CARTAS AL DIRECTOR
El yo

CARTAS AL DIRECTOR <BR>El yo

Señor director:
Con criterios muy discutidos en varios terrenos, se ha debatido el tema que nos hace pensar y concluir que el niño NO nace con un EGO, con un Yo, sino que logra adquirirlo de otros muchos antes de ser consciente de su propio YO.

El YO se logra aprender y configurar de otros YOES, por tanto, el tipo de YO que el niño adquiere dependerá en buena medida (si no por entero), de los tipos de YO que le han rodeado.

Si es cierto que se aprende a devenir un YO, entonces es evidente que los niños pueden aprender a devenir un “YO” de un modo bueno, malo o indiferente. Por esta razón, los niños pueden parecerse a sus padres y por eso el YO del niño es una buena pista para hallar el YO oculto del padre. El YO manifiesto del padre puede esconder el verdadero YO.

Existen personas que desde la infancia ensayan otros YOES que les parecen mejores que el propio y a veces adoptan uno que no les encaja. Esta es una manera de localizar la forma en que se adquiere el YO.

Beata Rank resalta que un Ego es adquirido por lo general, de una madre cuyo Ego es de este tipo; y nos resalta: “Cuando la madre es una personalidad organizada, narcisista e inmadura, aunque sea en muchos casos extremadamente concienzuda y esté deseosa de ser madre, el Ego del niño tiene una existencia muy precaria.

Muchos autores han demostrado que cuando la organización del YO de la madre es defectuosa, por lo general, se refleja en la organización del YO del niño. Spitz, cuyos trabajos sobre la temática ocupan su atención, halló que muchos niños cuyas madres se caracterizaban por una personalidad infantil, con rápidos cambios de actitud, con muestra de hostilidad y exagerada protección hacia sus hijos, de manera muy alternante y en cortos espacios de tiempo, presentaban graves defectos de organización del YO.

Las manifestaciones que ponen en evidencia un cierto retraso en la capacidad para relacionarse con los demás y para manejar objetos inanimados, es una de esas características que van creciendo haciendo que muchas actividades corporales sin objeto lleguen a ser la ocupación más destacada de estos niños.

Otros autores, entre los que destacan Beeres y Obers, en estudios con grupos de adolescentes y adultos que habían sufrido extrema privación del amor materno durante la infancia, declaran que los resultados obtenidos han confirmado en todos los aspectos, consignando el concepto básico de la relación primaria entre madre-hijo en el desarrollo del Ego y del Superego.

En la actualidad está llegando a ser una idea comúnmente aceptada que el Ego es una estructura ingénita que se configura después del nacimiento, durante la llamada “Fase indiferenciada de desarrollo”.

La conciencia de sí mismo surge de la mezcla de las primeras sensaciones del cuerpo con las sensaciones derivadas de otros.

El Ego del niño, su personalidad, sólo se desarrolla cuando el organismo reconoce la realidad y se ajusta a ella. El niño no es egocéntrico cuando empieza a vivir. Su egocentrismo es el resultado del condicionamiento de procesos de culturización que conducen a la producción egocéntrica.

El proceso de socialización si bien tiene por efecto, especialmente en las culturas del mundo occidental de vincular a la persona a su cuerpo social, a veces produce también el efecto de hacer a la persona funcionalmente asocial.

En el niño, se interrumpe el sentido de la continuidad biológica con su especie y se crea en él un sentido de identidad personal, motivación y autoridad que por naturaleza han de estar en conflictos con la identidad y la motivación de los restantes miembros de su cuerpo social.

El esquema fundamental del comportamiento social total que conforma la herencia biológica de la criatura humana, como de otras especies animales, se quiebra y tiene lugar una indebida individuación, la cual en el transcurso del tiempo configura un individuo autónomo con esperanzas, deseos apetencias, logros y pérdidas particulares que provocan de manera necesaria graves conflictos cuando se interfieren los deseos de dos o más individuos.

Atentamente,

Atahualpa Soñé M.