hasta aquel definitivo descanso del célebre sociólogo. En ambos casos, la figura de Weber me condujo a quien me introdujo a su pensamiento: el profesor Wilfredo Lozano.

En aquél primer lustro de los ochenta los que estudiábamos sociología en la UASD teníamos un conjunto de profesores de lujo. No los mencionaré a todos, por aquello de las trampas del nombrar y no nombrar a todos. De todos ellos, Lozano fue un profesor, un amigo, del antes, del durante y del después. Me explico: Antes de conocerlo estaba su brillante tesis sobre la primera ocupación norteamericana y también un buen libro de poemas. Durante aquellas inolvidables clases, a pesar de un campo intelectual minado por un marxismo de trincheras, Wilfredo Lozano nos hacía ver la importancia de Max Weber, y de paso, de un largo puente en cuyos extremos iban desde F. Nietzsche hasta Alvin Gouldner.

A diferencia del común del profesorado, podría decirse que Wilfredo ha sido un sociólogo a tiempo completo. La cuestión no es sólo el título o la docencia o los puestos,  sino el ejercicio continuo de un pensamiento y de un vivir el espacio urbano. Mientras medio mundo se esfuma en sus ong’s o se contenta con desempolvar de vez en cuando los textos de Durkheim, Lozano se pone y se quita la barba, se rasca detrás de la oreja derecha y piensa.

Aunque los alumnos no les hayan salido como se esperaba – Tejada Holguín haciendo maromas antes de llamar al consenso, Mckinney mirando seriamente como un santo de Fra Angelico-, Wilfredo sigue adelanto, tomándose una cerveza con Ramón, hablando de Pablo como “toda una figura”, mientras la solución nietzscheana resuelve cualquier entuerto: la inteligencia hay que demostrarla con una carcajada final.

Introducirnos al pensamiento sociológico más allá de las fórmulas, saber subrayar que Weber le tumbó  el pulso a Marx –lo que mueve la historia no es la lucha de clases, sino la cuestión sobre el prestigio, según Gouldner-; estar subrayando los problemas de la representatividad en la sociedad dominicana, los fallos en los procesos de institucionalización, la reconstitución de la política al calor de la “no-política”, el peso de las adscripciones al carisma y al caciquismo finisecular dominicano; el hablar en un tono certero, económico y comprensible, no cayendo en la trivilización ni en las jergas consabidas de los sociólogos; el expresar lo que íntimamente se cree, el no mercadear con las convicciones, el asumir la tradición clásica de aquella sociología al mismo tiempo filosófica (Foucault, Maffesoli): por estas y otras espirales es que recordamos ahora a Wilfredo Lozano.

Desde aquel lustro de los 80 la tierra se ha virado. Desde antes y desde entonces, Wilfredo Lozano ha desarrollado esa extraña costumbre de siempre ser actual.

Por suerte.