CIELO NARANJA
Santo Domingo su último Siglo, dónde es?

CIELO NARANJA<BR>Santo Domingo su último Siglo, dónde es?

El artículo de Manuel Delmonte Urraca –“No, por nada!”-, aparecido el pasado 9 de abril en Areíto, es una joya del urbanismo tropical. Hay un pasaje que en otras latitudes sería un escándalo pero que en el país de “yo no sé” y del “yo no fui” opera como una “boutade” más. Recupero la historia: un día el Director de la Oficina de Patrimonio Cultural se entera que será relevado del puesto. El funcionario tiene por delante completar la “recuperación” de la Ciudad Colonial, pero a partir de aquél 1978 tendrá que esperar a volver al puesto. Ante lo hecho y lo por hacer se decide a ponerle una especie de marcalibro a la ciudad: levanta un muro en la calle Colón. Pero mejor dejar a Delmonte Urraca contar su propia historia:

“Considerando, que el cambio de gobierno se había producido meses antes de la conclusión del proyecto, y que lo más probable sería nuestra separación de la OPC, nos vimos abocados a levantar una pared en la calle Colón, justamente donde terminaba el proyecto. Ello así, debido a la esperanza de que las nuevas autoridades la harían  desaparecer, tan pronto se propusieran continuar el proyecto, cosa que nunca sucedió. De ahí, que el llamado, erróneamente, “muro de la vergüenza” no había sido considerado más que como una división temporal, entre el sector rescatado y puesto en valor, y el que le seguiría.”

Desde 1978 aquella pared se convirtió en muro. Se pintó de blanco, se le agregaron unas jardineras. Lo que quedaba detrás, el barrio de la Negreta, se perdió en cierto hoyo negro sólo localizable en algunos pasajes de los libros de Frank Moya Pons y Carlos Esteban Deive. Sus calles quedaron sin arreglar, el barrio siguió sobresaturándose de habitantes, mientras del otro lado del muro teníamos una ciudad blanca, como en cierta Andalucía idealizada por Delmonte Urraca y colegas.

Aunque el antiguo Director regresó a su Oficina de Patrimonio Cultural entre 1996 y 1999, y posteriormente en el 2005, el muro quedó en su puesto, encapsulando una parte de la ciudad sin habitantes y convirtiendo al resto de Santa Bárbara en una especie de acuario subterráneo, a pesar de los videoclips de Sonia Silvestre y Juan Luis Guerra filmados en la zona.

La presencia, la historia y los efectos de ese muro de la vergüenza han pasado inadvertidos para el sentido común de nuestros urbanistas, lo cual es comprensible por un detalle curioso: en nuestro país, se entiende que la ciudad sólo es cuestión de arquitectos. Por lo demás, la tendencia hasta ahora ha sido la de concebir la ciudad histórica como un amasijo de fechas que darían cuenta de una “Atenas” del Nuevo Mundo, concepto ya declarado como inoperante por Pedro Henríquez Ureña a principios del siglo XX. El corolario que podría seguirse es simple :si hay que renovar, consolidar o construir, sólo se apela al técnico, sin tomar en cuenta que construir también conlleva el tomar en consideración el contexto, en un concepto clave del hecho urbano: el habitar.

La noción de “habitación” es prenda cara desde que comenzaron las operaciones de Patrimonio Cultural en 1967 y órganos afines. La noción de “recuperación” de la Ciudad Colonial en aquellos tiempos del balaguerato se realizó a partir de borrar el contenido social y habitacional, desmovilizando lo que eventualmente se consideraba como “peligroso”, entiéndase, la población. “Ciudad Colonial” no podía ya ser un barrio. El Estado necesitaba mostrar su eficiencia y eficacia. Lo más lógico entonces era convertir en vitrina aquellos espacios con un contenido latente de historia.

No importaban las familias y los artesanos que vivían en La Atarazana, por ejemplo. Al declararse la zona de “utilidad pública”, “lo público” comenzó a convertirse en un concepto vacío, porque el mismo sólo contendría lo oficial, pero no a la gente.

La “recuperación” de la Ciudad Colonial logró varios objetivos: dotar al Estado de oficinas en espacios representativos, ampliar su base clientelista con la concesión a instituciones extranjeras y no-gubernamentales de esos espacios, impulsar el comercio. Lo que antes era una zona gris se aclaró: se despejaron las viejas dudas en torno a las propiedades inmobiliarias de la zona, el Estado pudo re-espacializarse en función de la nueva imagen de progreso y desarrollo.

Tanto este detalle del muro de la vergüenza en la calle Colón, como del resto de lo acontecido en aquellos doce años (1996-1978) y esos diez (1986-1996) podría ser sintentizado en un concepto al que se le ha brindado poca atención: el del “urbanismo balaguerista”.

Dentro de su gran complejidad, hay un detalle trascendente: la manera en que el urbanismo balaguerista ha implicado borraduras de la historia, desmantelamientos de componente sensibles al tejido urbano, combinando amnesia, absurdos y abusos, e instalando finalmente una especie de esquicia urbana de la que nuestros munícipes y gobiernos han sido cómplices permanentes.

¿Qué ha pasado con el Santo Domingo salido de las dos grandes catástrofes del siglo XX (el ciclón de San Zenón -1930- y la Guerra de Abril -1965? ¿Qué norma los principios de construcción y reconstrucción?

Como el tiempo apremia en estas líneas, por ahora vinculo ese detalle del Muro de la Vergüenza de la Calle Colón a otro del artículo de Delmonte Urraca: el justificar la borradura de los balcones de La Atarazana y calles aledañas bajo el criterio de que los últimos cien años sólo habían sido un “camuflaje republicano”.

¿Es que todavía es posible justificar el que se haya desmantelado una estructura que normara la cotidianidad urbana en sus últimos cien años de vida?

Aquellas puertas, ventanas, accesos y balcones borrados por la Oficina de Patrimonio Cultural, fueron elementos orgánicos a una realidad tropical, respuestas naturales a un mundo todavía no arropado por la técnica. Sabemos lo que implicaría después el desarrollo de esa técnica y los nuevos principios de bienestar –como el aire acondicionado-, pero el genio del arquitecto debió haber estado en la búsqueda de un punto intermedio entre conservación de una memoria, una cotidianidad, y valorar los principios contemporáneos de sostenibilidad.

Lo que comenzó como una fácil solución –borrar fachadas y sacar de esas piedras una posible imagen “correcta” del pasado (léase, pasado como siglo XVI exclusivo)-, se convirtió en un Discurso operativo. Como fue fácil y práctico borrar con aquellos balcones, pronto se procedió a borrar el viejo parque Independencia con su glorieta (1974), a tratar de limpiar toda una calle –la Palo Hincado-, para dejar nítido el viejo muro de la Ciudad.

Para el sector privado las condiciones fueron óptimas: desde aquellos años 70 hasta la fecha la “modernización” de Santo Domingo ha implicado deshacernos del Hotel Jaragua y convertir al Jaragüita en un parqueo, en borrar buena parte del tradicional barrio de Gascue y en asentar el modelo de las torres como la metáfora del buen decir urbano.

Para el sector público la historia ha sido la misma: se han ido privatizando espacios públicos, como el usurpado por Telemicro frente al Parque Independencia, como los alrededores de la Catedral, o borrando espacios sensibles, como el patio de la Casa de Bastidas.

Las grandes iniciativas por transformar verdaderamente espacios significativos, como el llevado por Pablo Bonelly desde su puesto en el Ayuntamiento de Santo Domingo (1998-2002), cayeron como piedra en la sordera oficial y de la “real politik”.

Dentro de esa compleja espiral que se podría trazar en torno al urbanismo de los últimos cincuenta años, los puntos que conformarían una línea serían esos del urbanismo balaguerista: monumentalizar en función de recuperar cierta imagen clasicista de un pasado por lo demás construido –o inventado-, reducir el habla democrática, obviar nociones de sostenibilidad y supeditarlas al hic et nunc.

¿No coinciden en sus técnicas el que Delmonte Urraca levantara el Muro en la Calle Colón y que Balaguer completara el Faro a Colón? Ambos se han quedado como monumentos a la disgregación, el distanciamiento y a la reducción: se disgrega una población, se distancia sus habitantes de sus mediaciones urbanas y se reduce la percepción del espacio al “Ello” del Estado y a un “yo” cada vez más pequeñito del habitante de esta ciudad.