CARTAS AL DIRECTOR
El sistema educativo

CARTAS AL DIRECTOR <BR>El sistema educativo

Señor director:
El poder político nos coloca en una balanza desequilibrada por los tantos desaciertos en los cuales estamos imbuidos por las improvisaciones que nos tocan y muchas veces tergiversadas sin nunca tratar de buscar soluciones que nos beneficien ante el síndrome patológico que nos está arrastrando por caminos equivocados que en nada nos favorecen en el contexto social.

Es el vaivén inconvergente de ubicarnos dentro de un plan bien concebido donde la incidencia política sigue creando un desajuste social en todas las esferas que conforman nuestra vida cotidiana, es el flagelo urticante que inhibe con la indelicadeza la masa encefálica de los que se trillan un ideal porque de hecho no existe una concepción bien definida por su morbosidad lacerante.

Porque se ha dejado un espacio sin implementar para bien de nuestros jóvenes que pululan nuestras calles desarropados al azar de los infortunios que le brinda la vida, y hoy siguen siendo un receptáculo ante un fardo de deseos enfermizos sin encontrar una salida en la que puedan mitigar sus inclinaciones en busca de un objetivo que satisfaga sus necesidades.

Es como reza una canción española en unos de sus estribillos, la cual nos hace meditar y dar luz en su contenido. Solo, yo voy solo entre las gentes que me miran indiferente por sentir curiosidad, solo como un perro callejero y como un barco sin velero que se pierde por la inmensidad. Solo.

Así van nuestros jóvenes desorientados y cabizbajos, famélicos y desgarbados cuando llegan a un centro escolar entran vacíos y salen vacíos, en matemática el “conjunto vacío”, significa sin elementos, porque no reciben el estímulo y la buena orientación, que aún sueñan pero que han quedado en el letargo o en el lecho del olvido, todas estas causas germinan la tristeza que aún llevan en sus entrañas y los hace deambular por un mundo lleno de incertidumbre, donde va muriendo su deseo con la desesperanza que le va oscureciendo el camino de un porvenir incierto.

Para romper esta barrera que obstaculiza parte de nuestra generación debemos crear las herramientas para ponerle un freno al desgaste social, creando mecanismos sanos llenos de sabiduría con la base conceptual en busca de un sendero más provisor. Para eso debe existir o crearse una verdadera y dinámica correspondencia entre maestro-educando y conocer los intríngulis que intervienen en la formación y no caer en lo superfluo o en el capricho “de a mí me parece”.

Para lograr el objetivo propuesto el educador tiene que estar revestido o adornado de su innata vocación y más que esto, de su abnegación porque de hecho el abnegado no es textualista, ni mucho menos improvisado, sino seguro de sí mismo cuando imparte docencia.

El maestro inseguro en su accionar es observado detenidamente por sus alumnos cuando estos son acuciosos e investigativos porque en su sana observación juzgan la capacidad del educador creándose un juicio negativo o positivo.

Hoy nuestras escuelas están acopladas por muchos profesores graduados en distintas ramas del saber, los «licenciados», cuyo título no le adorna el camino de la vocación y la abnegación que son los extremos que activan la balanza y crean el equilibrio conductual del sacrificio dentro de la fragua del saber.

El maestro de ayer fue ejemplo de sacrificio, estaba compenetrado con la comunidad, su accionar era recíproco, el acercamiento entre padres y maestros fortalecía la escuela, cuando se hacía vida comunitaria; hemos separado el hogar de la escuela, esto ha permitido que ya el maestro no se tiene como un segundo padre, sino como un servidor de una sociedad en decadencia.

Atentamente,