Cancelaron al anciano de Don Gregorio

Cancelaron al anciano de Don Gregorio

BIENVENIDO ALVAREZ
VEGA
.Su nombre no importa, sobre todo para que los vecinos y amigos del partido de gobierno no lo miren mal o lo consideren un enemigo. Lo mismo puede llamarse Juan que Luis, José o Francisco. Lo que sí importa es su ancianidad. Su cuerpo refleja el cansancio de los años, sus más de 70 años, todos los cuales los tiene viviendo en la cercanía del mar, dirìase que arrimado al mar. En don Gregorio de Nizao, donde siempre ha vivido, todo el mundo lo conoce. O casi todo el mundo.

Su vida laboral la ha pasado entre la pesca, sobre todo cuando era joven, el conuco, es decir, en una lucha tenaz para arrancarle unos frutos de subsistencia a la tierra, y de cuando en cuando un puestecito en alguna oficina pública o trabajando en la finca de algún rico de la capital o de algún pelotero de Grandes Ligas. Como quiera, para este anciano de más de 70 años la vida no ha transcurrido fácil. Su familia es larga, como suele ocurrir en nuestros campos, pobre, con algunos de sus miembros muy enfermos, y resignada a la vieja creencia según la cual al barrigón no le valen fajas.

Cuando el ingeniero Hipólito Mejìa Ganò la Presidencia de la Repùblica, el anciano de Don Gregorio pensó que se hablaba con su amigo presidente del partido triunfador podía conseguir un trabajito aunque fuera de sereno, y así fue. En septiembre del año 2000 nuestro anciano empezó a trabajar como sereno o guardián de una de las pocas oficinas públicas del lugar. Allí trabajó uno, dos, tres, cuatro, todos los años del gobierno de Hipólito. Su trabajo era para él lo más importante y nunca dejó de ir ni un solo día. Tiene la suerte de que sus años no le pesan y no es hombre que espera los rayos del sol en la cama. Además, aquel salario mínimo que recibía cada mes, sin mancar, era para él una verdadera misa de salud, porque podía comprar las medicinas de una hija que por años sufre de deficiencias mentales.

Al anciano de Don Gregorio las elecciones le tenían sin cuidado, porque nunca ha sido político, nunca ha ido a un mitin, nunca ha visitado el local de un partido ni ha sido hombre de hablar de nadie. De lo que él sabe es de pesca, de desyerbar, sembrar y cosechar y cumplir con sus deberes laborales. Por lo tanto, nunca le pasó por su mente que podía perder su puestecito de sereno o guardián. El creía que su trabajo no corría peligro con los políticos, porque para sus adentros pensaba que ningún hombre que cumple con su trabajo debe tener miedo a que lo quiten. Cuando oía por la radio o la televisión que cancelaban a alguien de su trabajo, siempre creía, aunque no se lo decía a nadie, que «algo hizo ese».

Pero una cosa piensa el burro y otro el que lo apareja, dice el conocido refrán campesino. Los peledeistas de Don Gregorio, en Nizao, tenían en la mira el puestecito de este anciano de más de 70 años. Y, en efecto, pocos meses después de instaurado el nuevo gobierno, pocos meses después del anciano escuchar el discurso de toma de posesión del joven Presidente de la República, un discurso lleno de hermosos razonamientos, promesas y seguridades de que las cosas cambiarían para todos los dominicanos, el anciano de Don Gregorio se encontró con que había sido cancelado. El único pensamiento que llegó a su mente fue «ahora, con qué compraré los medicamentos de mi hija». Lo pensó y se quedó tranquilo, resignado, viéndose de nuevo, con su carga de años y arrugas, con sus pasos lentos y sus achaques propios de los días, volver al mar, a la yola para robarle al océano un pescado para comer o inclinándose sobre la tierra, hasta donde sus huesos y músculos se lo permitieran, para desyerbar, para sembrar y para cosechar lo que se pudiera. Y todo para comer.

Uno de los hijos, perturbado porque el viejo habìa perdido su trabajo a pesar de que todos ellos habìan votado morado, hablò con gente del partido para ver si reponìan al anciano de Don Gregorio. Era tan evidente la injusticia de la medida, que de pronto se prometió reponerlo. Pero poco tiempo después, cuando las averiguaciones de lugar fueron hechas en la oficina que dispuso la cancelación, la respuesta fue seca y profundamente irracional: no podía reponerse el anciano de Don Gregorio porque había sido nombrado en el gobierno de Hipólito Mejìa. Ese era el pecado de un ciudadano de la República, de un dominicano de carne y hueso, de un hombre de 70 años que apenas ganaba el salario mínimo, uno que ni siquiera permite comprar la caja para el entierro.

Y entonces, digo yo, me quieren convencer de que avanzamos. bavegado@yahoo.com