Brandy en los pies y papel en el estómago

Brandy en los pies y papel en el estómago

FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX
Ladislao llegó a la plaza y miró en todas direcciones buscando a su amigo periodista. Pero no encontró ninguna persona conocida; en realidad, a esa hora había poquísima gente en los alrededores. Se acercó a una estatua levantada a poca distancia de una escalinata.

Nicolás de Ovando, ¿1451-1511? aparecía grabado en la placa atornillada al pedestal. El personaje de la estatua, armado de una espada, sostenía en la mano un pergamino enrollado. ¡Dicen que hizo la primera matanza europea en el Caribe! Notó enseguida que los pájaros habían ensuciado la cabeza de la escultura con excremento blancuzco. ¡Tienen que ser esas palomas que revolotean frente a aquel edificio cuadrado! Caminó despacio hacia la construcción de piedra; era una mole rectangular de dos plantas. Arriba podía distinguirse un balcón con balaustres y cinco arcos; abajo había la misma arcada, sostenida por fuertes columnas, cubriendo la puerta principal. ¡Este debe ser el alcázar del virrey!

Entonces dio la espalda y trepó varios escalones hasta una terraza llena de mesas. Las mesas pertenecían a distintos negocios: Pizzería Ángelo, Restaurante Pata de Palo. Algunas mesas estaban dotadas de sombrillas, unos parasoles adornados con anuncios de bebidas. A la izquierda, mientras subía de la plaza, alcanzó a ver tres caobos frondosos. ¡Es un árbol propio de estas islas; hojas pequeñas, troncos obscuros maderables! ¡Lo he leído en La Habana! Las mesas estaban atravesadas por un camino marcado con toneles de vino colocados como hitos. Decidió sentarse frente a un bar que parecía construido de mampostería y ladrillos; afuera había una leyenda: «existente desde 1505». ¡No me moveré de aquí hasta que aparezca el periodista! ¿Dónde quedará la primera calle europea del Nuevo Mundo?

– ¿Doctor Ubrique, excúseme si ha tenido que esperar. – No se preocupe usted; he dado una vuelta por la plaza, mirando árboles, edificios, estatuas. ¿Se come bien en estos lugares? – Sí, claro, se come bien aquí; y lo mismo en otros lugares cercanos; pero todavía no es la hora en que la gente acostumbra almorzar. Empecemos con el asunto del vasco llamado Galíndez. Ladislao entrelazó las manos y se dispuso a escuchar al recién llegado. – ¿Cómo consiguió la visa para viajar a Santo Domingo? – Tardó un solo día; acudí al consulado de la República Dominicana en Miami. Al examinar de cerca la cara del periodista Ladislao descubrió que tenía los ojos y los labios parecidos a los de Lidia. – ¿Conserva usted copia de la certificación del presidio de la Patagonia? – Desde luego, el original está en mi oficina. – Este documento fue la causa de su expulsión de La Habana y de mi salida forzada de Santiago de Cuba. – Así es; pero hablemos de lo que he averiguado sobre Galíndez. Es algo sobre lo que necesita información. Nadie sabe exactamente cómo murió; pero yo se lo puedo decir. Ya usted tiene copia del libro del vasco: «La Era de Trujillo»; y también la novela del español Vázquez Montalbán. Voy a pedir dos cervezas para que nos refresquemos mientras charlamos. El hombre llamó al camarero, que acudió en el acto. Al tomar el camarero la orden, el periodista sonrió; Ladislao comprobó que poseía unos dientes tan grandes y blancos como Lidia.

– Oiga usted lo que tuve la suerte de sacar en limpio. A Galíndez lo secuestraron en Nueva York. Lo llevaron después a una casa que Trujillo había construido en San Cristóbal, su pueblo natal, a pocos kilómetros de Santo Domingo. A esa casa la llamaban Casa de Caoba; ya lo sabe usted, una madera preciosa. Las vigas del techo de este negocio – esas que se ven desde la calle – fueron hechas con caobos talados por los colonizadores españoles. La caoba pulida es una madera hermosísima; y muy costosa; su uso tiene un prestigio de casi cinco siglos de antigüedad. La flor de la caoba es la flor nacional de nuestro país. Pues bien, a Galíndez lo trasladaron amarrado a esa casa de Trujillo. Una vez allí, el dictador en persona, a punta de pistola, obligó al vasco a comerse el capítulo VII de su libro, titulado: «Estilo personal del tirano»; este capítulo, como podrá usted confirmar al revisarlo, consta de cinco apartados: «Megalomanía», «Peculado», «Nepotismo», «Adulación y servilismo» y «Leyes hechas a la medida». Galíndez tragó las páginas de su libro en presencia de Trujillo; y el propio Trujillo, en un arranque de ira, le pegó un tiro en la cabeza.

– El cadáver lo metieron en un tonel parecido a esos que vemos ahí. El féretro de Galíndez fue un tonel de brandy Carlos I, de la casa Domecq, bebida favorita de Trujillo. Los agentes del Servicio de Inteligencia Militar (SIM), el más temido organismo de represión, cargaron el tonel con el torturado vasco dentro; el muerto llevaba el estómago lleno de papel de periódico y los zapatos impregnados de brandy. El misterioso barril, con marcas de embarque y logotipo de Pedro Domecq, fue arrojado al mar, cerca de Montecristi.

– Todo esto ocurrió en 1956. Pero no quiero contar, en nuestra primera sesión, únicamente cosas espantosas. Beba usted su cerveza; disfrute del paisaje colonial de esta parte de la ciudad. Brindemos por las libertades políticas en general, por la libertad de expresión y difusión del pensamiento en las Antillas mayores; también por que se conserve la libertad académica en la Europa del Este. Ladislao levantó su vaso mecánicamente, con cara inexpresiva. Santo Domingo, R. D. 1993.

henriquezcaolo@hotmail.com