Carta al profesor Juan Bosch

Carta al profesor Juan Bosch

El que escribe asume responsabilidades, compromisos, críticas, distinciones, etc., en fin, la gran variedad de las formas de pensamientos que tenemos los humanos. El pasado domingo escribimos sobre la personalidad del Misántropo, condición que define al egoísta, al dador de dolores y pesares a los demás. Un tema que en sus inicios era puramente médico, se convirtió en juicios muy variados y disímiles con la esencia y el propósito de nuestra columna, la de ser simple portavoz de educación en salud.

La viñeta utilizada por nuestro talentoso dibujante Wilson Morfe, mostró una figura humana ¨parecida¨ a usted con el dedo hacia abajo, negándose a aceptar, ¨matando¨ la misantropía.

Pero, bien sabe usted y lo vivió en carne propia muchas veces, que siempre hay fuerzas cínicas, esas que se confabulan siempre por ser menos, esos que hacen conciencia perennemente de la fatalidad, y hasta llegaron algunos a opinar que lo equiparaba yo a usted con ese concepto peyorativo de la misantropía. Nada más alejado de la verdad, pues en primera instancia los que escribimos no tenemos el control de las viñetas, salvo ocasiones muy especiales. El dibujante, con su gran capacidad de síntesis, logró captar la esencia del ¨conversatorio¨; pero en este caso sé que algunos ¨menos dotados¨ lo han mal interpretado. Donde esté usted, de seguro que en alguna estela superior, sabe que siempre hay en todos los reinos ¨arlequines¨, quizás le irán a contar con maléfica interpretación y malsana intención de ese artículo. Pero, le ratifico que a mis años soy un hombre convicto y confeso de la lealtad y del respeto a hombres como usted, que por su conducta y proceder han sido ejemplos de vida digna, y han dejado estampadas con enaltecimientos intelectuales y pensamientos de vida fecunda, una gran obra, máxime para mi generación.

Sé de la  admiración y la amistad fraterna que le tuvo  a usted  toda mi familia, empezando con la abuela paterna, Doña Bibí, pasando por el querido Tío Fernando y mi propio padre. Recuerdo cuando lo conocí en la Academia Renacimiento, siendo aún un novel mozalbete,  entonces usted con toda su intensa exploración ilustre, ya nos revelaba la materia más ejemplarizante para nosotros en la política. Una muestra del compromiso familiar, fue que el mayor de los tíos por esa amistad fraterna, y en su defensa, llegó a ser Ministro de Educación, del gobierno más valeroso que ha tenido este país.

En su caso, se conjugan 3 hombres: el humano, el político y el maestro. Al primero, y hoy soy yo, tal como usted fue, una  simple criatura humana con defectos y virtudes, yo no tengo elementos para enjuiciarlo, los que sí lo conocieron toda su vida, hablan de su formación en duro cristal de roca ética. Como hombre político, usted le pertenece a los que sí hacen vida político-partidista, nunca he participado de ella, pero la respeto. Pero una cosa de la que sí me siento orgullosamente muy dueño, es del profesor, de ese que le pertenece a la América hispana y  al universo.

Usted fue bondadoso y humanista, de esos especímenes raros de calidad adquirida, es a ese a quien va dirigida esta carta, a ese que lo universal le apasionaba, el que nos enseñó con el ejemplo, el que nos mostró con simplezas una búsqueda ilustre, el que defendió que la cultura debía asumirse con criterios populares, digeribles para el gran público. Lo imito en mis programas de radio y en mis escritos. Nos dejó usted el legado, de que el hombre es valor en sí mismo y una posibilidad vital viable. Usted reivindicó a los más humildes, a los hijos de ¨machepa¨, y  con su conducta diáfana y militante, transparentaba la necesidad de asumirse dramáticamente como voluntad de bien para todos.

Permítame querido profesor, ratificarle a usted mis respetos y gran admiración, en esta esquela cósmica, ella no tiene más que el propósito intrínseco de enmendar las aviesas generalizaciones interpretivas y las visiones indubitables, enemigos mayores, como usted bien sabe, pues lo defendió, del espíritu de disquisición de nuestro tiempo.