Balaguer, insistente retorno

Balaguer, insistente retorno

ROSARIO ESPINAL
Joaquín Balaguer es la figura política dominicana más importante de la post-dictadura. Esto no es una declaración de principios o preferencia, sino el señalamiento de su insistente retorno al escenario político dominicano. En los últimos días, el centenario de su nacimiento movió a realizar actos conmemorativos, misas, visitas al cementerio, bautizo de presa y plaza, artículos y comentarios de prensa.

Se adornó así su enésimo retorno: meritorio para sus devotos, de mal gusto para sus opositores históricos.

Quizás la pregunta más importante que pueda formularse sobre de enigmático líder es cómo pudo bordear y bordar los perímetros y el centro del poder; en la visión y la ceguera, con agujas o sin ellas, a las malas o las buenas.

Con el vocablo alegórico de sus memorias, su vida política puede enmarcarse en tres fases: el cortesano de la Era, el artesano de los Doce Años y el líder rezagado de sus últimos veinticinco años.

La ocupación norteamericana de 1916-1924 fue el interregno en una nación desprovista de textura política y consistencia económica. Como lo plasma en sus memorias, la intervención lo condujo al Partido Nacionalista y le impregnó especial pasión por la oratoria política.

A la sombra de Trujillo fue uno de los artífices de la recuperación de lo nacional a través de un Estado tutelar- autoritario. Después de casi 100 años de independencia, la República Dominicana era a principios de los años 30 un país de facciones caudillistas carentes de proyecto nacional.

Con firme obediencia y lealtad, justificó el régimen hasta su final. En su ensayo, “El principio de alternabilidad en la historia dominicana”, de 1952, tejió su validación en medio de un ambiente internacional que se tornaba adverso a la dictadura. Ahí expuso de manera clara y elocuente los méritos del régimen.

En su versión de la historia, Trujillo había sido una necesidad para el desarrollo y bienestar del pueblo dominicano porque doblegó el poder de la oligarquía, unificó el país, nacionalizó la economía e incorporó el pueblo holgazán al trabajo.

En ese ensayo, resumió también las ideas que le servirían para articular más tarde su propio proyecto político: las voluntades imponentes para alcanzar el progreso, la separación entre lo político y la moral, la política como arte de acomodar la ley a la realidad, y la imposibilidad de alcanzar la democracia en países atrasados como República Dominicana.

Así justificó las atrocidades de la dictadura y más tarde las suyas propias. Su creencia en el continuismo ilimitado, el orden sobre la libertad, la violencia para alcanzar fines políticos y la subordinación de los principios legales a la voluntad individual, impregnaron sus gobiernos de autoritarismo.

La “revolución sin sangre”, anunciada en 1966, no fue pacífica ni revolucionaria. Pero, a diferencia de Trujillo que monopolizó el poder y doblegó a toda la nación, Balaguer fue artesano de un proyecto reformista que, aunque estatista y personalista, tuvo como propósito desarrollar un pequeño y protegido sector privado empresarial.

Con leyes de incentivo, nepotismo y corrupción, floreció una nueva clase con poder económico, y junto a ella, la clase media profesional y comercial. El presupuesto nacional fue apoyatura para mejorar la infraestructura y mantener viva la vasta clientela política de ricos, pobres y capas medias que se hicieron dependientes del Estado, y lo son hasta la fecha. La construcción fue siempre prioridad sobre la educación que forja el intelecto.

A los honestos, Balaguer le ofreció orden a cambio de lealtad; a los deshonestos, una amplia red de corrupción para su rápido enriquecimiento. Los aumentos de salarios y la inversión pública social fueron los grandes ausentes en sus múltiples gobiernos.

Cuando envejecido y enfermo dejó la presidencia en 1978, su final parecía la única opción lógica para una sociedad contenida en sus ansias de liberad, pero el desastre gubernamental de sus sucesores abrió el camino para 10 años más.

En su última encarnación presidencial, Balaguer se mostró rezagado. Intentó acomodarse al clima de mayor apertura política y económica, pero su conocido recetario de imposición, manipulación y corrupción, chocó con los intereses de sus principales aliados de los Doce Años: Estados Unidos y el empresariado.

Acorralado por disparidades con los grupos de poder y un sonoro discurso de democracia y transparencia proveniente de la sociedad civil anti-balaguerista, el caudillo debilitado firmó su acta de defunción política en 1994. El Pacto por la Democracia selló para siempre su adiós de la presidencia, víctima de su irremediable adicción por los fraudes electorales, sin los cuales, ni su talento ni experiencia hubiesen sido suficientes para gobernar 22 años.

Balaguer ha retornado al escenario político dominicano a través de sellos postales, el propuesto nombre de una presa y plaza, la reedición de sus obras y diversos actos conmemorativos. Su excesivo enaltecimiento evidencia la pobreza del imaginario político dominicano y la debilidad de las utopías democráticas.