Balaguer y el continuismo contemporáneo

Balaguer y el continuismo contemporáneo

Fue sobre el andamiaje afilado y brutal de 42,000 bayonetas yankees que Joaquín Balaguer retornó en 1966 a la ex-República. Aquello era como una premonición. Porque tanto su reinstalación como su permanencia de 22 años en el poder, se haría siempre sobre un terreno minado de espinas, como aquella sarcástica metáfora de la «silla de alfileres», sobre la que él monto la incultura renovada del continuismo.

Por eso era que mientras él iba sentado en el solio imperial, como un monarca cargado por súbditos, sobre los hombros atrincherados de la opresión extranjera; al hombre de los 12 años y después de los 10, le parecía mentira que luego de haber sido expulsado del país por un pueblo insurrecto en 1962, él se encontrara de nuevo aquí. Por tanto, él sonreía eufórico, feliz, embriagado por la alegría irreverente, burlona y procaz de aquel regreso consumado. No importaba, pensaba él, en medio de su impudor triunfal, que se realizara atravesando por una ciudad doblemente vulnerada, amurallada.

Una vez por los vetustos fortines con que antaño se estableció el colonialismo; la de entonces por las punzantes alambradas con que el imperialismo había cercado los perfiles soberanos de la patria.

Apenas sentado en la tristemente célebre erizada poltrona, vinieron las demandas que amparaban aquella sumisión no importaba que aún afuera siguieran humeantes los cañones impiadosos de la hecatombe. Ni que la frustración todavía siquiera rasgando los velos raídos de la esperanza. Al contrario. Era ese contexto de fallidas quimeras el más adecuado para que, al repatriado, allí le hablara el Tío Sam.

Le reiteramos el Pacto firmado al lado del río Potomac. Nosotros cumplimos nuestra parte. Lo repusimos en el poder sobre un océano de cadáveres. Peor aún, sobre el naufragio brutal de un sueño. Usted por tanto es nuestro deudor. Para cumplir este compromiso, lo primero es lo primero: reponer el status quo anterior al conflicto del 1965. Comenzando por la reorganización del ejército regular, que con tanto esmero creamos en la intervención anterior, aquella del 1916. Esas Fuerzas Armadas son las que nos garantizan el mantenimiento de los mecanismos de dominación, que estos prepotentes y engreídos muchachos constitucinoalistas, civiles y militares destruyeron en 48 horas. Eso además de ser un desafío y una provocación intolerable, en especial en nuestra área de influencia, es además contraria a nuestros intereses, como son aquellos relacionados con nuestra política exterior. Porque sin nuestros gendarmes, que son esos guardias, el campo queda abierto para que proliferen las ideas subversivas, aquellas que nos arrebataron a Cuba.

Las órdenes de Washington fueron cumplidas a cabalidad. Sin vacilaciones, sin escrúpulos, sin miramiento. A corto, a mediano y a largo plazo. En lo inmediato, se inició el tiempo de caza. Para eso sólo tenía que aplicar las experiencias adquiridas, las enseñanzas de su maestro, ese «Jefe» inolvidable que lo catapultó al poder. Una de ellas, llenaba todas las expectativas señaladas por el Pro-Cónsul gringo, el mismo se la recordó, cuando mencionó a la «Perla de las Antillas». Porque sería sobre el andamiaje de un anticomunismo renovado y feroz, adaptado a las nuevas complejidades creadas en el contexto de la Guerra Fría por la revolución cubana, que él iría a cumplir con los designios de aquel que Martí llamó el «Norte Brutal», esas que sin lugar a dudas, le garantizaban sus aspiraciones releccionistas.

A los pocos días, el país que parecía fatigado de humo, saciado de sangre, amaneció convertido en otro matadero. No por los reiterados tableteos de las agrestes ametralladoras. No por el concierto devastador de los morteros, ni por las llamas voraces que subsistían a las bombas vomitadas por los pájaros de fuego; sino por la bala silente y furtiva del esbirro escudado en las sombras. No hubo una calle, una esquina, un callejón, como no quedó una azotea, una ajada trinchera; que no recibiera la visita nocturna de un huésped inesperado, que amanecía allí bañado como las auroras escarlatas, con el corazón sin ritmo, y los ojos abiertos, como varados en la blancura astral del infinito.

Pero la batida no era suficiente. Las ideas sobrevivían a la barbarie. La capacidad combativa del pueblo se multiplicaba ante la Apocalipsis reinventada. Entonces había que programarse para un plan más amplio, de características mediatas: Un proyecto de avasallamiento moral, podría ser más efectivo que la muerte física. O ambas a la vez. Por eso fue que la fosa común del envilecimiento, se llenó de tanta carroña, como las que el despotismo ilustrado abrió en las entrañas sombrías de la tierra. Se apostaba a la compra de conciencias, como a las acciones en el mercado de valores. Se pujaba al mejor postor: o al pueblo que peleó en el abril insurgente, o al testaferro servil del imperio.

En aquel proceso de descomposición, la dinámica de la corruptela perdía el sentido de las proporciones, del límite. También de las diferencias de género, de las doctrinas, de la diversión, de las religiones… Por eso fue que después del 65, penetraron aquí tantas capillas con devociones foráneas, no sólo para socavar la autoridad moral de la Iglesia tradicional en nuestra sociedad, sino todos sus estamentos… De ahí que al lado del vino, de la cerveza, al compás del rock, del merengue y del bolero, ahí en los territorios del entretenimiento, comenzaron a aparecer los huéspedes del escape. Ciertos alucinógenos que hasta ese momento solo aparecían en las películas, o en los subrepticios rumores del retorno «triunfal» de la diáspora.

Lo mismo sucedió en los flamantes meridianos del femenismo sublevado. Cuando a la mujer progresista, le distorsionaron sus objetivos emancipadores, cambiándole el enemigo. Pues en lugar de luchar contra el subdesarrollo y la dependencia, causas seculares de su opresión; como la de los pueblos pequeños; la pusieron a combatir a los hombres, a sus compañeros naturales en las trincheras de la vida y del honor.

Este quehacer condujo inexorablemente a la división, y con ella al debilitamiento de los sectores liberales, aparte de otros efectos desintegradores de los valores tradicionales de la familia y la sociedad. No fue nada extraño entonces, que cuando Balaguer en 1996, desciende por última vez, la escalinata del Palacio Nacional, la generación de la luz había sido extinguida. «La utopía desarmada». Aniquilada. Asesinada. Y con ella la vanguardia revolucionaria. La más pura, la más noble, la más combativa. Aquella de la entrega total a la causa popular, hasta con la ofrenda de la vida, lo único que le quedaba. Misión cumplida.

Sin embargo, esta vez, Balaguer no lucía feliz. Tenía el rostro angustiado como aquel que viene de la derrota, no de la victoria. Porque él sabía que esas puertas que se habían cerrado tras él, jamás volverían a abrirse a sus ambiciones absolutistas. Pues el muro que sostenía la lógica del poder en un mundo bipolar, se había derrumbado. Decretando en su caída el fin de las ideologías. En especial de aquella que le había servido de «caballito de Troya», del continuismo, en la versión moderna y contemporánea del caudillismo.

De nada le valía que hubiese subyugado el sueño, ni que hubiese derrotado la ternura. Lo que importaba era que ya él no podía servirle al imperio, al sistema. Como un bagazo agotado, como un panal sin miel, como un instrumento desfasado de las flamantes sinfonías que deleitan los nuevos tiempos, fue dejado a un lado de la historia. Es que el capitalismo salvaje, al decir del Papa, ya no necesita de las lealtades recurrentes subyacentes en el continuismo. Eso era propio de los tiempos en que las luchas políticas precisaban de regímenes fuertes, estables; que garantizaran el control y el difícil desarraigo de las ideas, especialmente de las contestatarias del stablisment.

Pero ahora que el neoliberalismo ha superpuesto a los credos, los mercados; en su dinámica liberalizante, el asunto es mucho más simple. Porque el accionar lo genera el propio sistema, con la implementación de las estrategias globalizadoras, basadas en la apertura y la competitividad. Para imponerlas se acude a la diplomacia, y si hay resistencia, esto lo resuelven los actuales mecanismos intervensionistas. A través de estos, los poderes hegemónicos se autofacultan para apoderarse de cualquier país, soberano o no; a nombre de la lucha contra el terrorismo, el narcotráfico, la llamada posesión de armas de destrucción masiva; etc. Los nuevos «flagelos que amenazan la humanidad», llamados a suplantar, en ese contexto, los fantasmas decadentes del «comunismo disociador». Para esto, no necesitan los antiguos sicarios, ni los corajudos capataces, sino aliados, los mismos con quien comparten las bondades del sistema. A lo más que llegan dichos poderes, es a solicitar a algunos gobiernos, ciertas colaboraciones. Quizás de logística, también de soldados, en calidad de reservas, etc., que aunque no las necesita, le sirve para justificar lo injustificable, o quizás entre otras razones, para no cargar solos con las consecuencias que ese hecho pueda tener en la comunidad internacional.

Contribución que se la puede ofrecer cualquier gobernante de turno, que desde la óptica del entreguismo, espera recibir a cambio, favores que necesariamente ya no tienen que ser tributarias del continuismo. Modelo gerencial, que por el momento, hasta que soplen nuevos vientos; aporta un material importante, para analizar como se hace con los dinosaurios, el transcurrir de la barbarie, como un estadio superado de la humanidad.