Balaguer y Santo Domingo: urbanización y contrainsurgencia

Balaguer y Santo Domingo: urbanización y contrainsurgencia

Balaguer asumió el poder en 1966 y se inició un largo mandato y un proceso de modernización de la ciudad, su expansión descontrolada y, al mismo tiempo, la consolidación de los barrios marginados y el inicio del abandono de la Zona Colonial, con zona residencial e industrial. La falta de accesibilidad y conectividad fue resuelta con la multiplicación de los puentes sobre el río Ozama y la construcción de dos grandes avenidas rectilíneas (27 Febrero y Kennedy) (uso civil y militar).

La desconcentración siguió con la ubicación de la Zona Industrial de Herrera y de los edificios públicos más importantes del Estado dominicano fuera de la zona, con la ubicaciín del Huacal, del Banco Central, del Palacio de la Policía cerca de la Plaza de la Cultura, en Gascue, como modo de dispersión de la empleomanía y así evitar la paralización de la vida institucional, como había ocurrido en el 65. La vida del puerto de Santo Domingo fue sentenciada con la construcción del nuevo puerto comercial en Haina. La Zona Colonial iniciaba con el bloqueo de los alquileres y la sobredensificación, un proceso irreversible y lento.

Los terrenos recuperados al aeropuerto General Andrews fueron destinados al Centro Olímpico cerca del ensanche Naco, primer barrio clase media fuera de la zona. La Shell había dado el ejemplo ubicándose en la avenida Máximo Gómez. Los que venían del campo “se comían” los terreros de Herrera y cercanos a los ríos Isabela y Ozama, para construir sus barrios, solos, sin ayuda. Nacían los “ensanches” provocando la expansión física de la ciudad en un interminable proceso de transformación, físico y cultural: el “american way of life”, la casa, el jardín, el carro … para ir a la Universidad y al primer supermercado fuera de la ciudad (avenida Lincoln-27 de Febrero) como símbolo de uno nuevo hito urbano y de un cambio cultural profundo.

Desconcentración, dispersión, accesibilidad y división del espacio se acompañaron así de un fuerte control militar y policial en los barrios y de la sociedad que iniciaba una revolución silenciosa: vestimenta, droga, carro, música, culto al consumo sin olvidar las primeras visas.

La ciudad ya no era del peatón, sino del carro, estaba pasando a otra escala, se expandía de ambos lados del río Ozama y Balaguer se empecinaba en destruir todo lo que rememoraba la Revolución y sus horas de gloria, como en la cabeza del puente.