Cielo Naranja
¡Soy más viejo que Obama!

<STRONG>Cielo Naranja<BR></STRONG>¡Soy más viejo que Obama!

En los momentos  de cumpleaños y viajes hay frases que me aterran: “Que cumplas muchos más”, “que tengas buen viaje”, suenan a veces como garfios de piratas que te destajan. Sucede así porque después de todo, el día natal o el moverse a otro lugar no son más que simples movimientos, exactamente iguales como el del café que se remueve o el de la carta que se abre. El café estará más dulce pero se estará enfriando. La epístola ya habrá perdido sus misterios. Ya Pandora no tendrá su caja.

Pero después de todo no hay que ser tan severos. También hay tradiciones del afecto, ganas de celebrar el que estés ahí y que todo marche más o menos bien, etcétera, motivos para pegarse una llamadita y pensar que una parte del mundo continúa en las mecedoras de la amistad. Hay un callejón sin salida al que nos enfrentamos, sin embargo. Es el de esa pausa en el que piensas lo que has sido y lo que has hecho, en las voliciones del mundo aquí y allá, en lo que te acerca y/o te va alejando de la Isla, en ese tiempo cada vez más cercano en que el cuerpo comienza a fallar de alguna manera y donde ante todo debes tener en estado de bondad tu relojería espiritual. En ese instante te ves en innumerables fotos íntimas: el niño que sólo veías en blanco y negro, el jovencito con pintas de optimismo guevarista, el adulto a quien comienzan a ponérsela duras las facciones, la persona a quien ya le quedan menos años que los cumplidos.

¡Ah los años y envejecer en nuestro país! ¡Oh los mitos de la juventud! ¡Salud a Peter Pan!

En síntesis: cumplí 48 años. Hace ocho años Guido Gómez me preguntó vía mi hermano que “ya yo tenía cuarenta y que yo debía saber lo que quería en la vida”, y ahora quiero responder: yo tal vez nunca sepa nada. Y lo peor: cada vez la Isla y sus barullos se me alejan de las visiones.

Estoy como aquél Arnold Böcklin que inspiró a Gustav Mahler: frente a la Isla de los muertos. ¿Cómo puede sobrevivir alguien como yo si nunca usará un celular ni nunca tendrá una yipeta? ¿Cómo es posible romperse las pestañas, sacar un doctorado en Alemania y sólo volver y volver a San Carlos y llamar a Ángela, Salvador, Tony, Alejandro? ¿Por qué no tener las perfectas aspiraciones de querer seguir salvando al país, de ser señalado por las masas como el ungido, el apóstol Narciso o el sacrificado Euclides (para sólo poner dos extremos)?

Hay termitas corroyendo la Ínsula, palabras que ya no valen, mundos bajo vidrios o oscuros y la Seguridad hablando como loro por los celulares. El desencanto es mayor porque hay muchos que creen estar en el arca de Noé y no saben que es el Titanic.

Y para colmo, soy más viejo que Obama y Medvedev.

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