Cerremos la brecha social, no la digital

Cerremos la brecha social, no la digital

MARIEN ARISTY CAPITÁN
El tiempo nunca transcurre en vano. Su paso nos marca, nos cambia y nos lleva a reencontrarnos una y otra vez. Aprendemos, a base de lecciones y de avatares, pero a pesar de las dificultades siempre sentimos que ha valido la pena: crecemos y, al hacerlo, dejamos atrás todo aquello que nos puede atrasar. A veces, sin embargo, los años pasan y la vida se detiene. Es entonces cuando la inercia nos arropa y, en lugar de la evolución, llegan el olvido y la desidia. Y es así, aunque creemos que estamos a salvo, que comenzamos a caer en un precipicio sin final: el del atraso.

Si es duro que eso nos pase de manera individual, más triste aún es que suceda con todo un pueblo. Eso, lamentablemente, descubrí el jueves pasado cuando regresé a Sabana de la Mar.

Hacía veinte años que la había visitado por primera vez. Tenía trece, estaba con mi familia y aún recuerdo, con una sonrisa en los labios, a aquel pintoresco lugar en el que daba gusto sentarse a comer unos camarones a escasos metros del puerto.

No es que todo fuera perfecto. Su muelle con maderitas de vértigo y las pequeñas casitas de madera hablaban de un pueblo pobre y sin grandes pretensiones. Pese a ello, no parecía descuidado.

Ahora las cosas son distintas. Tan sólo el acceso, una carretera en muy mal estado, nos habla de los niveles de retroceso que se ha verificado en una zona que paradójicamente cuenta con una tierra fértil, un paisaje de ensueño y, sobre todo, gente de gran corazón.

Para saber hasta qué punto está la situación, vale mencionar que los sabanalamarinos han perdido mucho de lo que tenían: los restaurantes, la seguridad ciudadana (sólo hay siete policías)… y hasta un ferry que, como era muy popular entre los turistas, fue hundido por los vecinos que están al otro lado de la bahía.

En Sabana actualmente no hay ni siquiera dónde comerse un sandwich. Pero, ¿qué se puede esperar de un pueblo donde hay barrios en los que ni siquiera hay agua potable ni energía eléctrica? Y todo porque los damnificados de los últimos huracanes no fueron ayudados y ocuparon un proyecto habitacional que estaba a medio construir desde el año 1994.

Aquí todos los proyectos están por mitad. Los mejores ejemplos son el acueducto, que un genio colocó al lado de una envasadora de gas y una estación de gasolina; y la planta de tratamiento de aguas negras, que como nunca fue instalada dejó al pueblo con un terrible problema: la gente se conectó a las tuberías de manera a voluntad y los desechos van, sin tratar, hasta el río Yabón.

Al menos la planta dejó cuatro bellos estanques cuya imagen ofrece gran solaz. Otra bonita estampa es la “isla artificial” que está cerca del muelle y es, por increíble que parezca, producto del dragado que hicieron en el gobierno de Hipólito Mejía: cuando sacaron el material del puerto lo depositaron en el mismo mar.

Esta es sólo una parte de la realidad que vive un pueblo del que el gobierno sólo se acuerda para llevar computadoras. Sí, así como lo lee: aunque Sabana de la Mar está casi incomunicada por tierra con el resto del país, allí se instaló un Centro Tecnológico Comunitario.

Verlo me indignó. Y no es que esté en contra de la tecnología, sino que creo en que hay que priorizar las necesidades. Por momento, Sabana de la Mar no necesita cerrar la brecha digital: es la social la que merece atención. ¿Cómo hacerlo? Es preciso comenzar reconstruyendo la carretera, arreglando el puerto y mejorando su infraestructura turística (la única que se ajusta a los parámetros es la del espectacular hotel Caño Hondo) para promover el empleo. Más de treinta mil personas lo agradecerán.