CARTAS AL DIRECTOR
Juan Pablo II

CARTAS AL DIRECTOR <BR>Juan Pablo II

Señor director:
La Iglesia Católica es una institución cardinal de la civilización occidental. Y por tanto sus líderes tienen un peso específico en los rumbos de los países que la conforman. Si a esta realidad milenaria le agregamos la indudable afirmación actual de que occidente en su vertiente de los Estados Unidos y de la Unión Europea es el polo que marca el rumbo del globo, no podemos menos que asombrarnos de la influencia global que ejerce la congregación cristiana líder.

Es difícil pensar en un ejemplo más ilustrativo de esa influencia que el papado de 26 años de Juan Pablo II. Su carisma le brotaba de la piel. Estaba imbuido de un amor por la gente, inusual en líderes de esa dimensión. Amor que se evidencia en la pena por su partida. Sus orígenes lo legitimaron ante gran parte del mundo, pero su preparación intelectual y su firmeza doctrinaria lo consagraron.

La historia lo podrá recordar como el Papa que se enfrentó al comunismo de su natal Polonia y por ende a esa ideología atea en el mundo entero. Sin embargo, es importante destacar que fue un crítico del capitalismo salvaje y del individualismo desenfrenado. Sus pronunciamientos no tuvieron fronteras, ni han tenido más privilegios que los orientados por su fe.

En una conversación que relata haber tenido con él Mijail Gorbachov, el último líder de la Unión Soviética, este nos confiesa que el Papa le afirmó: «No sirvo a ningún partido le sirvo a Dios».

Con gallardía como esa, expresada en ese momento ante uno de los dos hombres con mayor poder en el mundo, Juan Pablo II se ganó el respeto de la comunidad mundial. ¿Y que significa su muerte para una generación digital orientada siempre a resultados verificables? ¿Qué podemos esperar de la iglesia que debe sucederlo? Interrogantes que no tienen respuestas aparentes. Sin embargo, como representante de esa generación que nace durante el papado de quien fuera Karol Wojtyla deseo compartir algunas impresiones. Recuerdo su visita al país en 1984.

Un niño de apenas 7 años sin explicarse cual era el alboroto, pero deseoso de ver al hombre que llamaban representante de papa Dios.

Con los años y la educación hemos apreciado el justo lugar de la Iglesia en nuestra sociedad. No es perfecta.

Ahora bien, todo dominicano que se aventure a caminar entre nuestros barrios y nuestros campos podrá sin miedo a equivocarse anunciar que la Iglesia Católica juega un papel en nuestras escuelas y en nuestros programas sociales que ninguna otra institución puede objetar. Así como en dominicana la Iglesia es una fuerza de bien en el mundo, es una fuerza de paz y de contemplación. Cierto que tiene sus defectos, pero el mundo entero se beneficia de sus virtudes.

A quienes heredamos un mundo que pierde sus paradigmas. El Papa podría representar un referente espiritual. Así lo hizo Juan Pablo II, esperemos y oremos para que nuestro Señor nos bendiga con un sucesor a la altura de las circunstancias.

Atentamente,

Eduardo Sanz Lovatón