César de Windt Lavandier

César de Windt Lavandier

FERNÁNDO INFANTE
Por Don César De Windt Lavandier hemos sentido un gran respeto envuelto en viejos afectos que se remontan a unos pocos años antes de la muerte de Trujillo, cuando nos conocimos en la Secretaría de Obras Públicas. Se nos ocurre pensar que aquel momento fue la época de oro de ese ministerio, cuando contaba con funcionarios de gran hombría de bien, a cuyo cabeza se encontraba José Antonio Caro y entre sus demás funcionarios memoramos a Manuel Alsina Puello, Milton Ginebra, Leopoldo Espillat Nanita, «Muñeco» Castillo, Federico C. Alvarez, entre otros prestigiosos profesionales cuyos nombres escapan a nuestra memoria.

La mañana en que conocimos al señor De Windt, ya estábamos advertidos por Charles Altar MClaughlin, a quien le servíamos entonces de asistente, que llegaría el ex contralmirante a esa oficina la cual había servido de enlace entre la administración del aeropuerto Punta Caucedo y el Gobierno, para hacerse cargo de ella. La entrada de este hombrote, de piel tostada, como si hubiese recibido el sol de los siete mares, vivificó aquel pequeño recinto donde el susurro o el silencio era lo habitual por encontrarse anexa al despacho del Secretario de Estado y por el personaje que la ocupaba. Algunas veces a través de su puerta vimos entrar a grandes zancadas aquel hombre de ojos grandes mirar nervioso y cejas hirsutas que era José Vela Zanetti.

Don César tenía una risa franca y abierta como una bahía; su voz era como una bocanada de aire marino. Me hacía pensar en algas y marismas, en puertos y ensenadas, en amuras y cuadernas.

Con el paso de los días nuestra relación fue traspasando los límites de la jerarquía para acercarse a la confianza que nos llevaba a conversaciones tabúes en aquel tiempo de recelos y temores así fue que pude vislumbrar el alma noble y grande de este hombre cuyas acciones en su larga vida han contribuido a dignificar la conducta humana.

Luego del despertar nacional a partir del año 1961 el señor De Windt y nosotros dejamos de vernos regularmente. El discurrir de los días se nos hizo aprisa por las inquietudes impuestas por es alborada trepidante que envolvió al país.

Seguimos sin vernos. En casi toda la última década solo en dos ocasiones he sentido su envolvente presencia. Cuando despidió a su entrañable amiga Altagracia (doña Tatá) Martínez valiente y ejemplar mujer de la cual recordó, despidiendo sus despojos mortales, sus aportes y riesgos como emprendedora pionera en el negocio de la transportación marítima cuando en tiempos difíciles sus goletas abastecían de frutos menores los puertos de las antillas. Lo vi más reciente, en el homenaje que rindió su sobrino Julio (Papo) a su padre al reeditar sus versos en un emotivo acto de esa familia que tan variados aportes enriquecedores ha hecho a su Macorís del Mar y a todo el país.

Esta reminiscencias acerca del señor De Windt nos las despierta el reportaje que publicó la sección areito del periódico HOY del domingo 2 del presente mes, la experimentada investigadora Angela Peña. Su reportaje educativo e histórico, como tiene acostumbrado a sus lectores esta inteligencia mujer de la prensa, no solo describe el ingente proyecto marítimo que acometió el gobierno en la década de 1930 para crear toda una gran zona de construcciones en la parte sureste de la ciudad capital. Con este hermoso reportaje que tiene como base los conocimientos del viejo marino, la sagaz reportera perfila también la vida de este hombre de vivencias múltiples acumuladas y que en distintas formas ha ofrecido a su país con la generosidad de su espíritu amplio; como el verdadero maestro que siempre ha llevado dentro, vocación que comenzó a demostrar desde muy joven, cuando egresado como Bachiller, regresó de la escuela naval de Méjico luego de haber hecho allí estudios de cadete y aquella experiencia, tal vez la más importante hasta aquel momento, la ofreció a su pueblo, a sus gentes de aquel Macorís de poetas por medio de una charla que dictó en el centro cultural Hermanos Deligne en febrero de 1932, titulada «La riqueza azteca y su evolución militar y cultural».

En los primeros años de la década 60 se reunían en el periódico La Nación, bajo la dirección de Bienvenido Corominas Pepín donde trabajábamos, se reunía un grupo de hombre jóvenes intelectuales de gran promesa, entre los que se contaban Octavio (Tavito) Amiama, Antonio (tony) Avelino, Marcio Mejía Ricart, Guido Gil y Alvarito Arvelo, entre otros. tavito tenía un gran entusiasmo por la idea de que el país reconociera en vida como «patrimonio Cultural de la República», aquellos ciudadanos que hubiesen hecho firmes y duraderos aportes culturales al país. Recordemos que entre sus candidatos entonces figuraba Domingo Moreno Jiménez. Esa noble idea, propia del espíritu de Tavito se disipó en el tiempo. Ahora, al recordarla mientras enlazo estos recuerdos, pienso en César De Windt Lavandier, maestro, marino, historiador naval quien ha vivido con un hondo sentido humanístico; hombre que al igual que Walt Whitman puede decir: «Soy amplio y contengo multitudes», por su vida diversa y edificante al servicio de la sociedad dominicana con la luminosidad de las estrellas que guían los marinos en la mar, es en el más amplio sentido un patrimonio Histórico viviente.