Carta abierta a Federico Jóvine Bermúdez

<p>Carta abierta a Federico Jóvine Bermúdez</p>

POR MANUEL MORA SERRANO
“A mí siempre me han acusado, a mucho orgullo, de ser un “agitador” de la cultura”

Mi querido amigo:

He leído tu interpretación particular de mi artículo sobre el ‘Siglo de oro de la literatura dominicana’, aparecida en esta sección el sábado 23 y te confieso dos cosas: Una, que el hecho de que escribiera esas notas ha despertado en algunos espíritus medio adormilados el entusiasmo por nuestra literatura y eso me satisface porque a mí siempre me han acusado, a mucho orgullo, de ser un “agitador” de la cultura y la otra, porque viene de ti precisamente, uno de los pocos que se ha preocupado en su temática, tanto narrativa como poética, de cosas nuestras. Ahora bien, que tú y otros lo haga, son excepciones que no rompen la regla.

Sólo te voy a anotar un detalle: aunque los de tu generación fueron tan amigos de Franklin Mieses Burgos, sin dudas el lírico capitaleño más importante, cuando algunos estuvieron en el poder,  y el partido político en el  cual militaban tenía mayoría aplastante en el Ayuntamiento y en el Congreso, nunca presentaron un proyecto de ley, ni exigieron públicamente lo que hoy 30 años después pides con grandilocuencia: que una calle importante de esta su ciudad natal, lleve su nombre. Eso solo basta para que el artículo aquel quede justificado.

Pero abundando más en el asunto debo recordarte que el único homenaje nacional que hasta ahora se le ha hecho a Mieses Burgos fue el acto en el jardín de doña Violeta Martínez de Ortega en La Joya, San Francisco de Macorís, donde dijeron versos suyos Tiberio Castellanos y Federico Henríquez y Gratereaux, y en el cual existe la única tarja en memoria de Franklin que hay en el país, porque no están señaladas ni la Casa de la Poesía Sorprendida en la Padre Billini ni en la que él murió, y que nosotros en Pimentel, le hicimos una Misa Lírica a la cual concurrieron distinguidos miembros de ese Siglo de Oro como Freddy Gatón Arce, Alberto Peña Lebrón, Antonio Fernández Spéncer; y en el cual J. M. Glass Mejía, el benjamín de los sorprendidos, Chery Jimenes Rivera y los jóvenes poetas del Cibao. participaron; allí Federico repitió el panegírico hermoso que pronunció ante su tumba y Ramón Francisco salmodió propiamente la misa. Nosotros en Amidverza cuando murió tu primo René del Risco y Bermúdez le hicimos un Responso Lírico al que asistió Abel Fernández Mejía entre otros, ingiriendo vino y miel como en el poema de Rubén Darío y lo mismo que a Franklin, hicimos cuando murió Juan Sánchez Lamouth y conseguimos que en Pimentel y aquí los cabildos inauguraran calles en honor de Freddy Gatón Arce.

Y a ti te consta lo que he clamado, incluso en un discurso en el Teatro del Cibao ante el actual presidente de la República, para que se construya el Panteón del Artista y el Instituto Pedro Henríquez Ureña anexo al mismo, para que los intelectuales nuestros no vayan a ser enterrados con los héroes de las armas sino que descansen junto a los mártires del espíritu, convirtiéndose en el Gran Museo Nacional de las Artes sobre todo del más grande escritor y maestro. Todos ellos, los del Siglo de Oro, no merecen menos que el fatal Almirante.

Te cuento estas cosas para que veas cómo es que se debe honrar a los escritores y a los artistas; no es diciendo que fuimos amigos y aprovechamos sus conocimientos recibiendo sus espaldarazos, sino rescatando sus memorias como hago siempre con Domingo Moreno Jimenes y los postumistas o con los olvidados de provincias como el magnífico poeta Juan de Jesús Reyes. Es, leyendo sus obras; citando sus palabras y manteniendo su recuerdo en la tierra.

Eso lo hacía tu ilustre abuelo Federico Bermúdez, cuyo mentor y guía, Gastón F. Deligne, recibió de él cálidos homenajes en sus libros y en la revista Minerva.

Federico, amamos la literatura, pero no lanzamos desafíos ni queremos retos. Decimos lo que sentimos y pensamos. Con ello no pretendemos herir a persona alguna y mucho menos a las generaciones anteriores, sino llamar la atención para despertar de la modorra a los durmientes y recordarles que debemos reencontrar la línea que nos una a nuestros gloriosos antepasados, sencillamente, para que, cuando volvamos los rostros reconozcamos a ‘los monstruos’ y al verlos no nos sorprendamos si sonríen al decirnos: “Muchachitos, no sean mal agradecidos. Algunos de nosotros no fuimos siquiera bachilleres, pero sabíamos escribir. Muchachitos, lo único que quisiéramos es que ustedes también escriban con originalidad y decoro, pero sin olvidar nunca que son dominicanos y como todo habitante de este planeta, terrícolas, y, en consecuencia, universales.”

Sin más sobre el particular, con sentimientos sinceros de amistad, te saluda: